Versos Spanish Juan Eugenio Hartzenbusch ¿Qué Escucho? Sordamente Clamorea

Spanish poem

¿Qué Escucho? Sordamente Clamorea

by (1806–1880)

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¿Qué escucho? Sordamente clamorea Una y otra campana, y su camino Corrió la flecha del reló. Pues, ea, Cúmplase mi destino; Vamos con el favor del Juez divino: Llevadme, precursores de la muerte, Donde el vil criminal su sangre vierte. Mundo cruel, que con fatal encanto Las almas envenenas, Y horas me diste de ventura llenas, Recibe mis cariños y mi llanto Cuando fuera de ti la planta llevo. Ya, mundo corruptor, nada te debo. Adiós quedad, contentos de la vida, Cambiados hoy en podredumbre negra; Adiós, gozosa edad, edad florida, Cuya embriaguez el corazón alegra. Sueños tejidos de oro, Ilusiones de bien, hijas del cielo, Quedad en este suelo Donde perdidas al nacer os lloro. ¡Ay! vuestro verde vástago se trunca Para que no dé flor ni brote nunca. En otro tiempo fue la gala mía De la inocencia el cándido vestido Que a la pluma del cisne afrentaría: Realzaba la túnica preciosa Cinta gentil de colorada rosa, Y mi rubio cabello entretejido Con rosas a la par, luengo pendía. Víctima del infierno en este día, De blanquecino traje se me viste; Pero en lugar ¡ay, triste! De flores en mi sien, sobre ella veo Negra banda y capuz, señal de reo. Lloradme las que libres de flaqueza No habéis vuestro decoro mancillado, Y a quienes da su aroma regalado El lirio celestial de la pureza. Si os cupo en suerte el brío que domina La blanda agitación del pecho hirviente, Luisa nació mujer, y no heroína. Yo sentí, cual mujer, humanamente, Y el sentimiento ni martirio empieza. Por el brazo de un pérfido cercada, Quedose mi virtud aletargada. Tal vez de otra beldad gira ya en torno El corazón de sierpe que me olvida, Y al lado de la mesa de su adorno En platica de amor su ingenio apura Cuando abren para mí la sepultura. Con los rizos quizá de su querida Liviano juguetea, Y el ósculo recoge y saborea Con que ella le convida, Cuando en el tajo mi garganta rota, La sangre en alto desde el tronco brota. ¡Permita Dios, Hermán, (8) que donde quiera Te persiga mi coro funerario, Y en tus oídos temerosa hiera La rebramante voz del campanario! Cuando del labio de la dama tuya Entre susurro misterioso y tierno Torrente para ti de gozo fluya, Una saeta parta del infierno, Que de improviso deje atravesada La imagen del deleite sonrosada. Tanto dolor de quien por ti vivía, ¿No fue para ti nada, ¡oh fementido! Nada el oprobio que por ti sufría? ¿Nada para tu pecho empedernido Lo que al león y al tigre ablandaría, El ser en mis entrañas escondido? Huyes ¡ah! Tu bajel rápido boga; Y en tanto que le miro, y que la pena Mis ojos nubla, mi gemir ahoga, Tú en la margen del Sena Contra víctima nueva, en torpe amaño, Diriges el suspiro del engaño. En el regazo maternal yacía Reposando feliz el tierno infante, Y al capullo entreabierto semejante, Su labio encantador se sonreía. Con placer congojoso descubría En cada rasgo yo de aquel semblante La faz que un tiempo mis delicias era; Y a la vez me asaltaban a porfía, Ya del cariño la piedad primera, Ya desesperación bárbara y fiera. «Mujer, ¿qué es de mi padre?» me gritaba Muda su tierna voz, muda y de trueno. «Mujer, ¿qué es de tu esposo?» retumbaba Cada rincón de mi angustiado seno. ¡Ay, huérfano inocente! Será en vano buscar al inclemente que tal vez otros hijos acaricia: Tú con harta justicia Maldecirás la dicha delincuente De la mujer y el hombre Que te legaron de bastardo el nombre. En el inmenso mundo Solitaria tu madre se veía Con su dolor profundo, Y abrasadora sed la consumía Cada vez que, abrazándote, gustaba Goces que el deshonor acibaraba. Del ya pasado tiempo de alegría Cada vagido tuyo despertaba El recuerdo cruel y despechado, Y puñal aguzado Para la triste Luisa Era, hijo mío, tu infantil sonrisa. Suplicio si evitaba tu presencia, Suplicio igual teniéndote presente Los abrazos que daba tu inocencia, Fatal recuerdo del perdido ausente, Me ligaban el cuello cual dogales De furias infernales. Tronando me aturdía Voz como si se alzara de la huesa, Que siempre del aleve la promesa, Que siempre su perjurio repetía; Y en la red de Satán así sin tino, Se convirtió la madre en asesino. Permita Dios, Hermán, que donde huyeres, Te acose infatigable sombra airada, Que te despierte con su mano helada En el dulce soñar de los placeres. De las estrellas en la luz radiante Mires centelleando la mirada Del hijo agonizante; Y cuando rindas el postrer aliento, Salga a encontrarte pálido y sangriento, Y azote que en su diestra te amenace, Lejos del paraíso te rechace. Contémplale a mis pies inanimado, Y a mí que, inmóvil, yerta Y el juicio conturbado, Correr miraba por la herida abierta De su sangre el torrente, Que se llevó mi vida juntamente. Mas ¡ay! de la justicia el enviado Ya pulsa con estrépito mi puerta. Golpe más duro aún mi pecho siente Que el golpe que ha sonado. Corro: la fría muerte apague luego Este afán que me abrasa como fuego. Es un Dios de piedad el de los fieles; Yo, Hermán, soy pecadora y te perdono: Quiero al morir sacrificar mi encono, Y en holocausto ofrezco tus papeles. Brotad de los tizones, Llamas, brotad. ¡Albricias! Arde la oferta de su fe traidora, Y ¡oh! ¡cómo de los pérfidos renglones, Henchidos de lisonjas y caricias, El fuego se apodera y los devora! Prendas de gozo ayer, hoy de quebranto, ¿Qué hubo que para mí valiera tanto? Tiembla de tu belleza seductora; Tiembla, mujer, del que adorarte jura: Lazo de mi virtud fue mi hermosura, Y en el cadalso la maldigo ahora. ¿Qué miro? ¡Cielos! ¡El verdugo llora! Ceñidme ya, y acabe mi martirio; Ceñidme con presteza Un lienzo alrededor de la cabeza. Para tronchar un lirio, ¿Te ha de faltar denuedo? No mudes de color: hiere sin miedo.