Spanish poem
En la muerte de la niña D
by José Tomás de Cuéllar (1830–1894)
Porque al abrirse las puertas Del misterioso ataúd Hallan paz, vida y contento Los que mueren como tú.
Zorrilla.
Para endulzar de una llorosa madre Tan solo un día de su triste vida. ¡Oh niña! fué la tuya transitoria En el áspero erial del mundo vano, Lo que en la mente de infeliz poeta Una ilusión de gloria, Que deja al fin al corazón insano. Discurrió tu existencia Como de Abril una mañana hermosa; Como se posa en el humano pecho El néctar del placer que deja al alma Sumida en larga y bochornosa calma.
Pura, risueña, encantadora niña, Emblema delicado de inocencia, El mundo era un vergel en que yacías De aromas regalado, Con fuentecillas de alabastro tersas, Con enramadas fértiles, umbrías, Y al soplo perfumado Del zéfiro suave Los blondos rizos que tu sien velaban Como el armiño blanca, se extendían Por tus ebúrneos hombros torneados.
Los labios nacarados Atentos con ternura Al beso maternal que dulce, ardiente, Sonaba en tu mejilla Teñida suavemente De rubor infantil con leve grana, Cual la aurora al colorar temprana. Adormida en pacíficos ensueños, Regalada con plácidas caricias, Feliz era tu vida; Feliz, porque entre mágicas delicias. El ángel tutelar de tu inocencia Cubriendo con sus alas La copa en que se liban los amores, Iba regando con preciosas flores La senda que seguías En tus tranquilos, envidiables días....
De tí corría uraño El pálido fantasma que amedrenta Y llaman desengaño. Las mil visiones de la mente loca Con que nos brinda el mentiroso mundo, Del genio huían de nevadas alas
Que á tu lado invisible te seguía Con silencio profundo; Y de su labio al aromado aliento, Tu labio de coral se sonreía.
¡Niña felíz! El angel cariñoso Oue des tu cuna te veló risueño, Nunca apartó su lampo refulgente Con que alumbró tu sueño: ¡Oh, si por siempre con estrecho lazo Pudiera estar unida El alma del mortal á ese angel puro, Dormir en su regazo, Y confundir la vida con su vida!.... Mas ¡ay! que de la edad el vuelo triste Aparta esa visión encantadora, Y amor y pena, y sinsabores siente El corazón en la ilusión demente.
Plugo á Jehová que, en tu infantil pureza, Abandonaras el precario mundo, Para que tu belleza No se empañase al soplo envenenado
De las sin fin humanas desventuras, Y fueras de sus célicas criaturas....
Y ya partiste, ¡oh niña venturosa! Ya habitas la mansión del paraíso; Y entre blancos querubes, Entonas en las harpas melodiosas De oro, con victoria, Los eternales himnos de la gloria.
Te estoy viendo bullir á cada instante, En torno de las gradas de diamante Del trono en que la planta Asienta el Hacedor del universo, Gentil, alegre y pura Como la brisa del jardín liviana, Radiando de hermosura, Entre arcángeles mil que con anhelo Sostienen agrupados, De púrpura exquisita Y pedrería, el pabellón inmenso En un confín del cielo, Y allá entre nubes de sagrado incienso.
¡Oh! ruégale al Señor: dile que queda En la tierra una madre desolada Que llora tu partida.... ¡La segúr de la muerte despiadada Cortó tan tiernos lazos! Y al huir, niña pura, De sus maternos y amorosos brazos, Las heces apuró de la amargura.
Dile que enjugue su copioso lloro, Que calme su profunda desventura; Y que un día felice, bendecida, A tí se vea para siempre unida: Esto dile al Señor. ¡Oh! tú, ángel bello, Que so el excelso trono, Entonas con victoria Los eternales himnos de la gloria.