Spanish poem
En el panteón
by José Tomás de Cuéllar (1830–1894)
Que las humanas cosas Cuanto con más belleza resplandecen Más pronto desvanecen. ¡Y, tú, la edad no miras de las rosas!
RIOJA.
Enmedio del terror que siente el alma Brota la inspiración, vibra el acento De mi triste laúd; Y, enajenado en la mansión de calma, Contemplo de olvidado monumento La cenicienta cruz.
Vengo á turbar el plácido sosiego De los que yacen en la losa fría En sueño perennal, Al idealismo fúnebre me entrego Y se exhala veloz del alma mía El íntimo pesar.
Estéril panteón en cuyo suelo Sembrado de osamentas blanquecinas Se arrastra el huracán; ¡Oh cuánto acreces mi profundo anhelo Al contemplar tus lúgubres ruinas En calma y soledad!
Amo tu paz, porque á la mente inspira; Amo la sombra que me presta amante Tu lánguido saúz; Y aislado y libre el corazón suspira Al espirar del astro rutilante La moribunda luz.
Aquí yacen los restos de los hombres Que ayer llenos de vida y alegría Bebieron el placer. ¿Qué queda de esos seres? vanos nombres Que se escribieron en la losa fría; El himno del no ser.
Dintel de la existencia, mudo asiento Del orgullo del hombre, tumba helada, Espantoso lugar: ¿Quién al poner su osado pensamiento
En tí, no siente el alma atribulada Por angustioso afán?
Eres una verdad que al pecho infunde Religioso pavor, postrer asilo Del mísero mortal: Al contemplarte el hombre se confunde Y atónito ante tí, mudo, tranquilo, Se para á meditar.
¡Oh muerte, muerte, inexorable, impía! Yo vi elevarse tu incansable brazo Blandiendo la segur, Y la alba flor que en el vergel veía Contemplé deshojada en tu regazo.... ¡Me la robaste tú!
¡Ay! yo la vi, sobre su labio amante Vagaba una sonrisa de ventura, ¡Sonrisa divinal! Y luego entre tus brazos espirante, En el trance postrero de amargura Sintiera tu dogal.
Sí, tú la asiste con tus secos brazos,
Y tú grabaste en su apacible frente Un ósculo glacial; Del corazón las fibras mil pedazos Hiciste, y contemplaste indiferente Tu triunfo funeral....
¡Cruel! ¿No ves al padre delirante? ¿No ves á los que la aman y la lloran? ¡Ah, no los miras, no! ¿Qué te importan la madre y el amante. Si te deleitan los que abajo moran, Qué te importa el dolor?
Que ¿no sacian tu bárbaro deseo Víctimas mil que en la terrible fosa Se hunden sin cesar? No; que es tu solo perennal recreo, El vuelo de la vida deliciosa De súbito cortar....
Y si ves que una virgen hechicera Va cruzando en el valle de la vida En medio del placer, Traidora, armando tu guadaña fiera,
La hieres, y la entregas, fementida, Al sueño del no ser....
Si ves que el hombre entusiasmado siente La sed sublime de la inmensa gloria Que exalta su razón, Ante su débil planta derepente Te arrastras tú, y en deleznable escoria Lo torna tu ambición.
Al contemplar tus víctimas sangrientas, Con júbilo fatídico te engríes En ancho panteón: Tú sola entre ellas sin cesar alientas, Y á todas horas de la vida ríes En medio del dolor....
Solo una voz te halaga aterradora. Que está gritando ¡destrucción! y miras A los hombres caer En tu ignota región hora por hora, Y muda, en tanto, sin cesar conspiras Contra el humano sér.
Es esa voz que escucha vagarosa
El miserable huérfano que pena Sin tregua á su aflicción, La voz con que la vida lucha ansiosa, La voz que está clamando en Santa Elena: «¡Aquí está Napoleón!»
Es esa voz terrífica que aduna El crimen, la virtud, el gozo, el llanto En rara confusión, Y lleva sin cesar una por una Del mundo al solitario camposanto Las galas del amor.
El vago resonar de la campana, Del triste coro las sentidas preces, Los gritos de dolor. Eso es ¡oh muerte! la lisonja vana Con que siempre de gozo te estremeces, Es esa tu ovación.
¡Ah! yo sé que mis sueños de ventura. Mis ilusiones de feliz poeta, Y mi encantado Edén, Debajo están de tu guadaña dura;
Y mi existencia á tu poder sujeta, Y mi poder también.
Y el rico porvenir y la esperanza, El amor, las creencias de mi mente.... ¡Todo se acabará!... Mas no; que el alma espera bienandanza, Y encuentra un bien magnífico el creyente. En la inmortalidad!