Versos Spanish José Santos Chocano El Ejército Es Músculo De Hierro

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El Ejército Es Músculo De Hierro

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El ejército es músculo de hierro, que tempestades de vigor desata sobre los grandes pueblos de la Historía. ¿Quién rompe el triste y ominoso encierro? ¿Quién la cadena que a los pueblos ata? ¿Quién violenta las puertas de la gloria y descerraja el calabozo obscuro, arrojando los ídolos a tierra, conjurando las albas del futuro contra las noches de hoy? ¡Sólo la guerra! Y guerrear es vivir, — la vida es lucha. Aún, como el torrente que los campos furioso asalta, rebramar se escucha al pueblo rey, que en su marcial camino iba rompiendo con sangrientos lampos la tempestuosa noche del Destino. Aún, entre la clásicas lecciones del docto pueblo heleno, se oye el canto de Homero a las belígeras legiones de los dos lustros de fragor y espanto. Aún la voz del luchador, que en donde se enseñaba, a pensar, alta corona alcanzaba en su olímpico deseo: ¡voz de victoria, a la que aún responde, como eco eterno que vigor pregona, la enronquecida voz del Coliseo!... La guerra es tempestad que se desata a las plantas de Dios; y que al pigmeo hasta las plantas de su Dios encumbra: ¡Júpiter vibra el rayo con que mata; Jehová vibra el rayo con que alumbra! Grande es morir; mas con la frente enhiesta en heroica actitud, interrogando al Destino con labios de protesta: más vale el pueblo que murió luchando que el que sólo vivió, de fiesta en fiesta en la enervante paz del ocio blando... El pueblo que sus cóleras sepulta en vil resignación, turba es de abyectos: no, no es esa la paz; ¡esa que oculta, bajo del mármol frío, hervor de insectos! Cuando la sacra idea de paz universal vibre sus palmas, mil otras liras vibrarán sus notas, a cuyos ecos vibrarán las almas. Hoy canta, ¡oh musa! la feral pelea y a Bolognesi como ayer a Aquiles; que en el mar de visiones en que flotas, no asoman ni siquiera los perfiles de esas nuevas Américas remotas... Digno es el héroe que la vida exhala por la patria, que cantes su querella. Canta la guerra, sí; ríndete a ella: ¡justo es que la condenes, porque es mala; y justo es que la cantes, porque es bella! La guerra con que Chile, el cóndor fiero, acosara al Perú, que aunque vencído deslumbró como el héroe a la Victoria, no ha sido por blasón de caballero, por la mujer de Menelao no ha sido: ha sido por sentencia de la Hístoria. Conquistador impulso abrigó el pecho de Chile siempre; el del Perú la gloria de sostener al débil contra el fuerte. Diga Dios de que parte está el derecho: ¿lo está del Heroísmo o de la muerte? La espada napoleónica que un día —relámpago de sangre en noche umbría— trazó linderos ensanchando zonas, conquistadora fue: porque a su paso, si ignorándolo acaso libertó pueblos, conquistó coronas. ¡Ah! la Prusia después, como un torrente, violó la sepultura del coloso; y con voz de cañones elocuente turbó del héroe el último reposo, para decirle que no valen nada las conquistas jamás, y que el glorioso pueblo, en que un día relumbró su espada veía al fin por extranjera gente hasta su propia tierra desmembrada!... ¡Mas no el ardor de apostrofar inflame el alma de la musa; y que, serena como el cielo purísimo, derrame luz y no sombras en el ancha arena! La Guerra del Pacífico es proeza que apenas pudo Marte haber soñado, ya que es sueño la vida de los hombres... Con el arrojo de Espinar empieza; concluye con la fe de Leoncio Prado; y se llena con Grau; ¡bastan tres nombres! El Perú de Espinar corre a la cumbre: es el que a coronar la cumbre aspira; el que busca la gloria; el que no mira como rueda a sus pies la muchedumbre; y sube, y sube, hasta que al fin expira. El Perú del estoico Leoncio Prado es el que sonríe de su suerte: es el que apura el néctar, sosegado, hasta hacer la señal, cual buen soldado, con que marca el instante de su muerte 1. ¡Oh Grau! Tu «Huáscar», redentor despojo que envuelve el patrio pabellón parece. El mar, que con la sangre se enrojece, bandera bicolor finge en las brumas: la sangre pone el rojo; y el mar pone el albor de sus espumas! Como el eco a la nota, iba la Gloria misteriosa y grave siguiéndote do quier, siempre atraída: era cual una celestial gaviota que seguía la marcha de tu nave, a través de las brumas de la Vida... ¡Oh Grau, la musa que el ardor celebra de Bolognesi, el último espartano, postrado ante el altar en que te mira, como vestal que quiebra la sacra leña con robusta mano, muda de admiración, rompe la lira! ¡Oh musa, canta! ¡Pero no... detente; que tu labio, marchito de sed y de dolor, apenas siente la horrorosa ansiedad de dar un grito!...