Spanish poem
¡Aún Más Subir! ¿A Dónde
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
¡Aún más subir! ¿A dónde Mis pasos lleva la encumbrada vía? ¿Dónde el valle se esconde, Término y fin de la esperanza mía? ¿Dónde brota la fuente Que hace al cadáver renacer viviente? El alma se contrista Del sendero en la bárbara aspereza; La acobardada vista Con agrias peñas por do quier tropieza, Y un monte y otro monte La encarcelan en mísero horizonte. Descubre el Pirineo Altas cimas de hielo coronadas: Yo ¡triste! no las veo; Que cautivar no puede mis miradas Entre las rocas yermas Sino el cristal de las bullentes termas. Estrepitoso zumba Caldarés en la quiebra donde osado De golpe se derrumba, Y de riscos enormes contrastado, Embravecido ruge, Y alza sus olas con doblado empuje. Mas yo aparto los ojos Del río y de los fúlgidos cambiantes Aúreos, de plata y rojos Que pinta en las espumas vacilantes La luz del claro cielo: Son otras linfas las que ver anhelo. Más allá de la puente, Ya el importuno estruendo se aminora Del rápido torrente, Y al fin el eco mudo lo devora, Como el orgullo calla Cuando traslinda la funérea valla. Nada el silencio augusto Conturba allí de la pendiente senda; No hay plácido ni adusto Pájaro cuya voz el aire hienda: Sólo en el hueco seno Braman, tal vez, el huracán y el trueno. Falta en aquella altura Aliento al ave que volando sube; Sólo cruzar segura Puede la esfera la ondulante nube, Que da con forma extraña Pomposo pabellón a la montaña. Ya se irgue aquí lozano El roble fuerte, el pinalbar derecho, Y al pie del avellano Convida el césped con florido lecho, Donde a la fresca sombra, Despierta sueño la fragante alfombra. Allí yace escondida De Plandigón la deliciosa vega, De rocas circuída, Cuya empinada cumbre al cielo llega: La nieve que las viste Cuarenta siglos ha que al sol resiste. Guste mi labio ardiente, Guste pronto el licor maravilloso Que aplaque dulcemente La congoja del pecho fatigoso, Carcoma de mi vida. ¡Oh! dadme la benéfica bebida. Quité al fin de la boca El vaso, limpio de sangrienta mancha. ¡Oh! ya esperar me toca, Ya confiado el corazón se ensancha, Sin miedo de que quiebre Mis venas ya la devorante fiebre. ¡Qué insólita alegría Por mi espíritu débil se derrama! Pujante lozanía Mis desmayados órganos inflama, Y en vivas ansias arde De hacer el pecho de su fuerza alarde. Y suelto me encaramo De los peñascos por la frente inhiesta, Donde con silbos llamo Al ganado que pace en la floresta, O el manantial sorprendo Que se desgaja de la cumbre huyendo. O bien en el estanque, De mil arroyos con la ofrenda rico, Doy al batel arranque, Y cuando el remo a gobernar me aplico, Cada vez que le hundo, Círculos abro, imágenes confundo. Y elévase la mente, Y la bóveda azul atravesando, Miro al OMNIPOTENTE Con el dedo en los montes señalando Su giro a los raudales, Piscina milagrosa de los males. Y alabo el santo nombre Del justo Juez que al imponer la pena De su soberbia al hombre, De dádivas espléndido le llena, Con que robusto y fuerte Retarde la victoria de la muerte. ¿Por qué ignotos canales, Señor, esas corrientes encaminas? ¿Qué ricos minerales O qué gases vivíficos combinas Allá en el antro rudo Que vista humana penetrar no pudo? ¿Cuál es la lumbre que hace Que hiervan los copiosos surtidores? ¿De qué, gran Dios, su diferencia nace De temple y de sabores? El orbe me contesta: «Un HÁGASE mi fábrica le cuesta». Asilo solitario Que la proscrita paz halló en España, Dichoso santüario Que el fiero Marte perdonó en su saña, Tú cuyas auras quietas No turbó el son de bélicas trompetas; Cuando de ti me aleje, Sufre que en esta losa de granito Reconocido, deje Mi obscuro nombre por mi mano escrito, En muestra de que debo A tu favor el existir de nuevo. ¡Así cuando sonara De mi postrer anhélito la hora, Pía mano llegara A mis labios en copa bienhechora Tu licor dulce tibio, Mágico elixir de salud y alivio! Entonces en sus brazos Risueña la esperanza me acogiera, Y los mortales lazos Sin sentirlo mi espíritu rompiera, Y de dolor exento, Vivido hubiera hasta el fatal momento.