Spanish poem
Lautaro
La tribu, estrepitosa muchedumbre, entre cantos y ruidos de timbales, baja, de salto en salto, de la cumbre, entre los temblorosos matorrales, que abren ante ella el espantado seno como a un empuje de torrente bronco, mientras que, al par que se dosgalga el trueno, el hacha cruje en el macizo tronco. ¿Adónde irá esa tribu de salvajes, las chatas sienes entre erectas plumas, mal ceñidos con hórridos pelajes, los labios entreabiertos con espumas y los puños cerrados con tatuajes? ¿Adónde, adonde irá, de salto en salto, mientras que por encima huye una garza o un cóndor da sus vueltas en lo alto? ¿Adonde irá, por el espeso monte, quebrando con su pie la dura zarza y buscando con su hacha el horizonte? A veces, ante el ímpetu bravío de la tribu guerrera, se abre un flanco de la montaña y se descuelga un río, que va a estrellarse al fondo de un barranco; á veces, sobre el grupo, un ancha nube rasga su abrigo de flotante seda, la lluvia cae, la neblina sube, el rayo se disloca, el trueno rueda; a veces, desde el seno del boscaje un alarido la extensión espanta, una encina sacude su ramaje, una culebra silba, un ave canta; y por en medio, así, de la aspereza, avanza, uno tras otro, el grupo entero, sin inclinar la indómita cabeza, resuelta la actitud, el gesto ufano, un brazo firme en el broquel de cuero y un hacha erguida entre la diestra mano...
Es la tribu araucana: ella a porfía resiste al español, que, siempre noble, se entusiasma ante aquella rebeldía. Oyó mil veces el clarín hispano y el alambor del épico redoble, que ensordecieran a la Fama un día; pero, al estancamiento del pantano que se resigna a su apacible suerte, prefirió el movimiento tumultuoso de espumante raudal. Previo la muerte; y combatió sin miedo y sin reposo; y cuanto más bregó, se hizo más fuerte. Tal, una vez, tras de batalla horrenda, pudo el Conquistador entre sus lazos coger a un prisionero: él era un niño. ¿Qué mágica pasión o que leyenda supo arrancarle a los maternos brazos en la busca tal vez de otro cariño? Amor de gloria le lijó otra senda: amor de gloria le empujó, sin duda, a buscar el arrullo en la contienda y las caricias en la selva ruda... Prisionero cayó. Valdivia, entonces, de aquel heroico niño enamorado se sintió, al verle despreciar los bronces y, con la punta de sonora flecha, abollar la coraza de un soldado y quedarse después firme en la brecha. —Heroico niño, ven. Toma el cuidado —le dijo así— de mi corcel piafante: me seguirás por donde vaya. Has dado de tu gentil valor muestra bastante, para ser digno de la noble prenda de amistad que te ofrezco: ir a mi lado, poner mi estribo y alcanzar mi rienda.—
Y corrieron los años; y el tumulto de los sucesos no turbó un instante en aquel niño el entusiasmo oculto. ¿Quién era el niño aquél? Lautaro el nombre. El tiempo, siempre igual, siguió adelante... y aquel niño sintió que iba siendo hombre. ¡Ah! ¡Cuántas veces contempló enjaulado al cóndor de los Andes! ¡Cuántas veces, él, también como el cóndor, al pasado volvió los ojos y apuró las heces de inefable dolor!... El ave, un día libre y feliz en la nevada altura, cuidados en su jaula recibía del niño aquél, que, en su infantil locura, así le hablaba: —¡Tu aflicción es mía!— Muchas veces el viento, triste como un larguísimo lamento, llegaba de los Andes, y traía el olor de los bosques y el arrullo de los pájaros libres y la fría pureza de las nieves y el murmullo de fuentes claras entre selva umbría; y entonces, ¡ay! entonces, el salvaje cóndor, en su letal melancolía, esponjaba su olímpico plumaje, el curvo pico apenas entreabría, y, clavando en el cielo sus miradas de nostálgica angustia, lentamente las alas iba abriendo... y de repente las desplegaba como nunca bellas, para que, al sacudirlas desplegadas, pasase el viento por debajo dellas...
Y sucedió que, el día, en que la tribu errante de las cumbres bajó, ronca porfía trabose al fin con la aguerrida hueste de los Conquistadores... ¡Oh! ¡ qué instante! Hubo una Iliada autóctona y agreste: Ercilla la cantó. ¡No hay quien la cante! Cuando, tras la perínclita batalla, la flecha cae, el arcabuz se calla y quedan los hispanos vencedores, siente Lautaro el eco en sus oídos de la infancia revuelta entre fragores; y prefiere, a gozar con sus señores, el pasarse a sufrir con los vencidos. ¡Vencidos! ¿Y qué es ello? No es la suerte una esclava del hombre. La victoria es un capricho de mujer. La muerte vence a la vida, pero no a la gloria. Para ceñirse con laurel y roble, ¡no basta ser audaz sino ser fuerte, no basta ser feliz sino ser noble!
Tal es cómo, vibrante y satisfecho, se aleja con el grupo de vencidos el mancebo gentil. Sobre su frente ciñe plumas de cóndor; en su pecho, piel de tigre; en sus brazos refornidos, pulseras de metálica serpiente. Y ahí va... Mas de pronto, en la montaña, sopla un viento cargado de perfume: la intonsa cabellera se enmaraña; la replegada flor se desentume; la hojarasca levántase en un giro; el arroyo hace bucles con sus ondas; el ramaje se envuelve en un suspiro; y hay un golpe de látigo en las frondas... Entonces ¡ay! el juvenil atleta, al evocar el viento que ha pasado, siente en su pecho una emoción inquieta, porque piensa en el cóndor enjaulado... Súbito, aquel que se pasó al vencido, en soberbio picacho encuentra el nido de un cóndor; luego a él: símbolo augusto de indomable vigor. Bajo la garra, una res ha tronchado su robusto cuello; y el pico le penetra un flanco, a manera de corva cimitarra: la sangre le golea hacia un barranco. Lautaro, que ama al cóndor prisionero espanta a ese otro cóndor con un grito... Y el ave colosal, que en su fiereza se encara contra él, bate primero las alas, después yergue la cabeza; y, desde la ardua cumbre de granito, se desprende por fin... como un velero que zarpase con rumbo al infinito. Y en tanto que se aleja el cóndor fiero, Lautaro abre su trocha en la aspereza; y le sigue callado el grupo entero, resuelta la actitud, el gesto ufano, un brazo firme en el broquel de cuero y un hacha erguida entre la diestra mano...