Spanish poem
Lector: Escúchame Atento
Lector: escúchame atento Esta tosca narración Y júzgala la tradición, Fábula, conseja o cuento. En un libro polvoriento La encontré leyendo un día, Y hoy entra a la poesía Desfigurada y maltrecha; El verso es de mal cosecha Y la conseja no es mía. Hubo en un pueblo de España, Cuyo nombre no es del caso Porque el tiempo con su paso Todo lo borra o lo empaña, Un noble que cada hazaña, De las que le daban brillo, Celebraba en su castillo Dando dinero a su gente Construyendo un nuevo puente O alzando un nuevo rastrillo. Era el noble de gran fama, De carácter franco y rudo, Con campo azul en su escudo Y en su torre una oriflama. Era señor de una dama Piadosa como ninguna; Dueño de inmensa fortuna Por trabajo y por herencia Y tan limpio de conciencia Como elevado de cuna. Una vez, para decoro De sus ricas heredades Cruzó yermo y ciudades Para combatir al moro. Llevóse como tesoro Y como escudo a la par, Un talismán singular Atado a viejo rosario Un modesto escapulario Con la Virgen del Pilar. Era el precioso legado De sus ínclitos mayores; Desde sus años mejores Lo tuvo siempre a su lado. Y como voto sagrado De cristiano y caballero Juzgó su deber primero En el combate reñido Llevarlo siempre escondido Tras de su cota de acero. En ocasión oportuna El noble llegó a creer Que ante el moro iba a perder Honra, blasón y fortuna. Soñó que la media luna Nuncio de sangre y de penas, En horas de espanto llenas Iba en sus feudos a entrar Y hasta la vio coronar Sus respetadas almenas. Y no sueño, realidad Pudo ser en un momento, Pues fue tal presentimiento Engendro de la verdad. Acércanse a su heredad Muslef y sus caballeros; Mira brillar los aceros Al fugor de alta linterna Y sale por la poterna En busca de sus pecheros. Anda con paso inseguro De un hachón a los reflejos; «Alarma», grita a lo lejos El arquero sobre el muro. Como a la voz de un conjuro Del noble los servidores Surgen entre los negrores De aquella noche maldita Y lo siguen cuando grita: «¡Sus! ¡A degollar traidores! Corren y, en breves instantes, Terror y espanto difunden Y en una masa se funden Asaltados y asaltantes. Los cascos y los turbantes, Revueltos y confundidos, Entre quejas y alaridos Vense en las sombras surgir, Sin lograrse distinguir Vencedores y vencidos. El noble señor avanza En pos del blanco alquicel De un moro que en su corcel Huye blandiendo su lanza. Resuelto a asirlo le alcanza Por ciega rabia impelido, Y cruel y enardecido Le mata con gran fiereza Y le corta la cabeza, Pues Muslef era el vencido. Al tornar lleno de gloria A su castillo feudal Dijo: «Es un ser celestial El que me dio la victoria. El que ampara la memoria Y el lustre de mis abuelos; El que me otorga consuelos Cuando vacila mi planta; Es... ¡la imagen sacrosanta De la Reina de los cielos! »Siempre la llevé conmigo Y hoy de mi fe como ejemplo He de levantarle un templo Donde tenga eterno abrigo. El mundo será testigo De que ferviente la adoro, Y cual reclamo sonoro De su gloria soberana Daré al templo una campana Hecha con armas del moro». El tiempo corrió ligero Y el templo se construyó Como que el noble empeñó Palabra de caballero. Sobre su recinto austero, Todo el feudo acudió a orar Venerando en el altar En lujoso relicario, Un modesto escapulario Con la Virgen del Pilar. Los siglos, que todo arrastran Lo más sólido destruyen, Los hombres llegan y huyen Y los monumentos pasan. Templos que en la fe se abrasan Ceden del tiempo al estrago; Todo es efímero y vago Y en las sombras del no ser Lo que vistió el oro ayer Hoy lo encubre el jaramago. Quedóse el templo en ruinas, Sus glorias estaban muertas Y ya en sus naves desiertas Volaban las golondrinas. Sobre sus muros, espinas; Verde yedra en la portada La Virgen, abandonada Por ley aciaga e injusta, Y la campana vetusta Eternamente calada. En cierta noche el horror De algo extraño se apodera De aquel pueblo cuando oyera De la campana el rumor. Desde el más alto señor Al pobre y al pequeñuelo, Acuden con vivo anhelo A mirar quién la profana Y se encuentran la campana Sola, repicando a vuelo. Asaltan con gran trabajo La torre donde repica Y su espanto multiplica Ver que toca sin badajo. El noble, el peón del tajo, El alcalde, el alguacil, Con agitación febril Y con ánima turbada Exclaman: «¡Está hechizada Por los siervos de Boabdil!» Entre temores y enojos, Propios de aquellos instantes, Los sencillos habitantes Ya no pegaron los ojos. Con sobresalto y sonrojos El temor al pueblo excita Lleva el cura agua bendita Y como todos, temblando, Comienza a rezar, regando A la campana maldita. A medida que mojaba El agua bendita el hierro, Cual diabólico cencerro Más la campana sonaba. La gente se santiguaba Triste, amedrentada y loca, El cura a Jesús invoca Y por fin llega a exclamar: «No la podemos callar Porque el diablo es quien la toca». Tras esa noche infernal Se dio cuenta al nuevo día De aquella aventura impía Al consejo y al fiscal. Este, en tono magistral, Bien estudiado el conjunto, Resolvió tan grave punto Y por solución perfecta Dijo: «Que tuvo directa parte El diablo en el asunto». Y como sentencia sana, Poniendo al espanto un dique, Declaró nulo el repique De la maldita campana; Que cualquier mano profana Con un golpe la ofendiera Que el pueblo la maldijera, Siendo el alcalde testigo Y desterrada, en castigo, Para las Indias saliera. Cumplida aquella sentencia, Maldecida y sin badajo, A Méjico se la trajo Antes de la Independencia. De algún Virrey la indolencia La dio castigo mayor Quedando en un corredor Del Palacio abandonada, Por ser campana embrujada Que a todos causaba horror. Alguien la alzó en el espacio, Le dio voz y útil empleo, Y fue un timbre y un trofeo En el reloj de palacio. El tiempo a todo reacio Y que méritos no advierte, Puso un término a su suerte Cambiando su condición Y encontró en la fundición Metamorfosis y muerte. En el libro polvoriento Que a tal caso registré, La descripción encontré De tan raro monumento. Tuvo como un ornamento De sus nobles condiciones, De su abolengo pregones En la parte principal, Una corona imperial Asida por dos leones. En el cuerpo tosco y rudo, Consagrando sonidos, Se miraban esculpidos Un calvario y un escudo, Y como eterno saludo De la tierra en que nació En sus bordes se grabó Una fecha y un letrero: «Maese Rodrigo» (el obrero Que la campana fundió). Produjo tal sensación Entre la gente más llana Ver un reloj con campana En la virreinal mansión, Que son eterna expresión De aquel popular contento Las calles que el pueblo atento «Del Reloj» sigue llamando Constante conmemorando Tan fausto acontecimiento. Dos centenares de auroras La campana de palacio Lanzó al anchuroso espacio Sus voces siempre sonorazas. Después de marcar las horas Con solemne majestad, Dejóle nuestra ciudad Recuerdo imperecedero, Que es su toque postrimero Vibrando en la eternidad.