Versos Spanish José Zorrilla Azael

Spanish poem

Azael

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Zahara cayó: sus tristes moradores Víctimas van de tan fatal jornada Esclavos de los Moros vencedores, De ganado rüin como manada. Muley envió delante corredores De su victoria nuncios á Granada, Y, con victoria tal alegre y fiera, Al vencedor Hasán Granada espera.

Preparan las familias principales, Á los guerreros y sangrientos fines Del anciano monarca más parciales, Zambras, saraos, himnos y festines, Unas en sus salones orientales, Otras en sus balsámicos jardines: Prodigando sin duelo sus tesoros Para ensalzar el triunfo de los Moros.

Los cadís á su vez tienen dispuestas De fuegos, de pandorgas y de cañas, De sortija, de toros y de apuestas, De bohordos, de gallos y cucañas, Para la plebe revoltosa fiestas Cual nunca alegres, como nunca extrañas: Porque deje tal triunfo en su memoria Largo recuerdo de placer y gloria.

Engalanan los altos miradores Lujosas colgaduras y doseles, Flotantes plumas, enredadas flores, Lazos de palmas, arcos de laureles, Damascos de vivísimos colores, Tapices festonados de caireles, Y ocupan ajimeces y ventanas Nobles, jeques, walíes y sultanas.

Viejos, mancebos, niños y mujeres Abandonan curiosos sus hogares: Dejan los artesanos sus talleres, Olvidan los sederos sus telares, Cierran su mostrador los mercaderes, Los armeros sus fraguas: los lugares Vecinos se despueblan, y doquiera Bulle la muchedumbre novelera.

Corren plazas y calles tañedores De sonajas, adufes y panderos, Rawíes de romances narradores Al compás de la guzla, cuadrilleros De diversas comparsas conductores Y parejas de enanos, y gaiteros De Marruecos y Fez, cuyos cantares Recuerdan del desierto los aduares.

Circulan por doquier profusamente Roscones de Jaén, tortas de Alhama, El alhajú de Ronda, largamente Saturado de especias, á quien llama El mostillo su hermano, y el caliente Buñuelo hinchado que la sed inflama: Y, pese al libro del Korán divino, Templa la sed el malagueño vino.

En la jornada de tan fausto día De fiesta real y universal holganza, La ley á la licencia da franquía Y destierra el placer á la templanza: Y la plebe, sin coto en su alegría, Canta ruidosa, descompuesta danza: Pues nada hay que desdore ó avergüence Al celebrar sus triunfos á quien vence.

Es ley universal. ¡Ay del vencido! Cantad, pues, ¡oh triunfantes Africanos! ¡Ignominia y baldón para el rendido! ¡Mengua y esclavitud á los Cristianos! Mas no olvidéis que encomendada ha sido De la venganza á las sangrientas manos La ley de los vencidos inhumana. ¡Ay de vosotros si lo sois mañana!

¡Gloria á Muley! La multitud que llena Las torres y alminares ve á lo lejos, Á través de la atmósfera serena, De las moriscas armas los reflejos. Un grito inmenso de placer resuena Con nueva tal: mujeres, niños, viejos, Se agolpan á las puertas de la Vega Á recibir al Rey que en triunfo llega.

Ya avanzando en hileras ondulantes Se ven los ordenados escuadrones: Parecen con el sol cintas brillantes Las filas de los árabes peones: Sobre el blanco montón de sus turbantes Tremolan sus enseñas y pendones, Y desgarran la atmósfera sonoros Los atabales y clarines moros.

He allí á Muley Abul-Hasán. Su frente Sombrean los flotantes lambrequines De su penacho real: cuelga esplendente Su escudo del arzón: y, hasta las crines Embarrado, el caballo bufa ardiente Y piafa, conociendo los confines De los cotos rëales y la dehesa Donde, potro, pació la hierba espesa.

«¡Alahú akbar! ¡Loor al Rey valiente!» Gritó la multitud al divisarle, Y aglomeróse atropelladamente Bajo su estribo mismo á vitorearle: Mas la mano de Dios omnipotente Que hasta este día se dignó ampararle Le retiró su auxilio, y en su seno Del infortunio derramó el veneno.

Tornóse contra él cuanto en pro era: Cambióse en vencimiento su victoria, Su popularidad en pasajera Fama de un día, y en baldón su gloria. La muchedumbre, en su verdad entera Al leer de Zahara la sangrienta historia, Retrocedió, por Dios iluminada, El porvenir leyendo de Granada.

Con repugnante ostentación impía, Un gigantesco negro de Baeza, Del pelo asida, junto al Rey traía Del buen Arias la lívida cabeza. Un escuadrón entero le seguía, En cuyas lanzas con brutal fiereza Se ostentaba sangriento igual trofeo, Medroso al alma y á la vista feo.

En medio de los árabes soldados Y los Gomeles negros, lastimeros Suspiros arrancaban despechados Los cautivos Cristianos, por sus fieros Vencedores heridos y arrastrados En confuso tropel como carneros: Y á marchar ó morir les obligaban, Y dichosos al fin los que expiraban.

Las fuerzas de los viejos no bastando Á soportar ultrajes tan crüeles, Al Dios de las venganzas invocando Caían á los pies de los corceles: Sin compasión sobre ellos, espoleando Sus caballos, pasaban los Gomeles, Apresurando su postrer instante La aguda lanza y yatagán cortante.

Traían muchas madres en los brazos Los hijos muertos, y ocultar querían Su fin bajo los sórdidos retazos De los rotos harapos que vestían, Pues sus tiernos cadáveres pedazos Los guardias negros de Muley hacían, Y con horror de los maternos ojos Quedaban insepultos sus despojos.

La mora multitud, aunque villana Civilizada, á compasión movida, Del Rey maldijo la impiedad tirana y En odio la alegría convertida. Circundó á la feroz guardia africana Con agresivo impulso, y, encendida La furia popular, por un instante El paso barreó del Rey triunfante.

Arrebatando las mujeres moras Sus hijos á los míseros cautivos, «Dádnosles, los dijeron: sus señoras Os les tendrán esclavos, pero vivos.» Comenzaron cien manos vengadoras De las bridas á asirse y los estribos, Y á brillar comenzaron los puñales Debajo de los jaiques y almaizales.

Á cundir comenzó la infausta nueva Entre las turbas y á crecer la ira: Doquier la multitud, que se renueva Y que sus fuerzas acrecienta, gira Del Rey en torno, quien sus olas prueba Con su caballo á hender y torvo mira Venir la tempestad y acrecentarse El popular furor, pronto á inflamarse.

Sus feroces Gomeles, que le vieron Afirmarse en la silla, adivinaron Su resuelta intención: se rehicieron, Y á sostenerle fieles se aprestaron. «¡Adelante!» gritó: tras él vinieron Á alinearse y las lanzas enristraron. Se abrió la plebe: y, rota ya la valla, Dijo Hasán: «Dispersad esa canalla.»

La multitud, compuesta de artesanos Inermes, de mujeres sin defensa, De cobardes ociosos y de ancianos, Tan débil é impotente como densa, Se abrió ante los jinetes africanos, Retrocediendo en oleada inmensa Como el círculo que abre el haz del río Ante la quilla corva del navío.

Turba que ceja un pie, fuerza vencida. La hueste de Muley siguió adelante Y en la ciudad entró; mas, convertida La alegría en terror, fué con semblante Sombrío y en silencio recibida Por el vulgo, ó medroso ó inconstante: Y Hasán, seguido de sus negros fieles, Subió al trote la cuesta de Gomeles.

Deshízose del pueblo; mas siguióle Hasta el recinto real su descontento, Y á par con él su indignación mostróle De modo asaz visible el firmamento. Repentino nublado encapotóle, Se negreció su azul, rebramó el viento, Con la fortuna de Muley en guerra Declarándose á un tiempo cielo y tierra.

En la Alhambra rëal los cortesanos Le vitorearon al llegar; empero ¡Ay del Rey á quien guardan los villanos Odio ó temor! Apenas el postrero De los temidos guardias africanos Transpuso el Bib-Leujar, el pueblo entero Rompió en inmenso sedicioso grito Que en el espacio azul vibró infinito.

Aparecieron por doquier audaces Cabezas de motín: gestos feroces Que revelaban ánimos capaces De realizar los planes más atroces. Santones venerados y sagaces Dervichs alzaron por doquier sus voces: Y el populacho, en grupos dividido, Dió á sus discursos por doquier oído.

Y he aquí que, en el centro de la plaza, Se alzó sobre las turbas de repente Viejo santón de venerable traza, Famoso asaz entre la mora gente. Era el severo Aly-Mazer, de raza Noble, de vida austera y penitente, Quien por causas recónditas y extrañas Retirado vivía en las montañas.

Hombre á quien solamente se veía En los grandes peligros y ocasiones, Y de quien siempre el pueblo recibía Oportunos consejos y lecciones. Siniestra aparición que precedía Siempre á las populares convulsiones Que, en su postrera edad desventurada, Estremecerse hicieron á Granada.

Hombre doquier temido y respetado Por su severidad y por su ciencia, De la virtud muslímica dechado, Sincero amparador de la indigencia, Leal consolador del desdichado, Prosternóse la plebe en su presencia: Y callaron ante él respetüosos Los demás oradores sediciosos.

Tomando entonces por mimbar la fuente Que el centro de la plaza decoraba, Paseó sus miradas tristemente Sobre la multitud que le cercaba; Y con lúgubre voz, cuyo doliente Tono en el hondo corazón vibraba, Profética, inspirada, lastimera, El discurso rompió de esta manera:

«¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada! »Para escarnio y baldón de las edades »Será no más su historia consignada. »¡Regia ciudad; sultana de ciudades, »Estás por tus cimientos horadada! »¡Va sobre ti á llover calamidades »El cielo sin piedad á quien provocas, »Y contra ti se volverán las rocas!

»Musulmanes, Hasán está hechizado »Por el nefando amor de una cristiana: »Aixa, de fe cual de virtud dechado, »Es esclava en su harén y no sultana; »El Príncipe legítimo, encerrado »Llora en los hierros de prisión lejana. »¿Y en provecho de quién tal tiranía? »De una extranjera, renegada impía.»

»Ya lo veis: impolítico atropella »Cuantos derechos y principios fijos »Hasta hoy se respetaron, y degüella »Los rendidos y esclavos. Tan prolijos »Crímenes ¿á qué fin? Sólo por ella: »Por coronar á sus bastardos hijos, »Que, lobeznos de raza castellana, »Como ella al fin renegarán mañana.

»¿Comprendéis? ¡oh muslimes!—Esa impía »Que ni cree en Jesucristo ni en Mahoma, »De nuestra desdichada monarquía »Es con sus hijos la mortal carcoma. »Ella al Cristiano os venderá algún día »Si en sus proyectos incremento toma: »Porque en el odio universal que encierra »Incendiará, á poder, toda la tierra.

»Pero ¿creéis tal vez que los Cristianos »La sangre olvidarán vertida en Zahara? »Como Hasán en sus triunfos inhumanos, »Vendrán con sed de vuestra sangre avara. »La que hoy vertieron sus inicuas manos »Del pueblo moro goteará en la cara: »Y en todas ocasiones y parajes »Nos considerarán como á salvajes.

»¿Oís ese huracán? Horrorizada »De tan inútil y brutal fiereza, »Truena contra nosotros indignada »La madre universal Naturaleza. »¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada! »El rayo amaga su imperial cabeza, »La ponzoña mortal hierve en su seno, »Y Aláh se torna en pro del Nazareno!»

Dijo así Aly Mazer. Como evocados Al són de sus fatídicos acentos, La tierra conmovieron desatados En furioso huracán los elementos. Torrentes de las nubes desgajados Inundaron las calles, y los vientos Arrebataron arcos y doseles, Lazos, flores, damascos y caireles.

Huyó la población supersticiosa, Siempre en agüeros á creer dispuesta, Y encerróse en sus casas pavorosa, La ira de Dios creyendo manifiesta. Desierta la ciudad y silenciosa Quedó en redor, se interrumpió la fiesta: Y en vez de los aplausos y canciones, Doquier se oyeron ayes y oraciones.

Duró la tempestad la tarde entera, Y entre el rugido cóncavo del trueno Y el estridor de la tormenta fiera, De los obscuros barrios en el seno Una voz incesante y lastimera Exclamaba aterrando al agareno: «Aláh torna á su grey la faz airada. ¡Ay del pueblo muslim! ¡ay de Granada!»

Campo desierto de olvidadas ruinas, Medroso despoblado cementerio Parecían las calles granadinas De tal desolación bajo el imperio: Y cual si se efectuara en las divinas legiones algún lóbrego misterio Fatal para los Moros, agobiada De pánico terror quedó Granada.