Versos Spanish José Santos Chocano Y Así Fue

Spanish poem

Y Así Fue

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Y así fue: Soledad. Mudo desierto, al tibio soplo de la brisa, apenas mueve en ondas fugaces sus arenas como para decir que no está muerto; yermo, afligido por la sed, ansía refrescar la penuria que lo enciende, bajo un Sol que embravece la ardentía de ese inmenso cansancio que se tiende; perezoso arenal, sólo vestido de secos musgos y punzantes zarzas, mientras que, suavemente y sin ruido, van pasando y pasando hacia su nido, como hiIos de collar, series de garzas... Es en ese arenal donde el camello de vanidosa jiba, humilde frente y blandísimo paso, alarga el cuello y en vano busca un pozo transparente que poder empañar con su resuello; es en ese arenal donde, en enjambre rebullidor, los negros moscardones suelen hacer la aparición del hambre, sobre el cadáver de una fiera hirsuta o de un corcel que bélicas legiones dejaron solo en medio de la ruta; es en ese arenal donde, en la fosca cueva la araña entre sus hilos gira, donde hasta el viento apenas si respira, la culebra letárgica se enrosca y el can rendido de calor se estira... Y es en ese arenal lóbrego, donde sale una voz, cual de profunda cueva, a la que un eco de dolor responde: —¡Yo soy la Voz que clama en el Desierto! Mientras que allá... se escucha otra voz nueva —¡Yo soy la Caridad que ora en el Huerto! Huertos de Nazareth, bosques de olivos, fraganciosos y rítmicos pinares, cinamomos en flor, cedros altivos, rosas de sangre opresas en las garras de las garras de las espinas, castos azahares, céspedes frescos, retorcidas parras. Tal el alegre campo en que ha crecido el amable Jesús; tal el honesto regazo patriarcal: es como un nido, es como un ramillete, es como un cesto... Fue ahí donde la Virgen inocente, a manera del cántaro que lleno trajo del agua pura de la fuente, sintió colmado de la Gracia el seno; fue ahí donde el Querub reverberante la llamó ¡Ave María!, ató los lazos de Dios con su Hijo y se elevó al instante, mientras que ella a los cielos suplicante, como lira armoniosa, arqueó los brazos; fue ahí la pastoral no interrumpida del buen Niño Jesús: mordió las pomas; cortó las flores; alegró su vida; y enseñó su cabeza siempre erguida, entre un revoloteo de palomas... Fue ahí donde el Señor bebió los lampos del crepúsculo suave que se aleja, mientras que en el silencio de los campos retemblaba el balido de una oveja; donde Cristo en las dulces emociones que infundía en su pecho la floresta, elevaba congojas y oraciones entre las aves como entre una orquesta; donde, por un encanto misterioso, tierra y cielo sonríen, el reposo grato es al corazón, el Sol sus llamas templa entre los follajes, sus amores charlan los cristalinos surtidores, las flores se enderezan en las ramas y las aves se posan en las flores. Y bien ¡Hijo de Dios! ¿Por qué abandonas el de tu Nazareth campo florido? ¿Por qué cambias las líricas coronas de rosas frescas con que te has ceñido, por ese Sol de las judaicas zonas? ¿Por qué dejas los brazos maternales que te apoyan al seno blandamente y buscas, en los yertos arenales, ese peñón donde apoyar la frente? ¿Por qué, cruzando la extensión remota, buscas, en los desiertos de Judea, el soplo tibio que tu faz azota, el sudor recio que tu fuerza agota y el coruscante Sol que te caldea?... El Precursor, envuelto en sus bermejas pieles de dromedario, irgue ante el mundo áspero rostro de arrugadas cejas, como ermitaño hambriento y sitibundo que de langostas vive y miel de abejas. ¡Déjale solo en su actitud sagrada! Él penitencia y aflicción predica; tú endulzas el dolor con tu mirada: ¡él es el anatema que anonada; y tú eres el perdón que reedifica!... ¡Ah! Tú también con el ejemplo quieres consolar al espíritu afligido; y tú que el Santo de los Santos eres, tú que en el corazón sólo haces nido al compasivo amor, tú en penitencia debes gemir... Envuelve en tu gemido el ciego mal, la humana delincuencia, el injusto dolor, el odio artero, la acusadora voz de la conciencia, la desesperación del mundo entero; y así que hayas con trágicos ayunos gastado las postreras energías, entre los aguijones importunos de sed y de hambre treinta y cinco días, verás aparecer, cerca, a tu lado, al Ángel de la Sombra, que el pecado multiplica también cual tú los panes, y, después de que sufras desgarrado tantos apocalípticos afanes, como si aún en tu dolor impío no se sintiese Lucifer saciado, vendrá la Tentación. —¡Oh Jesús mío!— Tal dice Lucifer humildemente: —¡Oh Jesús mío! —y al hablar suspira.. Tiene, para halagar con la mentira, astucias de mujer o de serpiente... Jesús sonríe; y, sin hablar, le mira: No tiene, no, las membranosas alas que le quedaron cual postreras galas de su perdida excelsitud: aquellas que parecen las velas triangulares de una barca, que boga, entre centellas, sobre un motín de tenebrosos mares... Forma humana reviste. A cada paso, deja en el suelo las fugaces huellas de un fuego breve que se apaga... El raso de la tarde le cubre con estrellas: hay ya golpes de sombra en el ocaso; y la tierra que tímida se espanta de aquella sombra entre el dudoso enredo, cada vez que él la oprime con su planta, siente un temblor cual si tuviese miedo... No vanamente Lucifer confía del árido desierto en los horrores: ama el desierto y su aridez sombría, ¡porque tampoco en el Infierno hay flores! Jesús sonríe; y suave, castamente, pone sobre él sus ojos. Desmayado en una peña recostó su frente; pero la alza veloz cuando a su lado siente esa aparición, como se siente el golpe de una lanza en un costado... De rodillas está: su amplia melena los bucles ensortija en cada hombro; partida en dos, su barba nazarena se retuerce también; su rostro enjuto tiene una palidez como de asombro; un gran nimbo le ciñe; su impoluto labio se arquea en fatigoso aliento; y su cabeza doblegada y grave retiembla al concebir el pensamiento, ¡como una flor en que se posa un ave! ¡Ah! pero su mirada —esa mirada con que envuelve a los tristes pecadores, con que parece fecundar la nada, con que habla al corazón del que lo tiene y al que no tiene se lo da— fulgores ha de una luz que de otros mundos viene. No, no se puede ni intentar siquiera decir lo que relumbra en sus pupilas, que están clavadas en la faz de cera eternamente dulces y tranquilas... Breve el diálogo es: —¿No me conoces? —Sí tal: el que anda en las tinieblas eres. —Yo sé que tus tormentos son atroces y vengo a ti para saber qué quieres. Vengo a ofrecerte pan para tu ayuno, agua para tu sed. ¿Por qué el sombrío dolor te aflige así? Quise oportuno llegar para servirte ¡Oh Jesús mío!— Jesús sonríe... —¿Y te sonríes? Vano quieres llamarte Hijo de Dios. Olvidas que estás hecho también con lodo humano. ¡Haz que esas piedras, si eres Dios, cual dices, se conviertan en pan!— ¡Con qué afligidas miradas ve Jesús las infelices ansias de su Enemigo! Ante el insano afán del Tentador que aquellas horas a turbar viene, de su Padre en nombre, habla; y dícele así: —Quizás ignoras que tan sólo de pan no vive el hombre... —¡Entonces, ven!— Y por el aire, entonces, se llevó Lucifer al inocente Jesús hasta el pináculo del Templo. ¡Jerusalem, Jerusalem: tus bronces mudos están! La cúpula fulgente de la Casa de Dios mira el ejemplo de piadosa humildad, con que se entrega Jesús a Lucifer... —Échate abajo, si eres Hijo de Dios; porque así, al verte vivo caer, la muchedumbre ciega le adorará. Ya ves que sin trabajo puedes ser Dios, si triunfas de la muerte—. Y Jesús le responde que está escrito: —¡No tentarás a tu Señor!— ...Un manto le envuelve Lucifer; luego, le anuda; y en sus hombros le pone: lanza un grito y, con sus alas ya, rasga el espanto de aquella soledad lóbrega y muda... Pasan sombras en densa muchedumbre... Ya están en pie los dos, sobre un granito. Con soberbia satánica, esa cumbre es como una amenaza al Infinito. —¡Mira! —le dice Lucifer— ¡El mundo! ¡El mundo te daré, si es que me adoras! La Roma de los Césares, la Atenas de las Artes, la India del profundo filósofo, las perlas seductoras de Ormuz, los blancos mármoles sin venas del Pentélico, el oro de Zipango, el bronce de Corinto, el trigal rubio que el Nilo fecundiza sobre el fango, el tesoro del Áureo Vellocino; todo desde el Sahara hasta el Danubio; plata, incienso, marfil, púrpura, lino...— Entonces ¡ah! cuando Jesús admira cómo al redor de aquella cumbre gira el antiguo hemisferio, de repente ve las costas del Nuevo Continente prometido a su Cruz... Y él, que suspira a cada tentación, en cuanto sólo ve aparecer la costa perfilada de América que va de polo a polo, se sonríe, suspende la mirada y dice a Lucifer: —¡Vete!— Al instante huye el Ángel Caído, cuyo vuelo tabletea en un trueno resonante... ¡Y Jesús queda solo bajo el cielo! Cuando huye Lucifer, ya no sombríos sino plenos de Sol los horizontes están... Viéndole huir, ladran los ríos; y le apedrean, al pasar, los montes... Así, en el fondo del Infierno, en tanto que la Natura en derredor se alegra, él se envuelve en sus alas de quebranto como una enorme mariposa negra. Y cuando a él la pavorosa corte se acerca y le pregunta, en ira ciego, salta, pónese en pie, como un resorte; y quiere hablar, pero se le hace un nudo en la garganta... y, retemblando luego, se desploma otra vez ¡porque está mudo!