Spanish poem
Cantar Victorias Mi Ambición Sería
by Juan Bautista Arriaza (1770–1837)
Cantar victorias mi ambición sería Pero sabed que el dios de la armonía, Dispensador de gloria, El volver de fortuna en poco estima, Y solo el valor inclito sublima Con inmortal memoria. Ved aun brillando aquellos en su templo, Que en Termópilas fueron alto ejemplo De varonil constancia; Y los que sucumbieron, no domados, Bajo los tristes muros abrasados De la infeliz Numancia. Hay a quien de la cuna alza el destino Para llevarle siempre por camino De dóciles laureles: Las dichas van volando ante sus pasos, Y en manos de ellas pierden los acasos Sus espinas crueles. Héroes, si ya no Dioses, el inmenso Vulgo los clama; mas en tanto incienso Yo mi razón no ofusco; Y de Belona en el dudoso empeño, Donde muestra Fortuna airado el ceño, Allí los héroes busco. ¡Oh constancia! ¡Oh del alma ardiente brío! Tiende la inmensa vista, excelsa Clío, Por esos mares vastos, Tiéndela, que a pesar de hados malignos, Nunca la habrán parado hechos más dignos De tus gloriosos fastos. Mira, en baldón de Gades opulenta, Levantarse la Furia más sangrienta De los senos obscuros; Y de su ávida mano al mar lanzadas Las Calidonias selvas, transformadas En fluctuantes muros. Su envidia es la ciudad de Hércules bella, Que en las puertas Atlánticas descuella, Teniendo al mar a raya: En ondas que postrándose a su frente Llegan cargadas de oro de Occidente A enriquecer su playa. ¡Qué de ministros vendes a su encono, Anglia infecunda, de las nieblas trono, Del sol odiosa injuria; Que, en sonriza falaz, Flora reviste De estéril verde en que la flor es triste, Y el mismo amor es furia! Hidrópicos de aurivoro veneno, Al monstruo de codicia abren el seno Contra el Hispano imperio, Cuando en horrendas máquinas de muerte Hasta el precioso fruto se convierte Del austral hemisferio De su armada que en vano el mar rechaza Al cielo, o con abismos amenaza, Hacen soberbia muestra: No lo sufris, alumnos esforzados De los Bazanes, y de ardor llevados, Lanzáis al mar la vuestra; Y cual de opuestos vientos acosados, Cruzándose ennegrecen los nublados Las etéreas campañas, Y conturbando al mundo en su bramido, Dispútanse el eléctrico fluido, Ferviente en sus entrañas. Tal de ambas partes la batalla llega, Y las alas flamígeras desplega, Y nave a nave cierra, Y libra, ¡o dia de infeliz renombre! Cuatro elementos juntos contra el hombre, En brazos de la guerra. ¡Quién, entre torbellinos de humo denso, Que a las aras de Marte, en digno incienso, Mandan cóncavos bronces, De férreos rayos el silbar sin cuento, Y el ruido, que desquicia el firmamento De sus eternos gonces; Quién, de llamas y sangre en tanto lago, Mástiles estallantes y alto estrago De derrocadas moles; Quién, al triste fulgor que el cuadro alumbra, Vuestros sangrientos rostros no columbra, Oh jefes españoles! Impávidos, de rojo humor teñidos, O de sulfúreo polvo ennegrecidos, Terribles, como en ciego Combate de sacrílegos gigantes, De los Dioses los fúlgidos semblantes, Entre nubes de fuego. Con ronca voz vuestro corage entona El metálico grito de Belona, Que al combatiente inflama: Ni se teme mortal, cuando a sus ojos De hirviente sangre ve raudales rojos, Que él mismo al mar derrama. Cuájase en hierro el aire, y se convierte Cada átomo en un dardo de la muerte, Cuyo enorme esqueleto, Gozoso, en medio al golfo se levanta, Viendo ejercerse alli, con furia tanta, Su asolador decreto. ¡Oh cuál de juventud las flores siega, O a perpetuo dolor la vida entrega! A un brazo mutilado Sucede el otro a la venganza presto, O dura aun a pié firme el cuerpo inhiesto, De su cerviz privado.
Mas ¡ay! que allí clara columna sube De fuego al viento, y entre humosa nube Desplómanse al abismo Cuerpos, cabezas, armas y maderos, Y brazos que aun no sueltan los aceros Que empuñó el patriotismo. Gime al estruendo el Trafalgar convulso, Tiembla el Olimpo, cual si a duro impulso De bárbaros Titanes, Nadando, ardiendo, fueran por las aguas, De Etna y Vesubio las ardientes fraguas, Y a un tiempo mil volcanes. De espanto estremecidos, los voraces Monstruos del mar agólpanse fugaces Hacia el hercúleo estrecho; De horror el cielo en nubes se encapota, Y de escándalo al mar bramando azota El aquilón deshecho. Y de su misma cólera espumosa Nace la tempestad, de desastrosa Noche fatal presagio; Marte a su aspecto enfrena el alarido; Scila y Caribdis alzan el ladrido, Númenes de naufragio. A, devorar los desperdicios tristes De hierro y fuego, rápidos venistes, Cual rayo, olas y vientos; ¡Oh noche, quién podrá expresar tu espanto! ¡Quién tu aflicción conmemorar sin llanto! ¡Quién contar tus lamentos! Ceden, en fin, al elemento amargo Naves, que domellaron tiempo largo Sus furores altivos: Los hombres se hunden, y por siempre ansioso Se cierra el cauce del sepulcro undoso Donde descienden vivos. Minerva, ¡oh! salva al que, en mejor fortuna, Hasta el lecho del sol desde la cuna Volvió el terráqueo giro. ¡Urania, a aquel tu confidente, auxilia! ¡Amor ay, vuelve a una infeliz familia De ese el postrer suspiro! ¡Tristes! ¡Nadando hácia la patria amada! ¡Y ella esquivarse en Sirtes erizada, Que las olas esconden, Y la muerte descubre! Y a las voces De los míseros náufragos, feroces Ellas solas responden. Jamás el tiempo eslabonar podría Noche más dura a más horrible día: Pero en tanto conflicto, Quien tales hados superó constante ¿Dónde hallará peligro, que quebrante Su corazón invicto. ¿Dónde? ¡Oh Clio!... Mas, tú, de horrores tales Con buril de oro en tablas inmortales Libras de olvido el daño; Escribes, y la fama los publica, Nombres que el eco olímpico replica: Gravina, Álava, Escaño. ¡Y cuántos más que de mi voz suprime El mismo amor que en mi memoria gime! ¡Oh Cosme!... ¡Oh dura suerte! Dadle eterno laurel, hijas de Apolo, Que a un amigo infeliz le cabe solo Darle llanto en su muerte. Crisol de adversidad claro y seguro Vuestro valor probó sublime y puro, ¡Oh marinos hispanos! Broquel fue de la patria vuestra vida, Que, al fin, vengada, y siempre defendida Será por vuestras manos. Rinda al leon y al águila Neptuno El brazo tutelar, con que importuno Y esclavo al Anglia cierra; Y ella os verá, desde las altas popas, Lanzar torrentes de invencibles tropas Sobre su infausta tierra. Básteos, en tanto, el lúgubre tributo De su muerto Adalid, doblando el luto Del Támesis umbrío; Que si, llenos de honrosas cicatrices, Se os ve, para ocasiones más felices, Reservar vuestro brío, Sois cual león, que en líbico desierto, Con garra atroz, del cazador experto Rompió asechanza astuta, Que no inglorioso, aunque sangriento y laso, Temido sí, se vuelve paso a paso A su arenosa gruta.