Versos Spanish José Santos Chocano No Eres Dios, Ni Eres Hombre. Hay En Tu Frente

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No Eres Dios, Ni Eres Hombre. Hay En Tu Frente

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No eres dios, ni eres hombre. Hay en tu frente algo de rebeldía. Hay algo triste que anubarra tu espíritu luciente: acaso del Olimpo descendiente y tu alma un fondo de nostalgia siente. Júpiter se hizo hombre: ¡y tú naciste!... No hay en tu rostro la expresión que arroba, sino el enojo de amenaza eterna... Eres hijo de un dios y de una loba: ¡tuya es la cumbre y tuya es la caverna! Personaje de Esquilo, héroe de Homero, cruzaste con tu manto y tu coturno, cual por un teatro por el mundo entero; y desde tus alturas, sin desmayo vibraste, como el hijo de Saturno, la viva llama del trisuleo rayo! ¡Ahí estás! eres tú. Robó el artista besos de aurora al sol que se levanta, para exhibirte a la asombrada vista de los siglos, que oprimes con tu planta. Titánica es tu faz: ¡hay tanto en ella de Prometeo y de Luzbel! Tus ojos son las mitades de una misma estrella, partida por un rayo, que destella en medio de una tempestad de enojos. La ceja es como el arco con que Alcides aprendió de Quirón el arte un día: cresta de ola en espumosas lides y perfil de una cúspide bravía... Calva como un picacho de granito es tu agustina frente sublevada: tiene algo de escalón a lo infinito y algo del resplandor que hay en tu espada. Fruncido el entrecejo, cual si al fondo vieses cruzar a la enemiga tropa. Viertes tu ira que sale de lo hondo cual si volcases desbordada copa... En tu nariz carnosa y dilatada hay algo del sileno, que olfatea a la ninfa veloz: la llamarada de la lujuria por tu faz serpea; y en tu boca sensual de labios gruesos, se adivina el afán que te devora cuando desatas tu collar de besos sobre la ninfa que encorvada llora... Sin que el vello sombree tu semblante, limpio lo muestras cual marfil pulido: así un titán que se conserva infante a través de los lustros que ha vivido. No cual Hércules barbas, ni melena cual Sansón, luce tu belleza rara: tu ceja —arco, ola, cumbre— es la que Ilena de viril sombra la desnuda cara... Tu saliente mandíbula denota la tenaz ambición que te levanta; y tu cabeza es como flor que brota de un retorcido tronco: tu garganta. Luego... la diestra —que del férreo brazo pende cual fruto de una rama fuerte capaz de sujetar con duro lazo al corcel desbocado de la suerte. No dice más tu copia, y es bastante; porque tu alma fulgura en tu semblante. ¡Ah! sólo causa, al contemplarte, asombros, el hallar que en tu cuerpo de gigante estén desnudos tus altivos hombros. ¡Desnudos, sí! Luzbel cayó del cielo, tú caíste también. Muertas tus galas, te quedó —como a él— también el vuelo: ¿á dónde están tus angulosas alas? Puede, más que Luzbel, Dios solamente: así cuando en las cumbres del Oriente irradió el Cristo, se espantó tu gloria. Ella profunda fue, grande fue ella; por eso que, eclipsándola en la Historia, Cristo puso su pie sobre tu huella... Pero no sólo Dios, también el Arte Pudo vencerte un día. Y tú, que altivo No supiste ante nada doblegarte, Tú te doblegas hoy... y estás cautivo; Por más que vibres cóleras de acero, Por más que frunzas del ceño el arco, ¡Hoy estás como un triste prisionero En los estrechos límites de un marco!...