Versos Spanish José Santos Chocano Por La Monótona Llanura

Spanish poem

Por La Monótona Llanura

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Por la monótona llanura, se va tendiendo largamente la caravana del Sultán. La soldadesca marcha al son firme y expresivo de la corneta y el timbal. Camellos, potros, mulos siguen por la llanura desolada que el sol azota sin piedad. Las armas brillan, las arenas brillan también: todo relumbra bajo la cólera de Alah; y en la radiante lejanía, entre abanicos de palmeras, yergue sus torres la ciudad. Por la monótona llanura, se va tendiendo largamente la caravana del Sultán. En la llanura hace un instante que hasta un millar de blancas tiendas se plegaron como en un haz, a la manera de una banda de albas palomas que se lanzasen a volar. La ciudad bulle mientras tanto, como colmena estremecida por el secreto de un afán: en los portales herrumbrosos, en las ventanas que parecen bocas que ríen sin cesar, en las vetustas azoteas, mujeres, niños, viejos lucen una febril curiosidad; y por las calles, agolpadas las gentes corren hacia el campo por donde anuncian que vendrán... y las miradas sólo adivinan una nube que cada vez se ensancha más. Por la monótona llanura, se va tendiendo largamente la caravana del Sultán. Delante marchan los soldados con uniforme rojo y verde y en un tumulto singular: en sus pestañas brilla el polvo de las fatigas del camino y su mirada es siempre audaz; bajo sus pies el suelo tiembla; y en sus espaldas que se encorvan gravita el peso de otra Edad. Enronquecidos y entusiastas, cantan a veces en un coro sin armonía ni compás; y siguen siguen en un avance que parece lleno de un ímpetu marcial. Innumerables caballeros vienen detrás, entre nevados albornoces y sobre potros cuyas crines no se fatigan de silbar. ¡Salve a los potros del Desierto! Hijos del viento, de ancho tórax, ancas de molde escultural y finos cascos: cuando pasan en el delirio de un galope, los acarician las arenas y los saluda el huracán Los caballeros se afianzan en los estribos; con la espuela frotan a veces el ijar; y en la siniestra el freno empuñan con una olímpica elegancia digna de un cántico triunfal. El Sol palpita en los arneses y en el acero de las armas. El polvo sube en torbellino. La marcha sigue sin cesar. Por la monótona llanura, se va tendiendo largamente la caravana del Sultán. Cajas, trompetas, atabales y dulzainas melodiosas llenan el aire de una música á la vez bélica y sensual. Doce jinetes; luego una fila de hombres negros con algo trágico en la faz; y al fin un grupo de mujeres sobre altos mulos. Van cubiertas. (Nadie las debe ni mirar). Cien dromedarios, cuyas gibas hacen pensar en los perfiles de cien cumbres, llevan encima de sus lomos cargas de aurífero metal. La polvareda crece. El ruido es el de un rio que entra al mar. Veinte soldados en sus potros agitan veinte banderolas: una, dos, tres y cuatro filas de cien jinetes van detrás, en un conjunto que se mueve con la armonía pintoresca de un ajedrez que se jugase sobre un tablero colosal. Resalta entonces la figura de un hombre envuelto en la blancura de una gran túnica imperial cabalga un potro blanco; y tiene todo el aspecto reposado de una divina majestad. ¡Es él! Se doblan las rodillas, las frentes bajan hasta el suelo. El polvo sube en torbellino. La marcha sigue sin cesar. Y en la radiante lejanía, entre abanicos de palmeras, yergue sus torres la ciudad. Por la monótona llanura, se va tendiendo largamente la caravana del Sultán...