Spanish poem
Los Segadores Pasan Por La Vetusta Corte
Los segadores pasan por la vetusta corte de los Felipes: desde las montañas del Norte vienen hacia Castilla. Forman compacta hilera, que desdobla su rumbo por la corte a manera de una lenta parvada de pájaros. Las voces de estos hombres fornidos suenan a lejanías, un rayo de Sol triste reverbera en sus hoces y sus canciones tienen viejas melancolías. Pasan cantando, pasan riendo, pasan dando su alma ingenua a los aires. Y se alza un himno cuando pasan, indiferentes, al través de la vida: tal es piedra rodada; tal es hoja caída ¡Oh, felices las almas que sin cavilaciones hacen su marcha envueltas en risas y canciones! Ríen, cantan. Las risas de estos hombres fornidos tienen mucho del canto de las aves: sonidos de hojarascas, arroyos y vientos. Gran frescura. Gran ensueño. Gran vida. Gran amor. Gran natura. Y los cantos, los cantos de las tierras lejanas, de las novias difuntas, de las madres ancianas, de las cosas perdidas, de los viejos amores, toman no sé qué rara voz en los segadores, que, con sus trajes llenos del polvo del camino y sus hoces en alto, van de cara al Destino, ocultamente tristes y cantando y riendo cual queriendo olvidarse de todo entre el estruendo. Signa a veces la idea de sus frentes hurañas una arruga, que brota de las mismas entrañas; y por entre la tierra prendida a sus pestañas; se adivinan los ojos — ojos que han recogido en las siestas tranquilas de las horas sin ruido, la visión de las vastas llanuras con sus olas de trigo salpicado de ardientes amapolas. Ojos contemplativos de una expresión intensa los de estos segadores cuya mirada piensa; mirada fatigada como oxidada espada que quiere decir mucho, pero no dice nada Los segadores pasan por la vetusta corte de los Felipes: desde las montañas del Norte vienen hacia Castilla. Yo les he visto en una noche dormir al raso, bajo un temblor de Luna, que brillaba en las hoces y ponía en la mente la visión perfilada de su cuarto creciente.