Spanish poem
Al último rey moro de Granada, Boabdil el Chico
- I -
Una ciudad riquísima, opulenta, El orgullo y la prez del Mediodía, Con regia pompa y majestad se asienta En medio la feraz Andalucía.
Y allí vierte su lumbre el sol de España En hebras de purísimos colores, Y brotan al calor con que la baña, En vasta profusión frutos y flores.
Allí el aura sutil espira aromas, Y la estremecen sobre cien jardines Bandadas de dulcísimas palomas Y pintado tropel de colorines.
El Darro y el Genil, con turbias olas, En su verde llanura se derraman, Y a su confín, en playas españolas, Del revoltoso mar las ondas braman.
Mofa son sus alcázares del viento, Fatiga de los fastos sus memorias, Su grandeza y tesoros son sin cuento Y no se encuentra fin a sus historias.
Allí es el cielo azul y transparente, Fresca la brisa, amiga la fortuna, Fértil la tierra, y brilla eternamente Sereno el rojo sol, blanca la luna.
Y afrenta de las tierras más remotas, Vense allí, como en otro Paraíso, Los pomposos laureles del Eurotas Y los húmedos tilos del Pamiso.
Crecen allí las palmas del desierto, De Cartago los frescos arrayanes, Las cañas del Jordán, en son incierto, Arrullan de Stambul los tulipanes.
Y entre pajizas y preñadas mieses Las vides de Falerno allí se orean, Y los de Jericó mustios cipreses, Con los cedros del Líbano cimbrean.
Y hay allí robustísimos nogales, Lúgubres sauces, altos mirabeles, Y olivos, y granados, y morales, Ceñidos de jacintos y claves.
El zumo de sus vides deliciosas Tal vez la alegre Italia envidiaría; Y por sus anchas y fragantes rosas, Sus rosas las trocara Alejandría.
El jaspe, el oro, el mármol, los cristales, Se ostentan en su espléndido recinto, Y ansiaran sus recuerdos orientales Los escombros de Atenas y Corinto.
Y no la iguala en lujo y en riqueza La voluptuosa pompa del Oriente, Que entre flores y lánguida pereza Vive tranquila su atezada gente.
Unos hombres de Oriente la robaron Para asentar en ella su morada; Los hombres a quien de ella despojaron, Lloraron siete siglos su Granada.
Y era un tiempo de guerras y de amores, En que el compás de berberisca zambra Y el son de los clarines y atambores, Estremecían a la par la Alhambra.
Y era un rey exquisito en sus placeres, Y un pueblo en su molicie adormecido, Que gozaba en su paz nuestras mujeres, Esclavizando al padre y al marido.
Y era también el término llegado Del brío y del poder de aquella gente, Y al postrimero Rey había tocado El sitial de las razas del Oriente.
La hora fatal a la morisca luna Los sabios en su horóscopo leyeron, Y tal vez mereció mejor fortuna De la que sus horóscopos le dieron.
¡Ay, Boabdil! Levántate y despierta, Apresta tu bridón y tu cuchilla, Porque mañana llamará a tu puerta Con la voz de un ejército, Castilla.
Mañana, de su mengua avergonzados, Te cercarán los tigres españoles, Y echarán sobre ti, desesperados, De siete siglos los sangrientos soles.
- II -
«¿Qué quieren esos cristianos A las puertas de la villa? ¿Qué buscan esos villanos, Que traen a su Rey ufanos Tras el pendón de Castilla?
»¿No son reyes en su tierra? ¿Por qué pasan esa sierra Talando el solar ajeno? ¿No les basta su terreno Para sus fiestas de guerra?
»¿Por qué en confusión extraña Levantan en esos cerros Tantas tiendas de campaña? ¿Por qué ladran esos perros A los pies de esa montaña?
»Si sus padres expiraron, Y a su muerte les dejaron En desastres tan prolijos, ¿Por qué no se contentaron, Como los padres, los hijos?
»Frente a sus tiendas Reales, Que brillen altas y ufanas, En las torres principales, Las enseñas orientales Y las lunas otomanas.
»¡Al arma! ¡Al campo! A cambiar Las marlotas y alquiceles Por arneses de lidiar; Los jinetes a aprestar Los caballos y broqueles.
»La sed de sangre me irrita; Que, doblen los atambores, Que cierren en la mezquita Esa multitud que grita En rejas y miradores,
»Los fuegos prontos estén, Las calles libres también; Los hombres, a la muralla; Las mujeres, al harén… ¡Paso y silencio, canalla!»
Tal Muza prorrumpe airado Ante la puerta de Elvira, Entre el tumulto apiñado Del pueblo, que, consternado, Al campo cristiano mira.
¡Ay! Él es solo el valiente Con corazón en Granada; El solo lleva, insolente, A la recia lid su gente, Que se torna destrozada.
Solo la esperanza alienta De su humillada nación; Solo lidia y se ensangrienta, Abriéndose sin afrenta Una tumba de varón.
Mas, con ojos avarientos, En redor de su caballo, Sus soldados macilentos Le están demandando, hambrientos, Hasta el pan de su serrallo.
Y con el llanto a los ojos, En desmayado tropel, Su pueblo, puesto de hinojos, Llora los yertos despojos De los que lidian por él.
Guerrero, ¡ay de los valientes! ¿Qué vale que en tu despecho A tus soldados alientes Y quieras dar a tus gentes Todo el valor de tu pecho,
Si en tanto, a pasos gigantes Van arrastrando a su fin Sus muy poderosos antes Alcázares elegantes, La Alhambra y el Albaicín?
¿Si allí está el triste Boabdil, Sin amparo que le acorra, Llorando sobre el Genil, Como una cobarde zorra Entrampada en un redil?
¿Si allá en la empinada sierra, Amancillando tu gloria, Cantan en compás de guerra Los castellanos victoria, Ensordeciendo la tierra?
¡Ah! ¡Su corona usurpada Tener en la sien no supo!… Mal hiciste tu jornada, ¡Pobre Rey! y hora menguada En tu horóscopo te cupo.
Los cristianos te ayudaron Para vencerte mejor; Y los tuyos que quedaron, Al hundirse te llamaron Hasta apóstata y traidor.
Las mujeres que te dieron Sus hijos y sus preseas, Al saber que se perdieron, Expirando te dijeron: -¡Cobarde, maldito seas!
Y de tu reino señores, Los cristianos vencedores Te pagaron tus ofrendas Con agrio pan de dolores Que amasaron en sus tiendas.
Porque al fin, ¿qué ha de esperar Del vencedor el vencido, Sino vergüenza y pesar? ¿Qué, sino burla, ha de dar El que subió al que ha caído?
¡Oh! Esas torres orientales, Que levantando insolentes Sus agujas desiguales, Mecen las auras corrientes En trémulas espirales;
Y esas cifras misteriosas Que, cual labor sin objeto De esas cuadras ostentosas, De crónicas amorosas Guardan el dulce secreto;
Y esos anchos sicomoros, Y esos arroyos sonoros Que tienen marcas y nombres Que no entendemos los hombres Y que comprendéis los moros;
Las tortuosas galerías, Que se derraman sombrías Por ese fresco recinto, En faz de intrincadas vías De confuso laberinto;
Y esos mágicos retretes, Y esos hondos gabinetes Donde el ánima adormida Pasó gozando la vida Al vapor de los pebetes;
Con ojos desvanecidos Los cristianos gozarán, En conjeturas perdidos, Sin pensar en los vencidos, Que lo que ignoran sabrán.
Y los secretos de amor De esos alcázares bellos, No tendrán ¡ay! más valor Ni más nombre para ellos, Que el botín del vencedor.
Llora, Rey, llora sin duelo; Desespérate, Boabdil, Y ven, en tu desconsuelo, A expirar bajo este cielo Que flota sobre el Genil.
Que a elegir entre acabar Y sufrir la ajena ley, ¡Vive Dios, que era acertar, Como hombre a la lid bajar, Para morir como Rey!
- III -
Así estaba escrito, Monarca infeliz, Que fuese tu raza Contigo a su fin. Así estaba escrito, Que libre el Genil, Corriera entre flores Muy lejos de ti. Por eso fue un día Forzoso salir, En lúgubre pompa Y en gesto servil, Tu cetro y tu fama Vencido a rendir. Y allá se quedaron Para otro adalid, Tu espléndido alcázar, Tu fresco jardín. Y allá se quedaron ¡Ay triste Boabdil! Tu muerto por siempre Falaz porvenir, De blanca esperanza Tu sueño febril, Que fue, como el humo, Al viento a morir. Y allá se quedaron Tu Alhambra gentil, Tus altas techumbres De azul y turquí, Tus ricas alfombras De gualda y carmín, Tus pájaros presos En jaula sutil, Tus fuentes sonoras, Que en fresco bullir, Con música blanda Murmuran allí. Y allá se quedaron, Cual juego infantil, Cual copas rompidas Después del festín, Tus lechos clavados De cedro y marfil, Tus baños que exhalan Clavel y alelí, Rosa y azucena, Y azahar y jazmín. Y allá se quedaron ¡Ay triste de ti! Las cifras y motes Que en tiempo feliz Mandaste en los muros Con oro escribir, Pensando que el tiempo, Que corre sin fin, Querría en tu Alhambra Dejarte vivir. Y allá se quedaron, Sin fruto ni fin; Que rotas y mudas, Son hoy sólo allí, Cual fleco postizo Que afea un tapiz, Y nada nos pueden Valer ni decir. ¡Oh! Si un solo instante Volvieras tú aquí, Si un punto tornaras, Vencido Boabdil… ¡Tú sí que leyeras Con ansia, tú sí! ¡Tú sí que gozaras Con calma pueril, Aunque todo un pueblo Volviera tras ti! ¡Mas ya sólo resta Llorarlo y sufrir, Que así estaba escrito, Y cúmplese así!
Mas ya que nos tornas La espalda, señor, Camina despacio Mientras dura el sol. Recoge las riendas Al suelto bridón; Tras de esa colina No hay luz ni color, No hay cielo ni vida Tras ese peñón. ¡Camina despacio, Despacio, por Dios! A verse aun alcanza Granada, señor, Tras esa colina, Más lejos ¡Ya no! ¡Al fin la abandonas A fuerza mayor! ¡Al fin te la arrancan Con mengua y baldón Tu perla más rica, Tu joya mejor! ¡Oh! Vuelve por ella, Que aun tarde no es hoy: Azuza tu ardiente Caballo veloz, Fulmina el alfanje, Apresta el lanzón, Acosa a tu gente Con brazo y con voz: ¡Ah! ¡Y muera tu escaso Postrer escuadrón Con rabia a lo menos, Si no con valor! ¡Oh! Vuelve a Granada, Tu cara mansión, No llores huyendo Cobarde o traidor. Y si al fin no quieres Lavar tu baldón, ¡Camina despacio, Despacio, por Dios! Que si aun la contemplas, Más lejos... ¡ya no! Granada se pierde, Y al caer ese sol, La vez postrimera Verásla, señor. ¡Camina despacio, Despacio, por Dios!
- IV -
Espera, señor, espera Sólo un momento a llorarla, Sólo un instante a mirarla Desde el cerro del Padul… ¡Oh, cuán hermosa se ostenta A los últimos reflejos Del sol que brilla a lo lejos Entre la atmósfera azul!
Espera, señor, espera, Y ante ella puestos de hinojos, Volvamos los turbios ojos Para decirla un ¡adiós! Contempla que es nuestra patria, Nuestro dulce paraíso… Aunque el Profeta no quiso Conservárnosla con vos.
Allí está ¡Patria querida! ¡Cuán dolientes te dejamos! Y antes, patria, que volvamos, ¡Cuántos años pasarán! ¡A ti, en la opuesta ribera De ese mar que nos divida, Al dejar la amarga vida Los ojos se tornarán!
Cuando errantes y perdidos Por el desierto vaguemos, Nuestro afán adormiremos Hablando, patria, de ti; Y los hijos que nos nazcan Guardarán en su memoria La infausta y sangrienta historia De los que fuimos aquí.
—Hijos míos, —les diremos,— Allá, lejos de nosotros, ¡Harto lejos!, viven otros En Granada, en un Edén. ¡Y allí tuvimos un tiempo Reyes, pueblos y vasallos, Arcabuces y caballos, Mezquitas, cañas y harén!
Allí el placer es la vida, Siempre luce en calma el cielo, Siempre hay flores en el suelo Y en el ambiente azahar. ¡Ah! Si por dicha algún día Tenéis lanzas y corceles, Aprestad vuestros bajeles Y botadlos a la mar.
Si sois muchos y valientes Y ganáis la opuesta orilla, ¡Oh, cerrad contra Castilla Hasta arrastrar su pendón! No dejéis en nuestra Alhambra Uno de esos castellanos: ¡Arrancadles con las manos Los ojos y el corazón!-
Tal diremos, cara patria, Nosotros a nuestros hijos Cuando duelos tan prolijos Escuchándonos estén En el desierto, a la sombra Del fardo de los camellos, Y tal se lo dirán ellos A nuestros nietos también.
Nosotros ya, pobres viejos, En el umbral de la vida, Tan sólo una despedida Podremos darte, no más. ¡Las manos te tenderemos A bendecirte llorando, Como quien va caminando Volviendo el rostro hacia atrás!
¡Y si huyendo de Noviembre Las arrecidas neblinas Vemos a las golondrinas De nuestra patria volver, Al dintel de nuestras tiendas A saludarlas saldremos, Y de gozo lloraremos Mientras se alcancen a ver!…
Señor, besad esa tierra, Orad un punto y partamos, ¡O tornemos y muramos De una vez junto al Genil!… ¡Tenéis razón! Partid presto, Antes que ondee en Granada La cristiana cruz clavada Sobre el trono de Boabdil.
Mas ¡ay! ya es tarde, que truena La cóncava artillería, Y el humo obscurece el día Y roba a la tierra el sol. ¡Huid, sin tornar los ojos, No os detenga la fatiga, Que os es la tierra enemiga En vuestro suelo español!
Que no oigan vuestros oídos Ese triunfal campaneo, Ese estruendo y clamoreo Que a vuestra espalda dejáis. ¡Huid, sin contar los pasos Que vais prófugos haciendo, ¡Ay! y aunque lloréis huyendo, Desdichados, no volváis!
¡Huid presto, huid proscritos De vuestra patria perdida! Y al darla la despedida Desde el alto del Padul, Que se pierdan a lo lejos Los contornos vacilantes De vuestros blancos turbantes Entre la atmósfera azul.
Huye, Boabdil, aunque llores El rigor de tu fortuna; Basta la luz de la luna Para quejarse y huir; Traspón la tierra y los mares, No tu desdicha te asombre, Que nunca le falta al hombre Madre tierra en que morir.
Huye; y si al pasar huyendo, Tu camino te embaraza En torvo tropel tu raza Cercándote con afán, Cuando ansiosos te pregunten Por los bravos que lidiaron, ¡Ay! diles: -¡Allá quedaron! ¡No esperéis, que no vendrán!-
- V -
Huye, Rey infeliz, y huyendo borra De tu camino la cansada huella; Huye do el agua del Genil no corra, Ni tu blanca ciudad refleje en ella; Donde fortuna más leal te acorra, Donde no alumbre tan fatal tu estrella, Donde fieras las huestes castellanas No derriben las lanas otomanas.
Huye el brillante sol de Andalucía, El voluptuoso aroma de sus flores, La sonora y dulcísima armonía De sus libres y amantes ruiseñores; Los amenos jardines do algún día Gozaste en soledad blandos amores, De sus frescos arroyos al murmullo, De sus palomas al sentido arrullo.
Tal vez haya otra tierra más serena Do al fin te presten cariñoso asilo, Donde aunque errante y a merced ajena, Treguas te dó tu corazón tranquilo; Donde en ignota soledad amena Crezca de tu existencia el frágil hilo, Y el blando son de la campestre zambra No te recuerde tu perdida Alhambra
Mas ¡ay! que a cada punto más tenaces Los duelos sobre ti se atropellaron, Y fue en vano esperar, que en vano audaces, En Granada tus árabes lidiaron; Que tus cansadas y sangrientas haces En la vega sin honra se quedaron, Y allá yacen sin tumba ni laureles Zegríes, Bencerrajes y Gomeles.
Y ancho sepulcro a tu cadáver dieron Del Guatis ved las turbulentas olas, Y esas aguas, Boabdil, que te sorbieron, No azotan nunca playas españolas; Y ni aun sin rumbo por su faz hendieron Nuestras rojas y sueltas banderolas, No esperes a su margen olvidada Nuevas oír de tu gentil Granada.
Duerme, Rey sin vasallos ni corona, Fantástica irrisión de la fortuna, A quien ni amigo ni enemigo abona, Ni cruz triunfante ni vencida luna; Ya que así el cielo contra ti se encona, Esa estrella fatal sufre importuna, Pues quisiste, mal Rey, vasallo bueno, Perder lo tuyo y defender lo ajeno.
Duerme si aun gozas apenas Un sepulcro en que dormir, Si esas húmedas arenas Te prestan almohadas buenas Para el sueño del morir.
Duerme en paz, y si velando Estás por tu estrella aún, Consuelate, Rey, pensando Que nos es vivir llorando Una maldición común.
Duerme, y dente descuidados Grato murmullo, si velas, Los pasos atropellados De los pies acelerados De las errantes gacelas.
Y en vez de las funerarias Roncas preces de los muertos, Arrúllente solitarias Con sus salvajes plegarias Las aves de los desiertos.
Y si a ti tienden cercanas Sus sombras árboles bellos, Bajo sus hojas livianas Respiren las caravanas Y descansen sus camellos.
Mas que en tu huesa tu nombre No lean los de tu ley, No les humille y asombre Que si supiste ser hombre No alcanzastes a ser Rey.