Versos Spanish José Santos Chocano Juicio Final

Spanish poem

Juicio Final

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Hoy que las cumbres de las almas dora, saliendo del abismo de las almas, el primer beso de la nueva aurora; hoy que el Pueblo despierta y resucita, quiero vibrar las inmortales palmas, viendo que entra la Ley ya triunfadora en esta ideal Jerusalén bendita; y mi canción, que antes fue tajo, ahora que Cristo salta del sepulcro estrecho, es la postrer palabra redentora y es el Apocalipsis del Derecho! Como surgió Jonás de la ballena, surjo de la prisión, lanzando el verbo de la Justicia a la caldeada arena, cual paladín de un pueblo sin cadena, de un odio santo y de un dolor acerbo. Desatar quiero ese odio comprimido, en mis estrofas de arrebato y pena; porque nada me espanta ni me asombra: en las mismas prisiones he sabido pelear como Leónidas, a la sombra!... Torne el insulto y emnudezca el ruego... Lucir sobre la frente es mi esperanza una lengua también del sacro fuego en el Pentecostés de la Venganza; que hundiendo al César de menguada estofa se empinan hoy sobre el ataque ciego, ¡sobre la envidia y la rastrera mofa, el Padre Pueblo y el poeta Hijo y el Espíritu Santo de la Estrofa! Si no hubiera una ley que refrenara el furor del océano, un borde fijo siempre en el vaso, y una misma vara para medir a todos, cuánto y cuánto temporal sin piedad se desatara; y unos a otros, con furor y espanto disputándose irían cara a cara la momentánea posesión de un manto; y el manto rasgaríase; y el día acaso llegaría en que, tras del combate, aquel que pudo a todos imponerse ¡ay! quedaría sin manto que lucir, también desnudo... Fulgure el iris. En verdad os digo que no he visto —en conciencia— a mi enemigo con el puñal de Bruto hundido al pecho, cuando la plebe le ajustó la dura e inflexible medida del derecho; porque nunca los déspotas villanos merecen recibir muerte tan pura de unas tan nobles y tan limpias manos... Pero en verdad os digo que le miraba fugitivo y lejos de esta Patria infeliz, avergonzado de verse en mis estrofas retratado como en claros y límpidos espejos, creyendo ser por único castigo, ese mismo infernal decapitado que en los cuadros dantescos surge horrible, y lleno de fatídica extrañeza se halla por un impulso irresistible ¡condenado a jugar con su cabeza! La Patria miró a un hombre que surgía... Hablaba de Verdad, de Bien, de Gloria; y amplio horizonte a la esperanza abría; ¡era el Ángel del Mal de nuestra historia anunciando el albor de un falso día! Y surgió el hombre. En ademán resuelto lo escaló todo. ¡Y el honor lo ha visto cruzar así como un Satán envuelto en la divina túnica de Cristo!... Él, que soñó ser grande y fue pequeño; él que debió vengar la patria ofensa; él, que hoy conoce que el poder es sueño; él las vendas rasgó de las heridas; y fue traición, debiendo ser defensa, y fue Efialles, debiendo ser Leonidas! Fue un histrión. Hoy que rueda a las ignotas mansiones de los hondos precipicios, le acompaña el baldón de sus derrotas: César de teatro, que sus alas rotas sintió al volar. ¡Pequeño hasta en sus vicios! Cuando miró que la rebelde ola le salpicaba con sangrienta espuma, al romper en la playa triste y sola, fingió un mundo de monstruos en la bruma; y acobardose; y en la peña erguido, como Luzbel lloró su antigua pompa, que se desvaneciera en el olvido:.. Era el juicio final. A la llamada de la guerrera trompa, la justicia surgió transfigurada; y el Pueblo —como un juez— supo tranquilo mirar correr la sangre, y de la sangre se salvó al fin, como Moisés del Nilo! ¡Sepan así los que en las bregas rudas se alzan contra los déspotas que oprimen, que hoy, como ayer, las víctimas del crimen, desoladas, hambrientas y desnudas, también crucificando se redimen: —a Cristo no— crucificando a Judas! —¡Lázaro, ven a mí!— gritaba altivo Jesús, el buen Jesús, ante un sepulcro; y en vez de un muerto aparecía un vivo... Lázaro aparecía y caminaba hacia Jesús, y luego despertaba azorado y revivía... ¡Oh historia que pasó! ¡oh historia santa! Hoy habla un Cristo ante las razas muertas y el Lázaro moral no se levanta; y a la vez ese Lázaro, arrastrado por el delirio que en lo arcano zumba, con rudo acento los espacios hiere, para gritar del fondo de su tumba: —¡Oh Cristo, ven a mí! Y el Cristo muere. Así no ha sido. El libro de la Historia se cierra por la página de luto, mientras la sombra del severo Bruto Isurge entre las fatídicas alarmas... Sacerdotes del Pueblo; ¡canten gloria! Soldados del Ideal : ¡presenten armas! Ved al ángel caído: se abre paso, de espalda al sol, por la región sombría... ¡A haber muerto Caín, Abel acaso también sobre su tumba lloraría! Quien debió al recibir el golpe rudo caer sobre el escudo con grandeza, cayó con pequeñez bajo el escudo y hacerle el Pueblo en realidad no pudo mayor baldón: ¡dejarlo con cabeza!...

a la sombra!