Versos Spanish José Santos Chocano La Ñusta. Episodlo De La Conquista Del Perú

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La Ñusta. Episodlo De La Conquista Del Perú

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García de Peralta: ¿qué tienes tú con tanto reflexionar? ¿Qué tienes con tu épico quebranto, siempre con las pupilas en tierra y ambas sienes entre ambas manos?... Joven Conquistador; ¿qué tienes? ¡Ay! cuán mejor te fuera no llegar enrolado a las tierras incaicas con tu fe de soldado; que así libre, más libre, mucho más todavía, esa tu alma española, tu gran alma seria. ¿Qué te importa el tesoro, qué te importa la fama, qué te importan los lauros, si la ñusta no te ama? No hay un brazo de indio que tu brazo retuerza; pero, en cambio, la gracia puede más que la fuerza... ¡Y es inútil! Tu pecho de broncínea coraza no vacila ni tiembla bajo un golpe de maza; pero se abre, a manera de partido diamante, cada vez que la ñusta le contempla un instante. Y la ñusta que huye tus ardientes antojos pone, al verte, el insulto de su raza en los ojos; y tú buscas la rabia de la india altanera, ¡por gozar de la dicha de ser visto siquiera! Don García: eres fuerte; mas no sirve ser fuerte, si el amor de la ñusta desgobierna tu suerte. Don García: eres noble; mas no sirve ser noble, si el turpial de las Indias hace nido en tu roble. Don García: eres grande; mas no sirve ser grande, si el león se enamora de una alpaca del Ande...

—¡Ñusta, ñusta, yo te amo! Vente a España conmigo. Te daré la hidalguía y el amor. —¡Enemigo! —Las católicas aguas echaré con mi mano en tus finos cabellos de abenuz, —¡Es en vano! —Seguiré tu capricho, velaré tu reposo, guardaré tu nobleza con mi espada. —¡Ambicioso! —Con mis lauros triunfales, a tus pies daré abrigo; que mi amor es más grande que la gloria. —¡Enemigo! —Cambiaré los guayruros, con que adornas tu cuello, por diamantes preclaros del más vivo destello; cambiaré tus argollas por labrados pendientes, en que luzcan las perlas como lucen tus dientes. Te daré todo el fruto del botín que me toque... Tu mirada penetra mucho más que mi estoque; y es así cuál me siento vacilar a tu vista: mi conquista fue grande, pero más tu conquista; que tu amor me sofoca y es tu amor mi castigo. Ten piedad del que te ama. ¡Ten piedad! —¡Enemigo! Y así siempre... La ñusta fue más firme que acero, fue más dura que roca; y el gentil caballero en los juegos tan fino y en las lides tan bravo, se dolía de amores como un mísero esclavo... —¡Bien! —se dijo— ¿Es posible que cruzara las olas, que explorara las tierras, para verme hoy a solas debatir en esta ansia que consume energía y escarnece y enferma? ¡Basta ya!... ¡Será mía! ¿Qué me importa el tesoro, qué me importa la fama, qué me importan los lauros, si la ñusta no me ama? La he ofrecido mi nombre con hispana hidalguía y mi Dios y mi tierra... ¡Basta ya!... ¡Será mía!

Hualpa-Cápac es Inca. Llautu rojo le han puesto los hispanos. Él muestra sus insignias enhiesto. Huayna Cápac le tuvo de una sciri; y en Quito, a veinte años de entonces, se oyó su primer grito. Y es muy sagaz: fingiendo su amor a los hispanos, ciñose eI Ilautu rojo; y el cetro fue a sus manos. Él, en el fondo, guarda rencor, rencor oculto; de esos rencores indios que ignoran el insulto, pero que, en cambio, esperan que llegue con tardanza, con gran tardanza, ¡un solo minuto de venganza!... Así, a la par que gusta la hidalga compañía de los Conquistadores, y aprende en su falsía la hispana lengua, mide la tropa castellana y astutamente busca la forma en que mañana pueda otra vez el Inca ser libre en el Imperio. Un ojo brilla, apenas, en el teatral misterio, con que él, cuando las sombras llegan a la alta cima, suele en los mudos campos hablar con Galcuchima. Ese ojo que le sigue no es de un espía, ese ojo no es frío: en sus miradas hay un ardor de enojo. ¿Quién siente así la ira contra el cautivo hermano de Atahualpa? ¿Quién puede tener ese inhumano odio, que le echa insultos envueltos en miradas, cual si le atravesasen espadas sobre espadas? Ese ojo que le sigue no es de un espía. ¿Acaso lo es el celoso amante que va siguiendo el paso de su rival? ¡Entonces, ese ojo es de un espía! Ese ojo tiene un rayo siniestro de alegría; y es porque siente un golpe de celos que le inflama cuando al rival odiado contempla. ¡Ese ojo ama!

Don García comprende, para mayor tormento, que la graciosa ñusta que le robó el aliento comparte viva llama de amor correspondido con Hualpa-Cápac. ¿Cómo decir lo que ha sentido el corazón de ese hombre, que nunca en el combate tembló y ante los ojos de una mujer se abate? ¿Cómo contar las horas de inenarrable cuita, en que él piensa en el beso de la nocturna cita con que el rival oprime la boca de la ñusta y al par las blandas formas con fuerte abrazo ajusta?... Cómo expresar la lia de su ardoroso pecho contra el rival que, en breve, podrá partir el lecho y el trono con la ñusta que le turbó la calma?... Los que saberlo quieran ¡pregúntenselo a su alma! Y bien: él en las sombras, siguió al rival, —¿En dónde será la cita?— El indio detiénese : él se esconde; y observa. Poco importa que piensen, don García, en que ello no te es propio: ¿qué amor no es el que espía? Y en vez de que la ñusta llegue también, quien llega os Calcuchima, el viejo general indio. Entrega un quipu a Hualpa-Cápac. Dice con voz obscura palabras misteriosas. El gesto, la figura nerviosa, los inquietos ademanes, el modo de ver alredor suyo, ¡lo están diciendo todo! Tal es como Peralta se entera: él que creía ver a la ñusta en brazos de su rival, a espía llega con ser tan noble; que amor causa locura que arrastra hasta el abismo o arroja hasta la altura. En su encontrada fuerza capaces son los celos de las bajezas grandes y de los grandes vuelos. Mujeres: los que os aman y celos nunca sienten, tal hacen porque os toman en poco o porque mienten. Mujeres: los que os dejan jugar con sus amores, ¡de más dichosa suerte no son merecedores!

Es el gran Sacerdote de Caranquis. La ñusta coya va a ser. El Inca sobre la frente ajusta su llautu rojo y abre con majestad el manto de áurea vicuña. El coro de vírgenes un canto da a los aires: son voces claras, limpias, serenas... Debajo de esas voces, hay un temblor de quenas. Suspira el Sacerdote. —¿Por qué, por qué suspiras? —pregunta Hualpa-Cápac—. ¿ Acaso sombras miras en nuestra unión? ¡Responde! Mi amor es puro; y ella es, más que bella, pura: ¡tú sabes como es bella! Y el Sacerdote, irguiendo la majestuosa frente al Sol que reverbera, suspira nuevamente... —Señor —dice la ñusta— no tenías. ¿Quién podría burlar con el silencio tu sacra profecía? ¡Dinos qué ves! Yo te amo, y en el amor soy fuerte; después de ser su esposa, no importa ya la muerte.— Y el Sacerdote dice, como si un duro peso se quitara: —¡Os anuncio que moriréis de un beso! En ese propio instante, la soldadesca asalta al Inca y le aprisiona. García de Peralta capitanea al grupo; y en sus voraces ojos chispean alegrías mezcladas con enojos. La coya pide, entonces, ir con el Inca: es vano su intento. Así la estrecha con vigorosa mano Peralta y con ternura le dice todavía: —Conmigo vente a España. —¿Yo?... ¡Nunca! —¡Serás mía!— El Inca va a lo lejos cargado de cadenas... No cantan ya las voces... No trinan ya las quenas... Y el Sacerdote, irguiendo la majestuosa frente al Sol que reverbera, suspira nuevamente.

Fue entonces cuando, en medio del odio que le exalta, pidió tener las llaves García de Peralta, Y así quien salvar pudo, por una rara suerte, al grupo de españoles de traicionera muerte, quiso guardar él mismo del Inca el calabozo, acariciando el triunfo con íntimo alborozo que guardador le hacía de infieles y traidores y guardador a un tiempo también de sus amores. Ella hacia él vendría con súplicas y llantos, —tal vez por tal angustia más bella en sus encantos— para rogar siquiera minutos de reposo en la prisión estrecha y en brazos del esposo. Y como su locura mayor quizás sería, sabiendo que el esposo no contará otro día, porque inflexible y duro ya el juez le ha condenado, por su traición, a muerte, querrá ver a su amado y sentirá en sus ansias la fiebre delirante que lo da todo, a veces, en pago de un instante. ¿Todo? Sí: a veces, todo. Tal dice don García las llaves enseñando: —¡Ya pronto será mía!— Ya es hora, fuerte hispano: bien haces, si no hay modo de que consigas nada cuando le ofreces todo. Ya es hora, si, ya es hora de que tu afán concluya: ¡te costará la vida, pero ella será tuya!

Y se abrieron las puertas de la prisión. —¡Oh!, ¿Tú eres? —¡Yo, Señor!... ¡Yo culpable!... Ten piedad si me quieres... —¿Tú culpable? —Perdona; porque ya no soy pura. Ya, Señor, no soy digna de alcanzar la ventura de besarte las manos ni los pies. —¿Estás loca? Ven, si quieres dar besos, a besarme en la boca. —¡Ay de ti!... ¿No recuerdas la mortal profecía con que el Gran Sacerdote nos quitó la alegría? —¡Quién me diera esa muerte, mejor que otra que espero! —¿Quién te diera esa muerte? Yo, Señor, si lo quiero... —¿Y qué aguardas? ¿Deseas que yo acabe en las manos vengativas, en breve, de los propios hispanos? —Es, Señor, que mi boca no está pura. El exceso del cruel don García me ha robado mi beso... Suya fui... —¿Suya has sido? —Suya fui para verte... Él me ha dado las llaves... Yo le he dado la muerte... —¡Habla! —Puse en mis labios el veneno en que mojan nuestros indios sus flechas... Ya mis miembros se aflojan... ya me ahogó... Ya acaso don García habrá muerto... Muchas veces, sí, muchas le he besado. —¡Oh! Si es cierto lo que dices, entonces... ¡dame un beso en la boca! —No... Tú escapa... Eres libre... ¡Huye! ¡huye!

—¿Estás loca? ¿Qué me importa la vida sin tu amor? ¡Es un peso!— . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Hubo lucha en las sombras; y después... sonó un beso.

En el día siguiente, fue Peralta enterrado con magníficas pompas; y la india a su lado: los hispanos quisieron el hacer de esa suerte que, a través de los siglos, fuera suya en la muerte, la que sólo en la vida se entregara un momento ¡No hay un alma española que no logre su intento!