Spanish poem
Tempestad de verano
- I -
Por entre moradas nubes Derrama su lumbre el sol, Y el valle, el monte y el llano, Ascuas a su impulso son.
Busca el pájaro en las ramas Abrigo consolador, Y al pie del robusto tronco Dormita el toro feroz.
La lengua, tinta de espuma, Tiene de turbio color; Secas las fauces, que tragan Abrasada aspiración.
Tardos vagan los reptiles, De sus grutas en redor, Entro la tostada hierba, Huyendo la luz del sol.
No arrulla tórtola triste Con lastimero clamor, Entre el follaje sombrío Su enamorada aflicción;
Ni estremeciendo las plumas, Al dar arranque a la voz, En dulces trinos gorjea Armonioso el ruiseñor;
Ni se oye de los insectos El ronco y cansado son; Ni los olmos se columpian Con susurrante rumor;
Ni las espigas se doblan En vistosa confusión; Ni entona groseras letras Allá en el valle el pastor;
Ni trepa la suelta cabra Por el agudo peñón, De una vana hierbecilla, Libre y caprichosa, en pos;
Ni ladra el mastín atento; Ni aúlla el lobo traidor; Ni cruza por la vereda De hormigas largo cordón;
Ni en la ciudad, ni en el llano,, Ocioso ni reñidor, Aguarda en peña o esquina, Amigo, dueña o matón;
Ni asoman dos ojos negros, Volando en un mirador, La estrecha y oscura calle Con diligente atención,
Todo calla inmoble y mustio De Toledo en derredor, Bajo la choza pajiza, Bajo el calado artesón.
Que al lejos, como la sombra Del brazo airado de Dios, Avanza con dobles alas Nublado amenazador;
Y con él nubes y nubes En apiñado escuadrón, Que encapotando los cielos Van a atropellar al sol.
Allá, en su cóncavo seno; Brama oculto el aquilón, El trueno encerrado muge, Hierve el rayo asolador.
Y todo, en informe masa, En espantoso montón, Sin fuerzas ni ley que basten A detener su furor,
Rueda en la atmósfera a ciegas, Como buque sin timón, Como peñasco gigante Que ancho volcán vomitó.
Doblan roncas las campanas, Y a su colosal clamor Se estremece el aura densa Con rápida vibración.
El firmamento desploma, En hálito abrasador, Cuanto fuego en sus entrañas El Altísimo encerró.
Sólo el monje, fatigado, Cruza tardo el callejón, Hacia el silencioso templo A alzar himnos al Señor.
Tal vez del lecho le arranca El importuno reloj, Y va acongojado y lento Murmurando una oración
En imperceptibles voces Y murmurante rumor, Que entre el son de las campanas Al elevarse se ahogó.
Al cabo desaparece, Y apostado en el portón, El mendigo le saluda Con desfallecida voz.
¡He aquí el negro nublado, Que, como hambriento dragón, Toda la lumbre del día De un solo empuje sorbió!
¿Quién sabe al flotante monstruo La fuerza que ha dado Dios? ¿Quién sabe las maldiciones Con que su vientre preñó?
¿Quién sabe, después que pase, Lo que ha de dejar en pos? ¿Quién de los que ahora le vemos Podrá decir que le vio?
Cuando rasgue sus tinieblas, Cuando derrame su voz, ¿Qué luz brillará en el polvo? ¿Qué garganta hará rumor?
- II -
Quedaron en calma un punto, Ambos a par, aire y tierra, Del imponente nublado Bajo las alas espesas,
Y a la luz de aquel crepúsculo, Que más que ilumina ciega, En la horrible incertidumbre De la luz y las tinieblas.
El aire que se respira, La avara garganta seca; Y en el sudor de la frente Húmedo el rostro, gotea.
Relincha el caballo inquieto En la cuadra que le encierra; El perro espantado aúlla, Y receloso, olfatea.
El pájaro, de su jaula Contra el alambre se estrecha, Y al abrigo de sus plumas, Escucha, mira y recela.
Sólo la afanosa araña, Su red y su caza deja, E inmoble y pegada al muro, El trueno y la lluvia espera.
Ancha, redonda, abrasada, Bajó una gota, que apenas Mojando el sitio en que posa, Desvaneciéndose humea.
Dobla el calor, y la calma Y la fatiga se aumentan, Y en trémula expectativa, Todo calla y todo vela.
Y el mundo semeja un reo Que mira desde una reja Cómo en la plaza, su cómplice, Al pie del cadalso llega.
Y duda, y vacila, y terne Que se salva y que perezca, Porque una palabra suya O le salva o le condena.
- III -
¡Un relámpago! Al punto desatadas, El arenal las ráfagas barrieron, Y en espeso tumulto aglomeradas, Las nubes el crepúsculo sorbieron.
En tinieblas cerróse el aire impuro; El hombre, amedrentado y temeroso, El recio temporal llamó a conjuro De las campanas al doblar medroso.
Y rotas las barreras del nublado, La lluvia y el granizo se desploman; Y allá en su centro, en círculo abrasado, Los fugaces relámpagos asoman.
Sin tregua entonces, ni piedad, ni freno. Agua, granizo y viento se esparraman; Y al hondo son del prolongado trueno, Talan, devoran y en tumulto braman.
Hierve el turbión, cegáronse las fuentes; Los arroyos, hinchados y bravíos, Bajaron, convertidos en torrentes, A desgarrar los diques de los ríos.
Sus altaneras ondas, vencedoras, Los campos adelante se llevaron, Y envueltos en las ondas bramadoras, Mieses, cabañas y árboles bajaron.
Peñas, casas, ganados y pastores, Todos siguieron el fatal destino; Presa de sus esfuerzos vengadores, No quedó senda, ruta ni camino.
Y oran allí a los pies de los altares, En humilde tropel, las criaturas, Al Dios que las tormentas y los mares Humilla con su voz en las alturas.
Del ronco viento al vigoroso empuje, Del templo gime el colosal cimiento; Estremecida la techumbre cruje, Y en sus esquinas se desgarra el viento.
Crece el turbión; las sombras del nublado, Ancha guarida por el templo toman, Y en el cristal del rosetón pintado, Rápidos los relámpagos asoman.
A veces, como grupos encendidos De espectros y diabólicas figuras, Vacilan en los vidrios sacudidos, Variando de contornos las pinturas.
El áspero granizo les azota, Y al darles luz la exhalación por fuera, Cada en los vidrios suspendida gota, Un sol y una fantasma reverbera.
Es el aire un murmullo indefinible, Donde sin leyes, ni prisión, ni valla, Los espíritus dan en ronda horrible Zambra impura y quimérica batalla.
Cada puerta ojival, cóncava y hueca, Entre su red de góticas labores, Una osamenta descarnada y seca Dibuja entre fantásticos colores.
Cada verja, una hilera de esqueletos; Cada capilla, un antro de vampiros Que columpian y doblan los objetos, Que lanzan ayes, cantos y suspiros.
Cada ventana, una abrasada boca, Que abierta en espantosa carcajada, Apenas el relámpago la toca, Respira una sulfúrea llamarada.
Hoguera horrible, a cuya luz errante, En rauda confusión saltan y flotan Las figuras que el vidrio vacilante Con cuerpos de color manchan y embotan.
Y a la par, en un punto, en todas partes, En cada vidrio que la lumbre hiere, Gestos, hachones, cruces, estandartes..... Y el relámpago pasa y todo muere.
¡Tropa infernal de sombras vaporosas! ¡Abortos estrambóticos del miedo, A quien da faz y formas religiosas Crédula y fácil la oriental Toledo!
- IV -
Y entre nubes purpurinas, Peregrinas, De azulado tornasol, Tendió el iris a lo lejos Los reflejos De los colores del sol.
Tendió en riquísimas bandas Siete randas Sobre el invisible tul, Con que tan falaz nos miente El manso ambiente Ese firmamento azul.
¡Salve, ilusión de consuelo Con que el cielo Cierra el paso al vendaval, Levantando en su alegría Al claro día Arco espléndido triunfal!
¡Salve, luz tornasolada, Delicada, Prenda mágica de paz, En que el cielo jura al alma Dulce calma Tras la negra tempestad!
¡Salve, ¡oh iris pasajero! Mensajero Del supremo Creador, En cuyos colores siete Nos promete Solaz, y treguas, y amor!
Por ti en el rojo Occidente, Transparente, Vuelve el sol a levantar La faz pura, esplendorosa Y luminosa, Al acostarse en el mar.
Por ti, con cánticos suaves, Van las aves Surcando el aura otra vez, Loando en dulces rumores Los primores De tu excelsa brillantez.
Por ti en delicadas tocas, De las rocas Se desprende virginal La melancólica niebla Cuando puebla El ámbito celestial.
Por ti a través de su vuelo Luz da al cielo La luna en turbio crespón, Como reina macilenta Que se ostenta En magnífica ilusión.
Por ti dejan las estrellas Blancas huellas De su opaca reina en pos, Como lámparas dudosas, Ostentosas, En el alcázar de Dios.
¡Salve, ilusión de consuelo que el cielo Cierra el paso al vendaval, Levantando en su alegría, Al claro día, Arco espléndido triunfal!