Versos Spanish José Zorrilla Al-Hamar en Sus Alcázares

Spanish poem

Al-Hamar en Sus Alcázares

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Liberal de sus erarios, Protector del desvalido, Fiel, lëal para el vencido Y del sabio amparador: Por amigos y contrarios Estimado en paz y en guerra, Es la egida de su tierra Al-hamar el vencedor.

En la paz, rey justiciero, Oye atento en sus audiencias Y da recto sus sentencias Por las leyes del Korán. En la guerra, compañero Del soldado, buen guerrero, Por valiente va el primero Como va por capitán.

Ostentosa en aparato, Costosísima en su porte, Á los ojos de su corte Muestra su alta dignidad: Pero al dar con tal boato Real decoro á la corona, Niega sobrio á su persona Lo que da á su majestad.

No dejado, mas modesto En su gala y vestidura, Da á su cuerpo limpia holgura Y elegante sencillez: Y recibe á su presencia, Dondequiera al bien dispuesto, Con cordial benevolencia Al dolor y á la honradez.

Franco, afable, igual, sencillo En su vida y ley privada, En su pecho está hospedada La leal cordialidad; Y depuesto el regio brillo, Los amigos de su infancia En el fondo de su estancia Hallan siempre su amistad.

Sus más fieros enemigos Los Amires castellanos Le visitan cortesanos Y le piden protección: Y él les trata como á amigos, Con sus nobles les iguala, Les festeja y les regala Sin doblez de corazón.

Moderado en sus placeres Cual frugal en sus festines, Da opulento á sus mujeres Mesa opípara en su harén; Pero no entra en sus jardines Tierno amante ó fiel esposo Hasta la hora del reposo, Como á un Príncipe está bien.

El Korán cuatro sultanas Le permite, y como tales En sus Cámaras rëales Alojadas cuatro están. Á las cuatro tiene vanas El amor del Nazarita, Mas ninguna es favorita En el alma del Sultán.

Las almées y los juglares De más gracia y más destreza Tiene á sueldo, con largueza Atendiendo á su placer: Y en sus fiestas familiares Las prodiga el noble Moro Cuanto pueden amor y oro Por espléndido ofrecer.

Es su harén del gozo fuente Y de fiestas laberinto: Estremece su recinto Siempre alegre conmoción, Y resuena eternamente Por los bosques de la Alhambra El compás de libre zambra, De las músicas el són.

Al-hamar en tanto, á solas Con sus íntimos cuidados, En el bien de sus estados Piensa inquieto sin cesar; Y sobre las mansas olas De aquel mar de dicha y calma Brilla el faro de su alma, Vela el ojo de Al-hamar.

Afanoso, inquieto, activo Mientras dura el día claro, De los débiles amparo, Peso fiel de la igualdad, Sin quitar pie del estribo, Sin dejar puerta, ni torre, Ni mercado, ve y recorre Por sí mismo la ciudad.

Por doquier con recta mano La justicia distribuye, Por doquier sagaz se instruye De las faltas de su ley, Y la enmienda soberano Del bien de su pueblo amigo, Porque sirva de castigo Y de amparo de su grey.

Así el noble Nazarita, Rey y luz del huerto ameno De Granada, Edén terreno Modelado en el Korán, Sus alcázares habita De virtud siendo rocío, Siendo rayo del impío Y decoro del Islam.

Vencedor, nunca vencido, Rey piadoso, juez severo, En la lid buen caballero Y en la paz sol de su fe: De sus pueblos bendecido, De enemigos respetado, Y de fieles rodeado, El excelso Amir se ve.

Y así mora el Nazarita Sus alcázares dorados, Misteriosamente alzados Del placer para mansión. Mas ¿quién sabe si él habita Su morada encantadora, Y el pesar oculto mora En su regio corazón?

Triste, insomne, solitario, Como sombra taciturna Que á su nicho funerario Un conjuro hace asomar, Á las brechas angulares De su torre de Comares En la lobreguez nocturna Tal vez asoma Al-hamar.

Apoyado en una almena De la gigantesca torre, Del río que á sus pies corre Oye distraído el són, Y contempla en los espacios, Que la espesa sombra llena, De su corte y sus palacios El fantástico montón.

Pertinaz á veces mira Del fresco valle á la hondura, Sombra, espacio y espesura Anhelando penetrar: Muévese allí el aura mansa No más: de mirar se cansa, Y el rostro vuelve y suspira Melancólico Al-hamar.

¡Cuántas veces en la almena Le sorprende la mañana, Y al afán que le enajena Treguas da su resplandor: Y sin dar un hora al sueño, De Granada vuelve el dueño De sí á echar lo que le afana, De sí mismo vencedor!

Mas ¿quién lee sobre su frente El oculto pensamiento Que tras ella turbulento Lleva el alma de él en pos? Sólo Aquél que da igualmente Las venturas y los males, Y las dichas terrenales Con el duelo acota.—Dios.

Dios, que tierra y mar divide, La eternidad sonda y mide, Del espacio sabe el límite Y del mundo ve el confín. Dios, cuya grandeza canto, Y con cuyo nombre santo Al LIBRO DE LOS ALCÁZARES Reverente pongo fin.