Versos Spanish José Zorrilla Apuntaciones para un sermón sobre los novísimos

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Apuntaciones para un sermón sobre los novísimos

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Como lo vas á leer Me lo contaron, lector: Atañe al historiador Lo cierto que pudo haber.

Lo que mas la plazca de ello Crea tu razon discreta, Mas no olvide que al poeta Pertenece lo mas bello.

Querer dar con la verdad Fiándose en sus escritos, Es á yerros infinitos Asentir con ceguedad.

Yo no pretendo enseñarte, Lector, á menos atento: Me daré por muy contento Si es que consigo agradarte.

(163) Solo á arrancarte un suspiro O una sonrisa aunque leve Mi estéril pluma se atreve, Solo á deleitarte aspiro.

Dejemos la verdad pues, Que es la verdad siempre amarga Y lo cierto grave carga Para los poetas es.

Lo falso á lo verdadero Lleva ventaja infinita, La mentira es mas bonita Y yo siempre la prefiero.

La razon fria y severa No hallará esta fantasía Muy de su gusto, á fe mia; Pero piense lo que quiera.

El pueblo me la contó Y yo al pueblo se la cuento: Y pues la historia no invento Responda el pueblo y no yo.

No hay en ella mas verdad Que lo que Hartzenbusch ha escrito, Y yo por darme lo admito Importancia y gravedad.

El, verídico escritor Me garantiza esta historia Pues yo soy, pese á mi gloria, (164) De mentiras profesor.

Yo vivo con la mentira, Lector, en público trato, Y confieso sin recato Que la verdad no me inspira.

Empiezo mi cuento pues, Y si te agrada, lector, No preguntes al autor, Si mentira ó verdad és.

Pero antes que en el Duero se sepulte Cruza Pisuerga plácida campiña, Donde la rica mies, la rica viña Derraman sus tesoros á la par. Descuella un monte alli sobre su cumbre Un gigantesco torreon se eleva, Monstruo que con las víctimas se ceba Que le da el despotismo á devorar.

Agrio son de cadenas y cerrojos, Amenazas de bárbaros sayones, Súplicas, alaridos, maldiciones Llenan aquella lúgubre mansion. Fortaleza la llama quien lejano Su mole vé sin registrar su centro, Llámala infierno quien suspira dentro, Cárcel la ley, su afrenta la razon.

(166) Alli un anciano en miserable estancia, Mas bien que calabozo sepultura, Sufre de sus pesares la tortura Con el pie de la muerte en el umbral. Pero en aquella frente consagrada Señales duran de lo que era un dia, Centelléa en su frente todavía La llama del espíritu marcial.

Bajo el morado episcopal vestido Violento late el corazon de Acuña: Cuando su mano el pectoral empuña Fué un acero tal vez lo que buscó. ¡PADILLA! sin cesar suena en su labio, Y un ¡ay! le sigue y el prelado llora; Y es el audaz prelado que en Zamora '¡Santiago y libertad!' apellidó.

—-«¿Por qué, Señor, arrodillado dice Delante de un ebúrneo Crucifijo, Por qué, Señor, tu cólera maldijo La jornada infeliz de Villalar? ¿Era pendon de iniquidad acaso La bandera del noble comunero? Por defender el injuriado fuero ¿No es lícito la espada desnudar?»

(167) Si entronizado el codicioso belga Saqueaba el palacio y la cabaña Y desangrando á la infeliz España Rios de oro enviaba á su nacion; Si reía en espléndido banquete Sirviéndole de música el gemido De un pueblo que por él empobrecido Moribundo imploraba compasion;

Si al pedirle justicia el triste padre, Padre á quien deshonró vil cortesano, Decia el estrangero al castellano: 'Cómprame la venganza y la tendrás'; ¿Debió Castilla tolerar su afrenta? ¿No debió armarse para entrar en liza Y gritar á la chusma advenediza: «No reinarás sobre mi suelo mas?»

¿Condenaste, Dios mio, por mi culpa La empresa que sino te fuera grata Porque soltando el báculo de plata Del profano baston el puño así? No, que Samuel, ministro de tus aras, Tambien en sangre se bañó la diestra, Joyada de tu templo hizo palestra, Moisés armó los brazos de Levi.

(168) Lo veo, sí; con nuestra ruin fortuna Tú quisiste enseñar á las naciones En dos tremendas útiles lecciones Lo que merecen, lo que deben ser. Quéjese el pueblo que agobiado llora Solo de sí porque obedece al yugo; Mas sepa si combate á su verdugo Que sin union es fuerza perecer.

Perecieron por eso en el cadalso Los hijos de la gloria y de la guerra, Sus casas igualadas con la tierra Yacen cubiertas de ignominia y sal, ¿Por qué me ha perdonado la cuchilla? ¿Por qué esta cárcel mi vivir esconde?» Una voz pavorosa le responde: «Porque te espera muerte de dogal.»

Ábrese con estrépito la puerta, Y precedido de villana tropa Vestido un hombre de funesta ropa Resuelto avanza en la prision el pie. Vara sutil de magistrado lleva, Que en él parece látigo sangriento, Ningun rasgo de humano sentimiento En su frente fanática se ve.

(169) Sanguinaria la boca, sanguinarios Los torvos ojos de iracunda hiena Con desplegar el labio ya condena, Con su mirada martiriza ya: Mudo, pasmado el infeliz Acuña La decision espera de su suerte, No le acobarda la imprevista muerte, Pero le aterra ver al que la da.

«En nombre de Don Cárlos os lo mando» Grita á los suyos el feroz alcalde, Pero dicta sus órdenes en valde Tiembla el esbirro, párase el sayon. «Obedeced» el bárbaro repite Los satélites claman ¡sacrilegio! Y acatando el sagrado privilegio Se lanzan en tropel de la prision.

«No teme el vengador de la justicia Dice el cruel, del hombre ni del cielo, Ese dogal tirado por el suelo No quedará sin víctima esta vez.» ¡Ronquillo! fue á esclamar el sacerdote Pero apagó su voz el duro lazo Que estrechó con la planta y con el brazo Aquel verdugo en hábito de juez.

(170) Por los tránsitos luego de la cárcel Su trofeo arrastró dejando en ellos Con la sangre de Acuña y los cabellos Señalado el camino que llevó. Y á un corredor llegando guarnecido De dorado arabesco pasamano A ver el espectáculo inhumano testigos el sacrílego llamó.

Y llegaron, y dijo: «Comuneros Que desdorar quisísteis la corona, La clemencia de Cárlos os perdona, De Simancas salid, pero mirad. Y el cordel ominoso atando á un hierro Lanzó al aire el cadáver palpitando... Cayó la turba mísera temblando Pasmada de terror y de piedad.

Alzóse un alarido que llenaba Del ancho patio el ámbito vacío; Sucedió al penetrante vocerío Misterioso susurro de oracion. Y oscilaban pendientes entre tanto Del corredor los míseros despojos, Y el llanto que asomaba en muchos ojos Lo tragaba en secreto el corazon.

(171) Pero el cáñamo vil con un crujido Turbó el piadoso fúnebre homenage y anunció desde el alto barandaje Nuevos horrores que mirar despues. Cruzaba el patio el bárbaro Ronquillo... Sonó un golpe violento... Y de repente De sangre salpicósele la frente Y vio el roto cadáver á sus pies.

«Esconda, dijo, su ignominia luego La sepultura que á pedirme vino. Comuneros, sabeis vuestro destino; Sed fieles al invicto Emperador.» Y salió del castillo á lento paso Con la mano enjugándose la cara Y agitando en el aire aquella vara Que sembraba el espanto y el horror.

Tal fué el alcalde Ronquillo, Y tal el fin execrable Del noble Acuña. La causa Solo los cielos la saben. Lidió por su libertad Como valeroso y grande, Mas vencieron los de Cárlos Y es inútil lamentarle. Su crímen fue ser vencido, Y fué el iracundo alcalde Su juez y verdugo á un tiempo. ¡Caiga en él toda su sangre! En vano gritó Castilla Contra el sacrilegio infame, Que estaba el Rey de por medio, Y fueron voces al aire. Dióse por traidor al muerto,

(173) Y para mas últrajarle Su infamia estendióse á todos Los que su nombre llevaren. Dió el Emperador por bueno A su juez, pródigo honrándole Con su amistad, y él fué un tiempo Su lebrel mas formidable. Ansioso de distinguirse En su servicio, y mostrarse Agradecido y celoso Por los intereses reales, Atropelló sin escrúpulo Cuanto encontró por delante, Sin que justicia ó nobleza Fuesen valla á sus desmanes. Que en él fué delirio al cabo Lo que al principio coraje, Y la sed de su venganza Degeneró en insaciable. Era su presencia agüero De horrendas calamidades, Y era su nombre un conjuro De desventuras y males. Seguíanle por do quiera En apiñada falange Alguaciles y verdugos Con hachas y con dogales.

(174) Donde fijaba la planta Su huella marcaba en sangre, Donde ponia los ojos Iba la muerte á sentarse. Como destructor cometa, Como fantasma impalpable En todas partes se hallaba Sin distincion de lugares. Y un encuentro, una palabra Casual ó poco esplicable, Una plática en secreto O una seña poco fácil De comprension, una muerte Evocaba en el instante. «Comuneros son (gritaba) ¡A ellos, prenderles... matarles!» Y nunca volvió sin presa, Que era plan irrevocable No hallar jamás inocente, Ni justiciar nunca en valde. ¡Ah! no hubo español valiente, Cuyo sueño no turbase Alguna vez de Ronquillo La amenazadora imágen. Pues por dar con un rebelde Pasára sobre el cadáver Poco es del mejor amigo,

(175) De su esposa y de su madre. Mas tan caduca es la vida Y todo en ella es tan frágil Que se hunde lo mas brioso, Lo mas encumbrado cae.

Vecino á su hora postrera, Tendido en su lecho yace Llena de angustias el alma El desapiadado alcalde. Los ojos desencajados De las cuencas se le salen Como si espantados vieran Mil espectros rodearles. La cólera y el terror Pintados en el semblante, Pide al mismo tiempo ausilios Mundanos y espirituales. A veces sobre su lecho Iracundo incorporándose, «Llamadme al Rey» dice á gritos Con feroces ademanes. A veces entre la ropa Atribulado ocultándose, «Que traigan un confesor» Dice con voz lamentable. Y corre desalentada

(176) Su gente plazas y calles, Unos en busca del Rey Y otros en busca de un fraile; Mientras el vulgo enumera Los infinitos desastres Que lleva detras el nombre Del golilla agonizante. Y no hay en Vallodolid Una casa ni un linage Que con dudosa impaciencia La muerte del juez no aguarde. Parece que mientras viva Sobre la tierra un instante Sus miradas y su aliento Han de empozoñar el aire.

Que asi mueren los impíos, Sin ser llorados de nadie, Y agobiados bajo el peso De su conciencia culpable.

Asi en su lecho Ronquillo Ya casi á espirar cercano, Un Crucifijo en la mano Y á su lado un confesor, Su hora postrera aguarda En oscura incertidumbre De su fé muerta la lumbre, Vivo de su alma el terror.

Los recuerdos de una vida A la ambicion consagrada De crímenes mil sembrada Secretos entre Dios y él Hervian en su conciencia, Y al exacto pensamiento Se agolpaban en violento Irresistible tropel.

(178) Alli con faz iracunda Se alzaba el fantasma fiero Del bizarro caballero Degollado en la prision, Y sus hijos y su esposa Víctimas del abandono Pedíanle con encono De aquella sangre razon.

Alli el engañado amigo Y la muger deshonrada, La inocencia condenada, La vendida rectitud A recias voces pedian Contra el culpable venganza, Y de ella con esperanza Asidos de su ataud.

Revuelve el juez por do quiera Los ojos desencajados, Mas por do quiera apiñados Sangrientos fantasmas vé; Do quiera una sombra pálida Le recuerda una sentencia Que dió contra su conciencia Y contra justicia fué.

(179) Y al través de cada pliegue Del cortinaje ostentoso De su lecho, un horroroso Espectro aguardando está; Y en vano cierra los párpados, Que bajo forma distinta En sus pupilas se pinta Mas espantoso quizá.

Mas sobre todos Acuña Ante sus ojos se muestra Con el báculo en la diestra Y en la siniesta el dogal, Clamando el buen caballero Por la honrosa sepultura Merecida á su bravura Y á su cetro episcopal.

Y en vano el mal juez le tiende Su mirada suplicante, Acuña le está delante Con gesto amenazador, Y al rezo con que el alcalde Conjura la sombra santa, Acuña el dogal levanta Que mata con deshonor.

(180) «Mi fama importaba poco: »(Dice el obispo insepulto) »Si el crímen quedára oculto »Menos mi sangre en verdad. »Pero ¿no viste ¡sacrílego! »Que habia en mí mas que un hombre, »Y que iba unida á mi nombre »Mi sagrada dignidad?»

—-«No, (gritaba el moribundo) »No á mi esa cuenta me pidas: »La ley cortó vuestras vidas »Acude á quien la dictó. »Rebeldes, á muerte fuísteis »Condenados y en conciencia »Será injusta la sentencia »Mas no quien la ejecutó.»

—-¡No! (reponia la sombra) »¡Mientes! si hacerte le plugo »Su juez, jamás su verdugo »Te nombró el Emperador. »¡Mientes, sí, dióte la vara »Que aunque castiga no humilla, »Mas no te dió la cuchilla »Ni el dogal infamador.

(181) «Cuando oscilaba mi cuerpo »Colgado en el barandaje »No recibí aquel ultraje, »De tu Rey, sino de tí.» Y esto diciendo la sombra De Acuña el dogal mostraba Y él con la vision luchaba Sin ahuyentarla de sí.

«¡Huye! el infeliz decia, ¡Huye, delirio funesto!» Y con terror manifiesto La vista apartaba dél. «¡Huye!» escondiendo la cara Entre las ropas decia, Mas siempre, siempre veía El mismo espectro cruël.

En tanto el sol su occidente Y el dia su fin tocaba, Y á largo paso avanzaba La noche lóbrega en pós: Y al miserable Ronquillo Le iba el aliento faltando Cada vez mas escusando La memoria de su Dios.

(182) —-«La vida es breve é incierta, »Morir es negocio grave, »La hora nadie la sabe» Le decia el confesor; Mas él sin oirle casi La moribunda mirada Tendia desesperada De la puerta en derredor.

—-«¡Si hubiera, padre, un menguado »De esos doctores, decia »Que cortára mi agonía »Hasta que viniera el Rey »Le hiciera pesar en oro!... »Mas toda es farsa su ciencia »Y á su orgullosa impotencia »Siempre el mal pone la ley.

¿«De qué les sirve el estudio »De esa facultad mentida »Si se les huye la vida »Y vence la enfermedad?» —-«¡Pensad en Dios, replicaba Compasivo el religioso, »Buscad señor el reposo »En su incierta eternidad!»

(183) Mas el alcalde impaciente Siempre mirando á la puerta Su atencion mostraba incierta Entre el Rey y el confesor Decíale este: «él reparte »Con el justo su corona» »Y él decia «su persona «No tuvo adicto mayor.»

«¡Mas me olvida, cuando siento »Presa mi vida en un hilo »Y él solamente tranquilo »Pudiera hacerme morir!» Y asi Ronquillo diciendo Con supersticion impía En el Rey ¡necio! ponia Su esperanza y porvenir.

Decia el fraile: «¡habed cuenta Que eso el diablo no os arguya! —-Con una palabra suya Me salvo, decia el juez. Y oraba el buen religioso Por él fervorosamente, Y él murmuraba impaciente Una maldicion tal vez.

(184) Al fin abrióse la puerta Y entró por ella embozado Un hombre pálido, armado De una espada y un baston; Sobre cuya negra ropa De seda á un cordon asido De su cuello suspendido Brillar se vía un toison.

Tendió por el aposento Rapidísima mirada Este hombre desde la entrada, Y con perezoso pié Llegó al lecho de Ronquillo Mientras el buen religioso Acercóle respetuoso Blando sitial y se fué.

Sentóse á la cabecera Del juez el recien llegado, Y con aliento apagado, De este modo el juez le habló. A cuyas voces el otro Sus razones esponiendo Preguntando y respondiendo Diálogo tal se entabló:

(185) EL JUEZ: Ya príncipe, y señor mio, Cercana mi muerte siento, Pero no es mi sentimiento Mayor el verme morir; No es dejar mi casa y gente Sobre la tierra olvidada Cuando por vos amparada Sé señor que ha de vivir.

Solo una cosa quisiera ¡Oh gran señor! demandaros, Y por cuanto hay conjuraros Para obtenerla de vos.

EL REY: Sabes Ronquillo que siempre Tu amigo mejor he sido, Y sé cuan bien me has servido; ¡Prémiete en la gloria Dios!

Cuanto por ello me pidas Mi amistad te lo dispensa, Con tal que no sea ofensa (186) Del Señor, concluye pues.

RONQUILLO: Es una bondad que aguardo De tan magnánimo pecho.

EL REY: Ronquillo, dalo por hecho, Mas acaba, dí lo que és.

RONQUILLO: Oidme señor; yo espiro Aunque pecador, en calma: Solo me atormenta el alma Un peso que solo vos podeis quitarme: la muerte Del obispo de Zamora. La muchedumbre traidora No temo, que le fué en pos.

Nó, aquella chusma rebelde Murió á las leyes conforme, Yo dí á vuestro padre informe De cuantas sentencias dí:

(187) Mas la de Acuña me aflige, Librarme de ella deseo Que por todas partes veo Aquel obispo ante mí.

Si vos, señor, compasivo De mi conciencia en descargo Quisierais tomarla á cargo De vuestro padre en lugar, Yo descansado muriera: Porque vuestro padre al cabo Mandó á Padilla y á Bravo Y á los rebeldes matar.

Y yo, señor, en Acuña Su ley imperial cumplia Pues probé su rebeldía Y le sentencié por tál.»

Y asi diciendo el alcalde Que alentaba con trabajo Miró al Rey, que cabizbajo Meditaba en su sitial.

¡Miseria humana! aquel hombre Que por su ciencia y sus leyes Aconsejaba á los Reyes (188) Y se aconsejaban de él, Supersticioso y fanático Quiso á otro hacer responsable De lo que él solo culpable Obró, sin culpa de aquel.

Mas vió con gran desconsuelo Que alli, en la ocasion mas crítica Le abandonó su política Que aun con Dios quiso emplear: Porque el Rey muy compungido De no complacerle en esto Le dijo con grave gesto Y voz tierna de escuchar:

—-«Hijo mio: tu no puedes Concebir el sentimiento Que tengo en este momento Por no poderte servir. Mas si tomase á mi cargo Lo que mi padre pecára Dios me lo echaría en cara Y ¿qué le iba yo á decir?

Responderle no podria De lo que yo no supiera Y Dios condenar me hiciera (189) En vuestro lugar á mi. Harto hará cada nacido En responder de lo suyo, Carga tu pues con lo tuyo, Y hable mi padre por si.

Que si sus órdenes régias Como te las dió cumpliste, Tu deber Ronquillo hiciste, Y no hay porque recelar. Mas si á tu interés miraste Sus órdenes escediendo Que injusto es por ello entiendo Al Emperador culpar.»

Y asi diciendo con calma Al alcalde moribundo Salió Felipe segundo De alli con rápido pié. Y era este alcalde sin duda Hombre de grande importancia, Cuando hasta su misma estancia Felipe Segundo fué.

Desde este fatal momento Y desque oyó tal respuesta, Fué la inquietud manifiesta (190) Del desconsolado juez: Y á su confesor llamando Para acallar su conciencia Acudió á la penitencia Humillando su altivez.

Al fin con señales santas, Y cristianos pensamientos, Recibió los sacramentos, Nombró heredero, y murió. Y con suntuoso aparato Y gran pompa se asegura Que le dieron sepultura Bajo un altar que él dotó.

Y á ver su tumba de mármol En labores esquisita Y la riqueza inaudita Del recamado tapiz Con que colgaron la iglesia Desde el suelo á la techumbre En espresa muchedumbre Acudió Valladolid.

Era la noche del siguiente dia En que murió Ronquillo, El túmulo en la iglesia todavía Se alzaba, aunque entre mármoles yacía Su cuerpo ya, y sus honras encargadas A los severos padres franciscanos Estaban con gran pompa preparadas. Del mismo Rey por cuenta Celebrarse debian Y sin duda serían Magnífica funcion, cosa opulenta. Pues era justo que quien tanto ruido En el mundo mortal metió viviendo A la mansion bajase del olvido Con pompa, con escándado y estruendo. Y un monje reverendo De edad provecta y elocuencia suma (192) La fúnebre oracion tomó á su cargo, En que saliera voluntad poniendo Obra maestra de su docta pluma. Tomó pues en la obscura biblioteca Ancho sillon de suspendido cuero, Mesa espaciosa con papel no escaso Volúmenes traidos para el caso Péñola blanda, y colosal tintero. Ojeó á san Agustin y á san Crisóstomo, Y trajo á su memoria De sagrada oratoria Cien sublimes y clásicos modelos, No sin costarle las ideas santas Dentelladas de uñas unas cuantas, Y alguno que otro refregon de pelos. Y asi á veces el techo contemplando, Leyendo á veces lo que estaba escrito Con voz tan alta que rayaba en grito Y periodos á veces murmurando; Y en el hondo sillon arrellanándose Unas borrando y otras añadiendo El bendito sermon iba saliendo. Y ya el buen fraile el parabien se daba Notando que al epílogo llegaba Repasando renglones por renglones, Descuidados conceptos y oraciones, Limando sus periodos inconcusos, (193) Mezquinos ó confusos; Cuando dió de repente en sus oidos Tremendo son de silbos y cadenas, Y horroroso concierto de alaridos Que la sangre de horror heló en sus venas. Huyósele la pluma de las manos, Borrósele el sermon de ante la vista Al son de aquellos gritos sobrehumanos Y aquella serenata no prevista. Los ojos con pavor clavó en la puerta Trémulo el corazon, roto el aliento En la boca entreabierta, Sin fé esperando su postrer momento. Y entre tanto el estrépito crecía Y mas á cada punto se acercaba Y mas horrendo cada vez se hacía Y cada vez mas próximo sonaba. Ya semejaba del airado trueno El repentino y cóncavo estampido; Ya de desolacion intima lleno, Largo, medroso y lúgubre gemido; Ya por el ronco vendabal sin freno Ancho y voraz incendio sacudido, Y ya el fragor de la borrasca fiera Con que la mar retumba en la ribera.

Giró la puerta al fin sobre sus gonces Y dió paso su hueco á un enlutado (194) Que entró sin ceremonia y escoltado Por multitud de incógnitas figuras Fantásticas y feas, A cuyas repugnantes cataduras Daban color sus azufradas teas.

Quedóse el pobre fraile anonadado, Y encomendando á Dios el alma imbécil Ante la negra aparicion postrado Cayó humilde de hinojos, Lleno de miedo el corazon menguado Y de cobardes lágrimas los ojos. Y el incógnito viendo tal postura Díjole con voz dura: «No dobles insensato la rodilla »Al mas ínfimo ser que alienta y sufre »Y ante la cruz de tu sayal se humilla. »Levanta, miserable, de la tierra »Y guia á la capilla »Do yace el cuerpo del maldito alcalde, »Que para tu sermon lo que alli veas »No te será por Dios párrafo en valde.»

En vano el monge conjurar quisiera La aparicion con la palabra santa De oracion eficaz, inútil era Su esfuerzo y voluntad, ni una siquiera Pudo el triste arrancar de su garganta. Trémulo y cabizbajo echó delante (195) De la turba infernal que silenciosa Caminaba tras él poco distante, Hasta dar en la iglesia tenebrosa. Por bajo de sus arcos ojivales Pasaron lentamente en dos hileras Aquellas cien fantasmas infernales, Sin que en el templo cóncabo crujiesen sus misteriosas huella, Sin que sus sombras proyectar se viesen Sobre los muros, desprendidas de ellas. La luz iluminaba Sus contornos tal vez, mas su figura No oponia á la luz compacta oscura Su masa corporal: la luz en torno No se extendia, no, de su contorno, Que el reflejo su cuerpo traspasaba. Vacilaba su forma á cada paso Como se vé variar la de un objeto Cercado de agua y á través de un vaso, Y parecia que era solamente Cada figura un árido esqueleto Que con cuerpo aparente Su desnudez disimular quería Mas dar con la apariencia no podia. Asi llegaron del alcalde muerto A la tumba ostentosa, Do escribieron en vano «aquí reposa.» (196) Pues tomando al morir un rumbo incierto, De la horrorosa duda Entró su alma inmortal en el desierto. Cercó la turba el féretro, y la losa De su gefe á la voz dócil girando De Ronquillo mostró la pavorosa Figura; á cuya vista el negro bando De espíritus que el féretro cercaba Rugió iracundo al contemplar su presa, Cual de la suya en torno en noche oscura De cuervos roncos la bandada espesa. El enlutado entonces que mostraba Autoridad entre ellos, la voz fiera Alzó en un pergamino que llevaba Leyendo en torba voz de esta manera; «Mirando los pecados infinitos »Con que manchó su vida y su conciencia »El alma de este juez, y sus delitos »No mereciendo de su Dios clemencia »Y en la balanza igual de su justicia »Pesando mucho mas que su inocencia »La venganza, el orgullo y la avaricia, »Al cuerpo infame el Hacedor sentencia »Con el alma á sufrir males eternos »Por una eternidad en los infiernos.» Y á estas palabras la infernal caterva Del vil cadáver con furor asiendo (197) Iba á ensayar en él venganza acerba Con ira horrible y tronador estruendo Cuando á la voz de Satanás cediendo El tumulto feroz, el triste monje Que el juicio eterno á su pesar veía Desta manera oyó que le decía: «Refiere tú en el púlpito mañana »Lo que has visto esta noche, y quien osare »Dudar de esta justicia soberana »Que en este muro nuestra huella vea »Y ante esta marca se horrorice y crea.»

Y asi diciendo con su negra mano En la pared trazó círculo obscuro Y un fuego roedor en polvo vano Trocó la piedra del macizo muro. Y soplando despues en la pavesa Por el ancho y mefítico agujero Huyeron los fantasmas con su presa, Huella indeleble su espantoso bando En el tostado boqueron dejando.

Quedó aterrado el santo religioso Al pié de la vacía sepultura Mirando por el aire nebuloso Veloz huir la aparicion impura; Hasta que al cabo de terror transido Desfalleció sin voluntad ni aliento Y cayó sin sentido (198) Al desgarrarse airado el firmamento De un trueno con el cóncavo estampido.

Brotó la tempestad: rompió el nublado Su henchido vientre, y con fragor crujieron El rayo de las nubes desatado Y el granizo con furia desgajado Que el paso audaz del huracan siguieron.

Al iracundo estrépito inaudito Estremecióse la ciudad dormida, Tal vez creyendo que la humana vida Tocaba con su término prescrito: Y al desórden innoto Que vió desbaratar los elementos Tembló el malvado y se humilló el devoto Vueltos á Dios sus torpes pensamientos.

Y diz que al otro dia Todo Valladolid se despoblaba Y la tumba vacía A contemplar venia Y viendo el boqueron se santiguaba; Porque en su Dios la multitud creia Y á su Dios adoraba... ¡No era cual hoy la multitud impía!

Perdona, ¡oh buen lector! si en un esceso De humor fatal con tan oscura tinta Pude contarte tan atroz suceso; No siempre alegre nuestra pluma pinta De ciego amor el voluptuoso halago, El bullicio del circo y los festines, De blancos sueños el tumulto vago Y el aroma del templo y los jardines. No siempre paz el corazon respira Placer, y delicioso arrobamiento, Ni siempre suena en mi cansada lira Del placer y el amor el grato acento.

Tal es la tradicion: asi la cuenta El pueblo por do quier, y asi la escribo; Si como está, lector, te descontenta, Tu juicio al fin con humildad recibo. Y en fé de que te escucho y te respeto Relacion esmerada y esquisita A la vuelta de esta hoja te prometo; Desagráviete pues mi FAVORITA.

FIN