Spanish poem
Frente A Toledo
Arriba azul, verde abajo, Pleno abril, sol esplendente, Y yo sentado en un puente Que cabalga sobre el Tajo. Ara el buey con gran trabajo La lejana sementera; Zumba la abeja doquiera; Cada planta tiene flor; Los cielos dicen: ¡amor! Y los campos: ¡primavera! Vibra en la extensión lejana, Que el Tajo hirviente recorre, La voz que en gótica torre Da a los aires la campana; Católica y musulmana, Infundiendo asombro y miedo. Desde el puente mirar puedo, Entre mil tintas bermejas, Cúpulas, torres y rejas De la ciudad de Toledo. ¡Cómo resaltan, bañadas Del sol por los rayos puros, En cornisones oscuros Almenas desportilladas! Sobre ramblas aplomadas Se mira en conjunto vago El rudo y constante estrago De los siglos, que han escrito Su paso sobre el granito Con ortiga y jaramago. ¡Toledo! rico tesoro De señoriales contiendas, De cuentos y de leyendas Que enaltecen al rey moro: Te envuelve en nimbos de oro El sol que tus campos baña, Y tienes la pompa extraña De una majestad caída, Que refleja, ya vencida, Todo el esplendor de España. De tus grandezas testigo, El Tajo a tu voz responde: Sirte de plata que esconde Misterios del rey Rodrigo. En ti buscaron abrigo Héroes de raras historias, Cuyos hechos y memorias Impiden, a extrañas gentes, Con tus desgracias presentes Nublar tus pasadas glorias. Toledo, soñé en mirarte, Y al fin feliz te contemplo, Como silencioso templo De la tradición y el arte. Vengan otros a estudiarte: Nunca atizó mi ansiedad, Ver si pueblan tu ciudad Almas grandes o mezquinas: Me basta ver tus rüinas, Me encanta tu soledad. Ya sin puente ni rastrillo, Destrozado el minarete; Sin lanzas en el almete Del paredón amarillo, Semeja el feudal castillo Mansión de espectros sombría, Do nunca el rayo del día Halla, al penetrar ligero, Ni en la sala al caballero Ni en las torres al vigía. Sólo la indiscreta fama Cuenta que en tiempo pasado Tuvo el castillo clavado En la puerta un oriflama; Fue prisión de hermosa dama Cautiva en redes de amor, Y a tanto llegó el rigor De su infortunada suerte, Que, por celos, le dio muerte Con el hacha, su señor. En angosta saetera Su nido cuelga el vencejo, Y crece el duro cornejo En la inútil halconera. Encubre la enredadera El desgastado blasón; Sin lengua está el esquilón; La poterna sin cerrojos; Hay en el glacis abrojos, Y ortiga en el torreón. El sillar tosco y plomizo Llora en el musgo su duelo; Cruza de tarde el mochuelo El húmedo pasadizo; Sostiene el arco macizo Un pesado corredor, Que en el ángulo interior Guarda en piedra mal tallado Un Cristo crucificado, Que ya no inspira fervor. Los altos muros deslava, Retratando las almenas, El Tajo, cuyas arenas Pisó tímida la Cava; Bajo su lecho de grava Oculta el undoso río Todo el pasado sombrío De historias y tradiciones; Joyas, armas y blasones Del gótico poderío. Con soberbia majestad, Por la historia consagrados, Alza sus muros calados Coronando la ciudad, El Alcázar que en la edad De heroísmo sin segundo, Vio con asombro profundo Salir de allí, sin mancilla, Los leones de Castilla Para dominar el mundo. Allí el rencor acibara Bajo sus cotas de acero A don Pedro el Justiciero Y a Enrique de Trastamara. Si cada piedra guardara, Por mano de Dios escrito, De la virtud y el delito Las luchas que ha contemplado, Lanzara el mundo espantado Frente a cada piedra un grito. Mas tan sólo de grandeza Y ostentación son destello: Siempre lo grande y lo bello Vive en la naturaleza. Hasta en su muda tristeza Tienen pompa las rüinas; Defienden secas espinas Las tumbas de ilustres muertos, Y en los salones desiertos Son reinas las golondrinas. ¡Soledad! ¡silencio! ¡estrago! El tiempo con mano ruda, Siembra en el alma la duda, Y en el muro el jaramago. En vano el mentido halago De una brillante memoria Alza recuerdos de gloria De polvo glacial y leve, Que sólo levanta y mueve El huracán de la historia. Sigue el hombre por la tierra, Como ayer, triste camino, Incansable peregrino Siempre con el mal en guerra. ¿Quién vacila? ¿quién se aterra Ante tan rudo trabajo? Arriba azul, verde abajo, Pleno abril, sol esplendente, Y al mar empujando hirviente Sus claras ondas el Tajo.