Spanish poem
La loca
by José Tomás de Cuéllar (1830–1894)
¿QUIÉN es esa mujer en cuya frente El sello miro de mortal tristura, Lánguida como el sáuce de la fuente, Inmóbil, cual la estátua del dolor? ¿Quién es esa mujer? Su cabellera En rizos se destiende por la espalda, Cual las ramas de mustia adormidera Conque el angel del sueño se cubrió.
Es vago su mirar; la vista incierta Fija en redor é indiferente ríe, Y queda inmóbil; pero luego alerta
Quiere todos los ruídos percibir. Y erguida, cual la corza amedrentada Que acecha el cazador, se para, atiende, Y al disiparse la visión soñada Se escucha su sarcástico reír...
Y se inclina y atisba cuidadosa, Brilla una luz de pronto en su pupila Y se lanza á ocultarse presurosa En el estrecho, oscuro camarín. Toma en sus blancas manos descarnadas Un ramillete de exquisitas flores, Y al contemplarlas mústias, deshojadas. Inclina como ellas la cerviz.
Las oculta en su seno que se agita Cual la honda de cristal al soplo leve; Y en otras horas con placer medita... Las horas ¡ay! de su fatal pasión, Y sus labios murmuran de contino El nombre de su bien idolatrado, Sumergiéndose en éxtasis divino, Gozando en inefable conmoción.
De su razón en la tiniebla un rayo Brilla de luz, y vuelve la infelice Otra vez á su lánguido desmayo, Otra vez á su estúpido mirar. ¡Pobre idiota, extraviada en el vacío Como ave de la noche por los vientos, Sin tregua en su terrible desvarío, Sin consuelo en su bárbaro pesar.
Juguete de su viva fantasía, Rodeada de espectros y fantasmas, Por do quiera le sigue en su agonía El eco triste del perdido amor. Siempre delante una visión medrosa Que le infunde pavor desconocido, Siempre una voz que le repite ansiosa De su ventura el postrimer adiós.
De su ventura, sí, serenos días De almo solaz huyeron como el viento Que lleva las postreras melodías Que modula el alegre ruiseñor. De placer y de amor dulces caricias,
Supremas horas de entusiasmo, ensueños De inefables, purísimas delicias. Talismán de la vida halagador.
¡Ay! ¡para siempre en la impalpable nada Os hundísteis!... ¡Pluguiérale la tumba A esa infeliz idiota, condenada Sin tregua sus dolores á sufrir... Si el criminal á quien su amor evoca, Amante engañador, la mira un día, Exclamará frenético... «¡Está loca.! ¡Ay! ¡maldición eterna sobre mi!...