Versos Spanish José Santos Chocano Vino Del Mar El Grupo De Hombres Blancos Y Hermosos

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Vino Del Mar El Grupo De Hombres Blancos Y Hermosos

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Vino del mar el grupo de hombres blancos y hermosos, más fuertes que titanes, más altos que colosos, que en la playa, aquel día, surgieron de repente como una visión rara. Tenía uno en la frente un lucero; otro héroe blandía en la mirada un rayo que era como la hoja de una espada; otro, encima del peto, la cruz; otro, en la mano, un halcón de nobleza; y otro, un laurel pagano: todos vaciados eran como en un molde, todos se entendían al simple contacto de sus codos, todos tenían su alma bajo del mismo cuño y se apretaban como los dedos en un puño. El capitán lucía por signo de grandeza un Sol, como aureola, detrás de la cabeza; mostraba una caricia perpetua de ternura en el tornasolado metal de su armadura; y si los pies movía dejaba como huella una flor... una estrella... y una flor... una estrella... —Y bien; ¿para qué naves?— En la extensón remota del mar, se balanceaba la aventurera flota, como si recordase, desplegando en los cielos sus lonas, el simbólico adiós de los pañuelos, con que madres, hermanas, novias, en sus dolores, despidieron al grupo de los Conquistadores. —¿Para qué naves?— Todos tendrán la misma suerte El regreso es infame... La victoria o la muerte. Y, como en una de esas hazañas, a que Homero consagra sus mejores exámetros de acero, Hernán-Cortés, a modo de un dios del paganismo, manda quemar sus naves. El encrespado abismo del mar hincha sus olas con regocijo; y luego que se enrosca en las naves la serpiente del fuego, cada ola que lame los pies de los soldados tiende sobre la arena leños carbonizados. El héroe, con los ojos sin fin y alta la frente, se queda pensativo, mirando largamente el desfile, que es como de penachos y golas, de las espumas blancas sobre las negras olas; y, de súbito, lleno de la fe más segura, clava los ojos contra las selvas de la altura que se encrespan encima de los riscos, se siente ungido por la gloria, y, ante su brava gente, extiende como un guía, hacia el confín lejano, con gesto majestuoso, la imperativa mano. Estremécese el grupo; ruge el león de España; y un tropel de caballos penetra en la montaña...

Era la fuerte raza de cobre. Era la fuerte raza que en sus altares rindió culto a la Muerte, ofrendando a sus dioses de figuras extrañas, víctimas palpitantes y sangrientas entrañas. Era la vieja estirpe del Anáhuac. Un día llegó a través de siglos, llena de poesía heroica y resonante (que en la penumbra inquieta florece y que hasta ahora no ha tenido un poeta) con el afán de río que se desborda. Noche. de misterio a su espalda pendía bajo un broche sangriento : anduvo... anduvo... más de trescientos años, por comarcas salvajes y países huraños, hasta que en las orillas de un lago de leyenda paró los pies errantes y levantó su tienda. Acueductos de entonces y anticuados canales siguen aprisionando los bullentes cristales; están en pie los muros de los templos; malezas en las desnudas rocas, visten las fortalezas; y los árboles viejos que volcaban sus copas sobre el baño, en que libres del peso de sus ropas, lavaban las mujeres del rey su carne un día, siguen corno esperando mujeres todavía... Era la fuerte raza de cobre. Era la fuerte raza en cuyas historias, que son cuentos de muerte, Quantlahuatl bravea, Netzahualcóyolt canta y Cuauhtémoc tranquilo pone al fuego la planta... ¡Gran poesía, fuerte poesía, gloriosa poesía la de esa raza que no reposa! Arranca de la altura del éxodo tolteca; y como una cascada que al chocar se desfleca salta en las siete tribus, bulle en la gran laguna y tiembla como un sueño besado por la Luna, cuando, ante la sorpresa de todas las montañas, de súbito aparece la isla entre espadañas. Llega la poesía del símbolo que miente un águila en el charco que pica una serpiente; y llega, como en una visión de otra divina Salambó que en pie se alza sobre la azteca ruina, la poesía, llena de amores, de la hermosa Zochipapalotl (nombre de flor y mariposa). Era la fuerte raza de cobre. Ante ella un día apareció el hispano con actitud bravía, ceñido de aureolas entre su arnés guerrero, como un reverberante camaleón de acero. Hernán Cortés dio un paso. La acobardada tierra tembló toda. A lo lejos, se oyó un clarín de guerra. El águila del charco que pica la serpiente vino, como una sombra, volando de repente a parársele encima del casco fatigada; y, entonces, la serpiente se le enroscó en la espada.

Innumerables fueron las heroicas proezas de Cortés y de todos los suyos. Las cabezas ganaron sus coronas de laurel bravamente. Los brazos ejercieron en el bosque imponente olímpicas gimnasias. Los pies en la bravía montaña abrieron sondas de orgullo y de osadía. ¡Oh las innumerables hazañas españolas! ¿A qué contar las nubes? ¿A qué contar las olas? Baste saber que nunca ha habido ni habrá nada más heroico: es preciso recurrir a la Ilíada, para encontrar apenas héroes —nunca mayores— que puedan compararse con los Conquistadores. Los obstáculos que hubo de hallar en su camino Cortés, fueron muy grandes; pero es más el Destino. No fue sólo la virgen Natura, que aunque bella es tan hostil como una desdeñosa doncella; no fue sólo la cumbre de inaccesibles tramos, la selva inverosímil de exuberantes ramos, el despiadado río que interrumpe el sendero, la galga que de pronto se desprende, el madero que se troncha, la yerba que disimula el lodo de un tembladero, el ábrego indomable: fue todo eso; y además de eso, la envenenada flecha de un indio, a cada inslaiile, que partía derecha a clavarse en el anca de un corcel o en el brazo de un héroe. Inútilmente sonoro arcabuzazo espantaba el silencio: no era la cobardía propia de aquellos indios; y la flecha partía... Con femenina gracia, la virginal Natura ofrecía a los ojos su pródiga hermosura como un presente griego; y así la maravilla de sus montañas llenas de olores de vainilla, en la que los bisontes galopaban y a veces gamuzas y venados, y en cuyos ríos peces había de dibujos tan pintorescos como los que a la par lucían las fieras en su lomo, —maravilla de engaño— también echaba al viento la liebre —mariposa negra— y con el aliento envenenaba siempre la sangre del que, en día de Sol, cerca de un charco, rendido se dormía. Pero más peligroso que la Naturaleza ha sido siempre el hombre... ¿Por qué es que la cabeza dobla Cortés, dejando caer, como agostada hoja que se desprende, la hoja de su espada? Llora... Es la Noche Triste... Capricho de la suerte arranca llanto a mares del corazón más fuerte; que no en vano, por otro capricho, también salta la fuente más profunda de la cumbre más alta. Llora... Llora... Su gente se desbanda perdida. Se le escapa la gloria. Se le anubla la vida. Llora... Llora... Está oculto bajo el árbol piadoso que sobre él vuelca la ancha copa de su reposo. Nadie le ve. El encubre su rostro con las manos; y llora así. ¿Y qué queden valer ojos humanos para turbarle al héroe sus íntimas querellas, si le están viendo en cambio más de diez mil estrellas? ¡Ah! Por fin vence; y vence del todo. Montezuma muerto es. Queda cautivo Guatimozín. Se abruma aquella fuerte raza de cobre, como un tronco hachado en las raíces. Y entre el empuje bronco de torrentoso estruendo, la capital fundada por Tenochi, es a modo de otra Ilión. Con su espada Hernán Cortés, entonces, hace saltar la puerta del Palacio. Está en medio de la sala desierta: la cabeza sacude con un gesto arrogante, pone en alto la barba, fija un pie hacia adelante; y lentamente cruza los brazos sobre el pecho, como alguien que estuviese reclamando un derecho.

Años después, en una noche de mar, sombría como el remordinñento de un crimen, se veía un leño en que luchaba contra las convulsiones de la ola, un cadáver entre cuatro blandones. Tal desde Iberia a México el héroe regresaba, a manera del dardo que retorna a su aljaba como el Cid misterioso de las viejas historias que hasta después de muerto supo alcanzar victorias, Cortés dejó las playas de su nativo puerto y atravesó los mares hasta después de muerto...