Spanish poem
Vaya Usted Con Dios, Patrona
by Juan Eugenio Hartzenbusch (1806–1880)
Vaya usted con Dios, patrona; Rosita, abur: anda, Bruna.— Ya se marcharon, ya estoy Libre de que me interrumpa La vieja con sus regaños, La niña con sus diabluras, Y la zafia Maritornes Con sus rondeñas de Asturias. ¡No tener para este jueves, Que es mi turno de lectura, Por más que haga en mis legajos Escrupulosa rebusca, Ni una imprecación al sol, Ni un madrigal a la tumba! ¡Dar equivocadamente Para empapelar azúcar. Ayer mi romance esdrújulo Sobre el ósculo de judas! Por fin, dos horas me quedan; Y si me sopla la musa, Saldré airoso del empeño En que me miro sin culpa. ¿Por qué pecado, Señor, Mereció mi triste pluma Que para escribir en verso No pueda cogerla nunca, Sin que al momento a mi puerta Cien importunos acudan? Ya el alcalde de mi barrio Para un informe me busca; Y cuando ve que no puedo Responder a su pregunta, Me encaja la historia entera De Don Gaspar Buena-púa. Ya los que suben a ver Cierta vestal andaluza, Llamados desde el balcón Con gitanas guiñaduras, Trocando su alegre cuarto Con mi tétrica zahúrda, Mi campanilla quebrantan Que suena como una zumba. Ya un Calderón de diez años Largamente me consulta Sobre el efecto que espera Que en el teatro produzcan Los gemidos de la dama Cuando la hieren a obscuras, Si se remeda a lo lejos El canto de la lechuza. Ya un vecino que padece Fiebre tercianaria turca, Regala a su cara cónyuge Con la más tremenda zurra: Vuelan los pucheros, se oyen Maldiciones tremebundas, Alborótase el cotarro, Cunde en la calle la bulla, Y al gritar un alguacil: «¡Favor a Isabel Segunda!» Tengo a fuer de miliciano Que danzar en la trifulca. Hoy hay paz: aprovechemos Tan dichosa coyuntura.— ¿Qué asunto para escribir Tomaré? Mas ¿quién lo duda? ¿Qué objeto para mis versos Mejor que mi dulce Curra? Una letrilla a sus ojos, Su lunar o su cintura. Principiemos. «Ángel bello Que la Providencia suma...» Adiós, ya llamaron. Llamen; Que aunque la casa confundan, No me muevo del asiento.— ¡Pues la cachaza me gusta! ¿A qué porfía ese bárbaro Cuando ve que no le escuchan? Señor, ¿quién será? Lo voy a ver por la cerradura. Sea por Dios: es el mozo De la compañía. —Lucas, ¿Qué quieres? —Que pague usted Sin dilación esa multa.— ¿Por qué? —Por haber faltado Antes de anoche a la junta.— Bien: toma. —¿Quiere usted dar Ahora lo de la música?— Lo de la música. —El cabo Don Hilarión Sanahuja Está enfermo hace tres meses; Y a los gastos de la cura Se le añaden los de madre, Abuelo, la hermana viuda, Diez hijos, y un sobrinito Que le enviaron de Osuna. Se ha abierto una suscrición Para socorrer su angustia, Y... —Para Don Hilarión. ¿Hay otra jorobadura?— No, señor— ¡ah! que esta noche Le toca a usted de patrulla.— Anda con mil de a caballo, Y mira si te desnucas Esta vez en la escalera, Para que otra no la subas. ¡Por mi fe que el privilegio De lucir las fornituras, Es ganga que va a llevarme Al hospicio en derechura! Paciencia y bolsa me gastan, Tiempo y voluntad me usurpan: Un santo con charreteras Voy a ser, como lo sufra. ¡Tierno Garcilaso! tú Celebrabas la hermosura En medio de los horrores De marcial hórrida lucha; Y yo no agarro el fusil Sin que envidie la fortuna De quien usa un guante menos, O anda en un pie como grulla.— Una pobre. —Dios la ampare.— Por la Virgen... —No me aturda. Soy poeta. —Ya escapó. Tal razón ¿a quién no asusta?— Esto es mejor: ¡que si quiero Chorizos de Extremadura! No se come cerdo en casa.— Moros son aquí, sin duda.— Me parece que es preciso Ir a buscar quien me supla, Porque pensar hoy leer Yo en el Liceo, es locura.— ¡Cielo santo! en la escalera Ya suena la voz aguda De mi patrona, que vuelve Riñendo como acostumbra, Y sube también con ella Don Sempronio de Larruga, El hijo más hablador De la playa de Sanlúcar. Ya se colaron en casa: ¡Bendiga Dios la cordura De la vieja que les dice Que no vuelvo hasta la una! Pero ¿cuántos han entrado? ¡La curiosa doña Justa, Paco Mochuelo el manolo, La filarmónica Julia, Y el gangoso Don Tomás Y Blasa la tartamuda! No sabiendo que hay aquí Un pobrete a quien le turban, Ríen, corren, gritan, charlan En infernal baraúnda. Uno al piano se pone, Otro la guitarra pulsa, Este silba, el otro baila, Quien aplaude, quien se burla. Pide Don Tomás silencio; No le hacen caso: se atufa; Vuelve a instar: no le aprovecha; Pero le ocurre ¡oh ventura! Apostrofarles en verso, Dando voces furibundas: Y mientras él se enronquece, Y no le oyen o le bufan, Sus versos le copio y cumplo Con mi turno de lectura. Charlatanes sempiternos, Que al mundo servís de estorbo, Lléveos el cólera morbo Por la posta a los infiernos; Y el suplicio con que allí Os castigue Radamanto, Para que os abrume tanto Como vosotros a mí, Sea oír siempre leer Versos ramplones y fríos, Tan malos como los míos; Peores, si puede ser.