Versos Spanish José Zorrilla Recuerdos de Valladolid

Spanish poem

Recuerdos de Valladolid

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Esto hablaban una tarde, ya muy cercana la noche, doña Ana Bustos Mendoza y don Tello Arcos de Aponte. Iguales en lustre ostentan sus heredados blasones; ella envidia de las damas, él galán entre los hombres. Y ella hermosa, y él valiente, por especiales razones unirlos en casamiento sus parientes se proponen. Don Tello adora a doña Ana, mas como valiente noble, ha más de un año que espera que su afán se le malogre, porque ha tanto que la niña tiene asentado en otro hombre el pensamiento amoroso, y ni sosiega ni come. Es su amor don Juan de Vargas, que a Italia oculto fugóse por no sé qué muerte oculta en las sombras de la noche. Mas don Juan desde aquel día tan de veras ocultóse, que de su estado y persona cartas ni amigos responden. En vano tras nuevas suyas se rastrearon en la corte mil exquisitas pesquisas, mil cortesanos favores. La justicia dióle libre, el mismo Rey perdonóle; pidieron a todas partes cartas y noticias dobles; mas en todas fueron vanos al misterio que lo esconde, los parabienes presentes, las antiguas precauciones. De todas partes los pliegos vuelven bajo el mismo sobre, porque en ninguna parece, ni en ninguna le conocen. Cansado por fin don Tello de plazos y condiciones, y recelando que al cabo parezca don Juan y torne, resuelto y tenaz decide que, pues año y medio corre, de grado o de valimiento se cumpla cuanto pactóse. Y la verdad, que doña Ana, más tibia ya en sus amores, no con enojos escucha de don Tello las razones, ni estorba que la festeje, ni que vista sus colores, ni entre en su casa de día, ni que sus rejas la ronde; porque en esto de firmezas en ausencias y en amores, era sin duda lo mismo que en nuestros tiempos, entonces. Quedó, pues, dicho y jurado que, excusadas dilaciones, la boda se concluyera dentro de la misma noche. Y en todo Valladolid, cuantos hay vecinos nobles, a dar sus enhorabuenas a los novios se disponen. Mas es preciso advertir que mientras en los salones danza y festejos preparan juntos Mendozas y Apontes, las puertas del Campo Grande cruza a resuelto galope, embozado en una capa, sobre un potro negro, un hombre.

Es una noche de Octubre que la atmósfera encapota entre las dobles cortinas de la niebla y de la sombra. En ráfagas desiguales el cierzo a intervalos sopla, quebrándose en las esquinas con voz destemplada y bronca. Lucen en ellas apenas, como sombras vaporosas, mas esparcidos, faroles que entre la niebla se ahogan. Y a su esplendor vacilante, por las calles tortüosas apenas a ver se alcanza de los que pasan la forma; que no es tan tarde, que en sueño la ciudad repose toda, ni tan pronto, que aun excusen los rondadores su ronda. Oyese el sordo murmullo de las fugitivas ondas con que el revuelto Pisuerga ambas orillas azota; y entre su son temeroso, la voz compasada y ronca con que las huecas campanas al toque de ánimas doblan. Allá por sobre las cercas que el Campo Grande aprisionan, turbias luces se perciben por entre ventanas rotas, a cuya opaca lumbrera algún penitente ora, y con el llanto del monje las culpas del hombre borra; o algún sabio solitario, en meditación más honda, del vano mundo desprecia la mal olvidada pompa. ¡Cuán grato es ir sin camino, con el corazón a solas, en la deliciosa calma, de la noche silenciosa, sin testigos que sorprendan sobre la faz melancólica, las lágrimas que se escapan de los ojos gota a gota! Noche, consuelo del triste, bendita tu amiga sombra, entre cuyos densos pliegues no se avergüenza quien llora. Yo también, triste poeta, al compás del arpa ronca te rindo tributo en lágrimas, plegarias de mis memorias; y una y mil veces bendigo tu espesa tiniebla lóbrega, desciñendo las guirnaldas que el arpa cansada adornan. Noche, consuelo del triste, bien haya tu amiga sombra, entre cuyos densos pliegues no se avergüenza quien llora.

Cruzando del Campo extenso la soledad misteriosa, a lentos pasos camina un hombre, de cuya forma se distingue solamente la pluma que en alto flota, las espuelas en que acaba, y la espada que le abona. Lo demás de su figura lo velan, guardan y embozan los secretos de una capa en que envuelve la persona. Ganó la vuelta a la plaza por, una calleja corva, de casa en casa pasando, señas tomando de todas. Delante de una al tenerse, que de palacio blasona, «Ésta es», dijo, y en la puerta la mano atrevida posa. Mas no bien dentro del patio el son de la aldaba dobla, corriendo dentro un cerrojo, un hombre al dintel asoma. Haciendo paso al que sale, el que iba a entrar se reporta, y al tiempo mismo en su rostro reflejó la luz dudosa. —¡Don Juan1—¡Don Tello!—exclamaron en voz descompuesta y honda ambos a dos personajes, como quien duda y se asombra. —¿A don Juan mirando estoy? —¿A quien veo es a don Tello? —¡Por Dios, que no erráis en ello! —Ni vos en mí: don Juan soy. —Seguidme. —¿Adónde? —A reñir. —Vamos; mas reñir, ¿por qué? —Seguidme, don Juan, que a fe Que os lo tengo de decir.— Calló don Juan, y don Tello, en faz decidida y torva, «por aquí», dijo, y airado la vuelta del Campo toma.

Los estoques en la mano, sueltas en tierra las capas, están dos hombres a punto de cerrarse a cuchilladas.

Cruzáronse los estoques, adelantaron las dagas, y empezaron los aceros do acabaron las palabras. El ruido de entrambas hojas en la obscuridad sonaba, sin que en la sombra se alcance cuál es más feliz de entrambas. El aliento a resoplidos ambos, fatigados, lanzan; mortales golpes se tiran, mortales golpes se paran. Sin duda que corre sangre, sin duda el brazo se cansa, porque los golpes son menos, la respiración más tarda. Y sin duda que es temible la contienda solitaria; don Tello no cede un paso, don Juan un paso no avanza. No suena un golpe que a fondo recto al corazón no vaya; no hay un quite que no pare la postrimera estocada. Es el brazo que defiende tan fuerte cómo el que ataca, que a acertar un solo golpe, con él la lid acabara. Jura el uno, calla el otro, ni uno cede, ni otro avanza; con más arrojo don Tello, don Juan con mejor constancia; y en vano son los ardides, los esfuerzos y las mañas, los amagos engañosos, las embestidas trocadas. Siempre un golpe encuentra un quite, siempre un estoque una daga, y un esfuerzo inesperado una defensa pensada. Entrambos desfallecidos, pierden tierra, y tierra ganan; mas en ganar y en perder, siempre es igual la ventaja. Desesperado don Tello, don Juan en siniestra calma, así igualmente se estrechan,, o igualmente se rechazan. Y está la muerte dudosa en ambos aposentada, la mano en entrambas vidas sin atreverse con ambas. Abrasado al fin don Tello en el volcán de su rabia,, no mirando ya su honra, sino sólo su venganza, viendo que don Juan no cede, y que él tampoco adelanta, pensó en ganar por traidor lo que por audaz no gana. Y cerrando más brioso con tan traidora esperanza, como si alguno amagase a don Juan por las espaldas, gritó: «¡Tente! ¡No le mates!», y al volver don Juan la cara,' hasta la cruz escondióle dentro del pecho la espada. Cayó don Juan, y don Tello, ganando apenas su casa, guardó en la vaina su estoque, y su secreto en el alma.

- II -

Lejos del mundo y de su pompa vana, harto de juveniles devaneos, el polvo hollando que la raza humana encierra en sus placeres y deseos, renunciando su gala cortesana y de su clara estirpe los trofeos, en celda estrecha y solitaria habita un austero y humilde cenobita. Pasó su juventud en ardua guerra derramando su sangre generosa por ensanchar los lindes de su tierra y engrandecer su patria poderosa. En el valle acampó, saltó la sierra tremolando la enseña victoriosa, y los vencidos le debieron leyes, conquistas su nación, oro sus reyes. Hoy, porque al mundo su valor asombre, o porque su valor ponga en olvido, vela en el claustro el opulento nombre con que ha valiente capitán vivido; y olvida con lo mísero de hombre cuanto de grande e ínclito ha tenido, curando en santa y religiosa calma las hondas cicatrices de su alma. Que entre ásperas y crudas penitencias, buscó su Dios el alma atormentada por el revuelto golfo de las ciencias, por el desierto de la inmensa nada; así avivó su fe con sus creencias, así acalló su carne macerada; mas en lucha tenaz consigo mismo, en sus creencias encontró un abismo. Creyó y dudó; y en duda irreverente, tornó a creer, y recayó en la duda; hundió en el polvo la humillada frente, en su cuita a su Dios pidiendo ayuda; creyó segunda vez, pero igualmente dudó segunda vez el alma ruda; oró, su pertinacia castigando, mas creyendo dudó, y creyó dudando. Doquier su incertidumbre y su impericia, el orden de las cosas reprochaba; la virtud presa, impune la malicia, doquier de sus creencias recelaba; mal segura y torcida la justicia, de la justicia celestial dudaba, y de los males del viciado suelo, culpa argüía en el dormido cielo. Con sus dudas así y con sus creencias, arrastraba el severo capuchino su vida entre recónditas dolencias, y dudaba tal vez de su destino. En vano con austeras penitencias pedía al cielo sa favor divino; siempre acosaba al pensamiento adusto la duda de lo justo y de lo injusto. Siempre sus penitentes oraciones, y su estudio, y sus horas solitarias, turbaban sus incrédulas ficciones, siempre con causas o con hechos vanas; ni el turbulento mar de sus razones sosegaban su llanto y sus plegarias, que cuanto más oraba penitente, se rebelaba el corazón demente. El pueblo, al contemplar su faz severa, que con el tosco capuchón ceñía, el paso grave, la mirada austera, la barba que a los pechos le caía, su misteriosa forma pasajera, que tan sólo en el templo aparecía, reputación de justo le otorgaba, y por justo varón le respetaba. El sabio que en su cámara medita, en un confuso libro amarillento, las ideas que el sabio cenobita creó en la soledad de su convento, viendo que su honda creación gravita sobre su aventajado pensamiento, ambas razones balanceando, cede, y el renombre del sabio le concede. Mas tal es la mundana inconsecuencia y el frágil peso del consejo humano, que yerra el corazón, yerra la ciencia en el juicio más fácil y liviano: en medio de su airada penitencia, presa a su vez del pensamiento humano, bajo el sayal del hombre penitente, el incrédulo habita impunemente. Doquiera le mantiene arrebatado honda meditación que le divierte por el gran laberinto en que, obcecado, razones busca a la insensata suerte; y el mundano doquier cura engañado de que en su arrobo el justo no despierte y la sagrada inspiración no acuda; mas el sabio no adora, sino duda.

Es una mañana clara de una fresca primavera; la brisa arruga ligera la hierba, el agua y la flor. El sol asoma al Oriente su cabellera inflamada, y alza el ave en la enramada dulces himnos al Criador. Orlan el campo las perlas que ha derramado el rocío, murmura allá abajo el río la orilla al acariciar; y en niebla azulada y tenue que remeda al limpio cielo, vapores exhala el suelo de jazmines y azahar. La inquietas mariposas despliegan sus cien colores, columpiándose en las flores con revoltoso bullir, posando en todas livianas; sólo al lindel dejan sola, sin sus besos, la amapola el tosco vaso al abrir. Ostenta cuantos primores en su ancho tapiz encierra a la luz del sol la tierra respirando juventud. Todo es calma, luz y vida en la dulce primavera; mas ¡ay, cuánto es pasajera su belleza y su quietud! También gozó de su infancia, su vigor y su opulencia, esa ciudad, de existencia más remota y más feliz; mas si no alcázar de reyes, aun conserva la nobleza en que muestra su grandeza lo que fue Valle—de—Olid.

A un lado del Campo Grande, en un balconcillo estrecho, el codo en el antepecho, sobre la mano la sien, un austero capuchino el campo está contemplando, la baja tierra mirando con religioso desdén. Si sufre, goza o medita, si bien ríe o males llora, si desespera o si ora, es difícil de atinar. Los ojos fijos en tierra, la tez rugosa, amarilla, en la palma la mejilla, siempre en el mismo lugar, siempre en la misma postura, en el mismo arrobamiento, sin voz y sin movimiento, sin aparente razón; insondable el alma viva tras aquella estampa muda, una cifra es de la duda de imposible comprensión. Al pie del mismo convento, en paseo solitario, desde la iglesia al osario vagar un hombre se ve; ambos brazos a la espalda, hasta la ceja el sombrero, larga daga, agudo acero, y espuela dorada al pie. Su pensamiento no aclaran su talante ni su paso; tal vez estará al acaso y sin voluntad allí; creeráse que reconoce el lugar en que se mira; se tiene, calla, suspira, viene y va, y constante así. Del cementerio a la iglesia, de la iglesia al cementerio, siempre en el mismo misterio, siempre en el mismo vagar, ni él ve al monje que a su reja asomado ora o medita, ni se cura el cenobita su ocupación de acechar. Seméjase el capuchino a un ilustre prisionero, y semeja el caballero el vencedor capitán; mas el uno en su ventana en imperturbable vela, y el otro en su centinela, indiferentes están. En esto, del fin del campo que ambos a espalda tenían, uno tras otro venían dos hidalgos a la vez. La del primero era fuga, la del otro seguimiento, y víase bien su intento en su tenaz rapidez. Desarmado el de delante y la faz desencajada; en la derecha la espada, ya cerca el perseguidor. Ambos a par se empeñaban en su fuga y su denuedo; el de delante era miedo, el de atrás era furor. «¡Detenerlos!» ,gritó el monje: tornó el caballero el gesto, y un punto en el mismo puesto viéronse iguales los tres. Mas antes que el más cercano acudiera al homicida, el otro cayó sin vida, bañado en sangre, a sus pies. Seguir al vivo era en vano; como una sombra fugóse; al desplomado tornóse, mas era inútil también; y antes que reconociese de la herida la malicia, llegó a punto la justicia gritándoles que se den. Prestó atención exquisita desde lo alto el capuchino: «¡Éste es, éste, el asesino!,» a la ronda oyó decir. Requirió el preso su espada para dar final respuesta, pero otra mano más presta vino su intento a impedir. —Déjese sin fuerza, hidalgo, y hacia la cárcel se apronte. ¿Quién es? —Don Tello de Aponte. —Préndanle y vengan en pos. Cerró el monje la ventana, la prisión injusta viendo, con voz cóncava diciendo: «Si no hay justicia, no hay Dios.»

- III -

Tras una mesa cubierta con un terciopelo verde, en tres sillones de brazos están sentados tres jueces. En más ínfimo lugar, y de ellos frente por frente, espera en silencio un hombre sentado en un taburete. Serenos tiene los ojos, alta y tranquila la frente, el rostro descolorido, y ambos pies en un grillete., Mas nada hay en su persona que a imparciales ojos muestre que tan orgulloso porte acompañe a un delincuente. Que es noble, se ve en su nombre; que es criminal, en las leyes; que no es traidor, en su rostro; y en su talle, que es valiente. Mas que importa su custodia se ve bien en los mosquetes que esparcidos por la sala las entradas la defienden. Por las puertas y tapices se alcanzan confusamente las cabezas apiñadas de la multitud que atiende. Y en el inquieto murmullo que discurre entre la gente se ve que todos escuchan, pero que pocos entienden. Confusas, distantes, rotas, concebirse apenas pueden de preguntas y respuestas las razones diferentes. El juez pregunta, y el reo responde; los escribientes escriben; los guardias guardan, y el pueblo murmura siempre.

Sacáronle de la sala, y en sus sillones los jueces callaron, mientras susurra en son siniestro la plebe. A verse en la puerta alcanza, que en el fondo el salón tiene, una alfombra de cabezas que bullen eternamente; un montón desordenado de ojos de hombres y mujeres, que giran en muchos gestos, ya curiosos, ya impacientes. Acá y allá algunas damas, que en los tupidos dobleces de un velo en que acaba un manto, la faz ruborosa envuelven. Y esta multitud inquieta cuchicheando sordamente, esperando alguna cosa de otra cosa que sucede; ya de parte de don Tello, ya de parte de los jueces, y ya bien, como en comedia, aguardando lo siguiente. Dispuesta del mismo modo a escuchar lo que dijeron, a partir cuando se acabe, y a esperar mientras la dejen, forma un susurro monótono que por el aire se extiende, y un acento sin palabras en la atmósfera mantiene. Los centinelas pasean, el escribano se duerme con la barba sobre el puño, y el puño entre los papeles. Los galanes, rostro a rostro plática entablada tienen, que amantes, serán amantes dondequiera que se encuentren. Los muchachos, la paciencia con aquel silencio pierden, y hacen los viejos a solas comentarios de las leyes, en favor de la justicia que andaba allá en sus niñeces, porque sin duda es muy bueno lo malo que se nos pierde. Así en paciencia o enojo mantuviéronse igualmente, en son confuso de muchos, jueces, soldados y plebe. Alzóse al fin la cortina; impusieron los corchetes silencio, y todos los ojos tornáronse de repente. Retratada en el semblante la agonía de la muerte, salió el primero don Tello, que apenas basta a tenerse. Alzáronse en el salón vagos murmullos al verle, que más que a satisfacciones, a amenazas se parecen; mas a una señal airada de los irritados jueces, y a la vista de vecinas alabardas y mosquetes, reinó el silencio en la sala capitulando la plebe, que cuanto más atrevida, es tanto menos valiente.

Entró en esto, atropellando por los guardias y la gente, sin que curiosos ni guardias bastasen a detenerle, un capuchino severo, de luenga barba, ancha frente, claros ojos, tallo erguido, grave paso y voz solemne. Sin duda por sus virtudes alto respeto merece, porque todos en silencio aparentan conocerlo. Díjole el juez: «Perdonadnos, porque, en vela de las leyes, somos por nuestro destino hombres afuera, aquí jueces.» Y con acento más firme, al capuchino volviéndose, en ademán imperioso díjole: «Padre, ¿qué quiere?» El religioso, sereno, en faz y gesto imponente, contestó: «Apoyo del justo, que la justicia no yerre.»

Quedó el monje meditando del reo la confesión, inmóvil en el salón, de lo que mira dudando.

Firmó la sentencia el juez, y del estrado al bajar, en voz alta a preguntar volvióle el monje otra vez: —¿Conque muere? —Vedlo vos, contestó el juez: y aun dudando, fuese el monje murmurando: «¡Si no hay justicia, no hay Dios!»

El sol, en trémulas hebras, tornasolando los aires, tranquilo radiante y puro, en colores se deshace. Doquier el pueblo se agolpa, doquier los balcones abren, en faz de ver o esperar lo que pasa, o lo que pase. Doquier bellas en las rejas, doquier hidalgos galanes, doquier desenvueltas mozas, clérigos y militares. Todo es turba y movimiento, tropezar y atropellarse; todos van hacia la plaza, ganando esquinas y calles. Todos por bajo platican cual si una historia contasen que prenguntándola todos, todos a la par la saben. Comprenderse apenas pueden en razones desiguales, la razón de lo que a todos tan afanosos los trae. Óyense en palabras sueltas, entre otras mil estas frases: —Es justicia. —Son las doce. —¡Quien tal hace, que tal pague! —Del Rey aguardan indulto. —Ya daban vuelta a la cárcel. —Hace ocho días. —Es noble. —¡Sálvele Dios!—¡Pobre fraile!— Y a veces, allá a lo lejos, en lastimosos compases, otra voz reza o pregona con acento suplicante. Hierve en la plaza la gente, puertas cierran, rejas abren, y a un tiempo todos los ojos se vuelven hacia una calle. Por ella, en orden siniestro, muchos soldados delante, de dos en dos muchos hombres, a otro hombre a la plaza traen. Atadas tiene las manos, descolorido el semblante, descubierta la cabeza, desaliñado en el traje; sin valona y sin espada, capotillo ni acicates, sobre una enlatada mula, y acompañado de un fraile. Van detrás algunos monjes de varias comunidades, con cirios que al sol del día, aunque no le alumbran, arden. Los ministros de justicia, el reo y el pueblo parten, y el pregonero decía en lúgubre son delante: «Ésta es la final sentencia que hoy debe de ejecutarse en don Tello Arcos y Aponte por mano de Luis Hernández, ejecutor por el Rey …» Y al transponer una calle, perdióse con el bullicio la sentencia con la frase. Abrióse la muchedumbre y entraron con paso grave dentro de la plaza juntos los que vienen y el que traen. Llegados a una escalera con que unos maderos hacen ancha subida a un cadalso, dijo una voz: «Que le bajen.» Bajó el reo, y en la escala el religioso sentándose, díjole con voz inquieta que de hinojos se postrase. Así fue, y ambos quedaron en posición semejante, sin que sus tenues palabras alcanzara osado nadie. Mas sobre el hombro del reo algún ojo penetrante, a saberlo, ver pudiera el ojo atento del fraile. Y en su inquietud confiada, más bien que reconciliarle, víase que era dar tiempo a que tiempo se ganase. Avisóle la justicia; se alzó el reo, calló el padre; llegaron hasta el cadalso, y tornaron a postrarse. Tornó a avisar la justicia y a la confesión el fraile, y más de las doce y media señalaba ya el cuadrante. —Don Tello, decía el monje, dad tiempo a que el tiempo pase, que fuera mengua en el Rey, que su perdón os negare. —¡Pluguiera, buen monje, al cielo, que así tan ciego no errarais! —Siendo testigo… —¿Qué importa? —Fuera otro crimen. —¡Quién sabe! —Yo sé que sois inocente, puesto que no le matasteis. —Secretos del cielo son, como el cielo impenetrables. —¡Imposible!… —Padre, pronto. —¡Que tanto el indulto tarde! ¡Padre, es vano! —¡Oh, que no hay cielo, cuando acudiros no sabe!— Y el capuchino, azorado, las miradas suplicantes desesperado tendía, sin aliento, a todas partes. Por vez postrera volvieron con más empeño a avisarle, y el reo dijo:—¡Es inútil! ¡Padre, que muera dejadme! —No, don Tello, ¡por mi vida! Y volviéndose anhelante el monje a la multitud, así rompió a voces grandes: «¡Está inocente!…» En tumulto impidió que terminase, la turba, que por oírle gritaba a su vez: «¡Dejadle!» «¡Está inocente!», decía el monje, y en voz pujante decía el pueblo en tumulto, sofocándole: «¡Dejadle!» Gritaba el pueblo, y el monje gritaba, y palabras tales se lo oían: «¡Dios… Testigo… Indulto… El Rey!» ¡Todo en balde! Unos decían: «¡Oídle!…» Otros decían: «¡Salvadle!…» Pero cuando todos hablan, es cuando no escucha nadie. Arrodillado don Tello, y el ejecutor delante, hizo la justicia seña, y el verdugo hizo su parte. Calló el pueblo; calló el Monje: y al ver la cabeza en sangre bañada, desesperado se perdió en la turba el fraile. Y allá en el fin de la plaza, volviendo el rostro un instante, «¡Si no hay justicia, no hay Dios», dijo y transpuso la calle.

- IV. CONCLUSIÓN -

Coronada de juncos y espadañas hay en un soto cristalina fuente, donde al abrigo de sonantes cañas, en arroyo se cambia mansamente.

Espérala el Pisuerga, y de sus olas la abre amoroso el transparente seno, con silvestres espigas y amapolas de su margen bordando el cerco ameno.

A su amoroso halago nunca ingrata, la fresca y sonorosa fuentecilla mezcla constante su raudal de plata con la del padre río agua amarilla.

Y allá a lo lejos, por la angosta calle que la abren en dos bandas cien colinas, Valladolid dibújase en el valle, velada entre las pálidas neblinas.

Y la vieja Simancas, más ufana, alza a su espalda la torreada frente, que pintan a la par en la onda vana los tres ríos que abarca con su puente;

Do empiezan a tender los arenales su enmarañado pabellón de pinos por donde abren en grietas desiguales sus engañosos lindes los caminos.

Era la hora en que, cansado acaso de su rauda y magnífica carrera el moribundo sol hunde en ocaso su universal espléndida lumbrera.

Dábale el ruiseñor su despedida desde el olmo sombrío que le oculta, alegre adiós a la gloriosa vida del astro rey, que en sombra se sepulta.

Despídenle las auras y las hojas y las sutiles auras que adormecen, y las coronas de los pinos rojas, a su luz, despidiéndole, se mecen.

Todo era paz y lánguido sosiego en la fresca pradera y soto umbrío, todo aspiraba el esplendente fuego en derredor de fuente, soto y río.

La luz tendiendo de los ojos vagos sobre el rápido arroyo campesino, del llanto preso resistiendo amagos, velaba el solitario capuchino.

Y allí con él su exasperada duda revolviéndose audaz dentro del pecho, hondo tormento daba al alma ruda, sitio en el corazón hallando estrecho.

Continuo presentábale su mente la ensangrentada imagen de don Tello, a quien de un crimen defendió inocente, y a quien la injusta ley mató por ello.

Y allá en su alma, a quien vicia de lo humano la miseria, así la ruda materia luchaba con su impericia: «No hay Dios donde no hay justicia, porque a ser de otra manera, o Tello no pereciera con tan clara sinrazón, u oyera el Rey mi razón, o el matador pareciera.

»Que Tello al cabo murió, ojalá no fuera cierto; que no es reo en lo del muerto, por mis ojos lo vi yo. Si la ley le condenó con ignorancia o malicia, manifiesta la injusticia en entrambos casos fue, que si Dios existe, a fe, no está Dios do no hay justicia,

»Porque hacer el bien y el mal, y negar al mal el bien, arguyera error también en la justicia eternal; que amparar al criminal e ir del inocente en pos contra el justo de los dos, fuera en Dios ley bien tirana; luego, en consecuencia llana, do no hay justicia, no hay Dios.

»Y puesto que si es, no es justo, siendo así Dios no cabal, en obrar el bien o el mal cuerdo es no forzar el gusto. Pues no es Dios un Dios injusto, no quiero por mi impericia tener un Dios de injusticia, de sus hechuras ajeno; que en este mundo terreno no está Dios, pues no hay justicia.

»Y si niegas, Dios, aquí tu justicia, aquí no estás, y donde no estés, de hoy más quiero vivir para mí; que si hijo tuyo nací, es bueno y justo a los dos que el hijo te vaya en pos, y que tú acudas al hijo, o mintió quien tal nos dijo, pues sin justicia, no hay Dios.»

Así pensaba el monje vacilando, sin razón ni creencia que le acuda; cuanto más convencido, más dudando por entre el laberinto de la duda;

Y triste, y macilento, y sin destino, ¡sin fe en el mismo Dios que a par confiesa, sentóse a las orillas del camino, como fardo a posar que mucho pesa.

Miserable reptil, busca en la tierra lo que la tierra misma no merece; y el ciego pensamiento se le cierra, y el atrevido pensamiento crece.

Acosado de amargos pensamientos, de negras dudas entre turbias nieblas, nave presa de ciegos elementos, hasta en su propia luz halla tinieblas.

Y así, al dulce rumor del agua mansa, son de las hojas, trino de las aves, en fatigado corazón descansa a los murmullos lánguidos y suaves.

Tal vez abriendo los cansados ojos, la moribunda luz goza un momento, y la imagen de Tello le da enojos, y el sueño se la roba al pensamiento.

Tal vez aún en duda congojosa, razones sueña y vanidad delira, la claridad fingiendo misteriosa de lo que le huye más cuanto más mira;

Que así lo muestra el fatigado aliento que el pecho en sueño atosigado lanza, revuelto mar que el torvo movimiento del gran volcán del pensamiento alcanza.

Sorbió el falaz crepúsculo la noche, ganó el espacio la callada sombra, la flor cerró su perfumado broche, veló la tierra su pintada alfombra.

Allá a lo lejos, tras el negro monte, a tardos pasos asomó la luna, tibia alumbrando el lóbrego horizonte, rasgando el vuelo que la sombra aduna.

Vagaba el aura y susurraba el río, murmuraba la fuente que corría, y de ella al pie, con ademán sombrío, el capuchino su pesar dormía.

Iba la parlera fuente resbalando entre la hierba, en son acorde lamiendo la parda y menuda arena,

Y a la fugitiva lumbre que en sus ondas reverbera, la luna en su espejo errante la pálida faz refleja.

Brotaba espumas de plata el ronco y turbio Pisuerga, bañando en corvos cristales entrambas a dos riberas,

Y al compasado murmullo de aguas, hojas, aura y presas, en insomnio inquieto el monje, tendido a la orilla sueña.

Alzando a veces los párpados, como quien duerme y le pesa, la luz se pinta en sus ojos entre cendales de niebla.

Siente el agua que murmura y el aura que bulle apenas, y en vago adormecimiento, oye, ve, respira y piensa.

A través del agua mansa que el límpido arroyo lleva, algún objeto confuso la luna blanca lo muestra.

Duda y mira, y, fatigoso, otra vez los ojos cierra, y anda el torpe pensamiento en lucha con una idea.

Tornó a descorrer los párpados, y allá en el agua serena, entre las sombras del sueño, un rostro a mirar acierta,

Tornó a dudar acosado entre si duerme o si vela, contemplando aquel semblante de igual color que la tierra,

Fantasma, ilusión o ensueño, que minucioso semeja al muerto don Tello Aponte, que finó la tarde mesma.

Tornó a dudar, mal despierto y mal dormido en su vela, al ver detenida el agua y apilada en las riberas,

Y en el lecho del arroyo, al nivel de las arenas, todo el cadáver de un hombre asido con su cabeza.

Alzóse despavorido el monje, mas teme y tiembla cuando el cuerpo de don Tello le dice así en voz severa:

—¿Conocéisme, padre? —Sí. —A que me siente ayudad. Bajo mi cuerpo mirad lo que hay debajo de mí.—

Miró el monje, y con asombro halló la faz macilenta de otro a quien Tello cubría pie a pie y cabeza a cabeza.

Temblaba el monje aterrado, de rodillas en la hierba, Y don Tello en voz solemne díjole de esta manera:

«En duelo injusto los dos, a traición le asesiné: no preguntéis el porqué de la justicia de Dios.»