Spanish poem
El Filósofo En El Campo
Bajo una erguida populosa encina, cuya ancha copa en torno me defiende de la ardiente canícula, que ahora con rayo abrasador angustia el mundo, tu oscuro amigo, Fabio, te saluda. Mientras tú, en el guardado gabinete a par del feble ocioso cortesano sobre el muelle sofá tendido yaces, y hasta para alentar vigor os falta, yo en estos campos por el sol tostado, lo afronto sin temor, sudo y anhelo; y el soplo mismo que me abrasa ardiente, en plácido frescor mis miembros baña. Miro y contemplo los trabajos duros del triste labrador, su suerte esquiva, su miseria, sus lástimas, y aprendo entre los infelices a ser hombre. ¡Ay Fabio, Fabio! en las doradas salas, entre el brocado y colgaduras ricas, el pie hollando entallados pavimentos, ¡qué mal al pobre el cortesano juzga! ¡qué mal en torno la opulenta mesa, cubierta de mortíferos manjares, cebo a la gula y la lascivia ardiente, del infeliz se escuchan los clamores! Él carece de pan; cércale hambriento el largo enjambre de sus tristes hijos, escuálidos, sumidos en miseria; y acaso acaba su doliente esposa de dar ¡ay! a la patria otro infelice, víctima ya de entonces destinada a la indigencia y del oprobio siervo; y allá en la corte, en lujo escandaloso nadando en tanto, el sibarita ríe entre perfumes y festivos brindis, y con su risa a su desdicha insulta. Insensibles nos hace la opulencia, insensibles nos hace. Ese bullicio, ese contino discurrir veloces mil doradas carrozas, paseando los vicios todos por las anchas calles; esas empenachadas cortesanas, brillantes en el oro y pedrería del cabello a los pies; esos teatros, de lujo y de maldades docta escuela, do un ocioso indolente a llorar corre con Andrómaca o Zaida, mientras sordo al anciano infeliz vuelve la espalda que a sus umbrales su dureza implora; esos palacios y preciosos muebles, que porque más y más se infle el orgullo, labró prolijo el industrioso china; ese incesante hablar de oro y grandezas; ese anhelo pueril por los más viles despreciables objetos, nuestros pechos de diamante tornaron; nos fascinan, nos embebecen y olvidar nos hacen nuestro común origen y miserias. Hombres, ¡ay! hombres, Fabio amigo, somos, vil polvo, sombra, nada; y engreídos cual el pavón en su soberbia rueda, deidades soberanas nos creemos. «¿Qué hay», nos grita el orgullo, «entre el colono de común, y el señor? ¿Tu generosa antigua sangre, que se pierde oscura allá en la edad dudosa del gran Nino, y de héroe en héroe hasta tus venas corre, de un rústico a la sangre igual sería? El potentado distinguirse debe del tostado arador; próvido el cielo así lo ha decretado, dando al uno el arte de gozar, y un pecho al otro llevador del trabajo. Su vil frente del alba matinal a las estrellas en amargo sudor los surcos bañe, y exhausto expire a su señor sirviendo, mientras él coge venturoso el fruto de tan ímprobo afán, y uno devora la sustancia de mil». ¡Oh, cuánto, cuánto el pecho se hincha con tan vil lenguaje, por más que grite la razón severa y la cuna y la tumba nos recuerde con que justa natura nos iguala! No, Fabio amado, no; por estos campos la corte olvida; ven y aprende en ellos, aprende la virtud. Aquí, en su augusta, amable sencillez, entre las pajas, entre el pellico y el honroso arado, se ha escogido un asilo, compañera de la sublime soledad; la corte las puertas le cerró, cuando entre muros y fuertes torreones y hondas fosas, de los fáciles bienes ya cansados que en mano liberal su Autor les diera, los hombres se encerraron imprudentes, la primitiva candidez perdiendo. En su abandono triste religiosas en sus chozas pajizas la abrigaron las humildes aldeas, y de entonces con simples cultos fieles la idolatran. Aquí los dulces, los sagrados nombres de esposo, padres, hijos, de otro modo pronuncia el labio y suenan al oído. Del entrañable amor seguidos siempre, y del tierno respeto; no tu vista ofenderá la escandalosa imagen del padre injusto que la amable virgen hostia infeliz arrastra al santüario y al sumo Dios a su pesar consagra por correr libre del burdel al juego; no la del hijo indigno que pleitea contra el autor de sus culpables días por el ciego interés; no la del torpe impudente adulterio en la casada que en venta al Prado sale, convidando con su mirar y quiebros licenciosos la loca juventud, y al vil lacayo, si el amante tardó, se prostituye; no la del impío abominable nieto que cuenta del abuelo venerable los lentos días, y al sepulcro quiere llevarlo en cambio de su rica herencia; del publicano el corazón de bronce en la común miseria, de la insana disipación las dádivas, y el precio de una ciudad en histrïones viles; ni, en fin, de la belleza melindrosa que jamás pudo ver sin desmayarse de un gusanillo las mortales ansias, empero hasta el patíbulo sangriento corre y con faz enjuta y firmes ojos mira el trágico fin del delincuente, lívida faz y horribles convulsiones, quizá comprando este placer impío, la atroz curiosidad te dará en rostro. Otras, otras imágenes tu pecho conmoverán, a la virtud nacido. Verás la madre al pequeñuelo infante tierna oprimir en sus honestos brazos, mientra oficiosa por la casa corre, siempre ocupada en rústicas tareas, ayuda, no ruina del marido; el cariño verás con que le ofrece sus llenos pechos, de salud y vida rico venero; juguetón el niño ríe y la halaga con la débil mano, y ella enloquece en fiestas cariñosas. La adulta prole en torno le acompaña, libre, robusta, de contento llena, o empezando a ser útil, parte en todo tomar anhela y gózase ayudando con manecillas débiles sus obras. En el vecino prado brincan, corren, juegan y gritan un tropel de niños al raso cielo, en su agradable trisca a una pintados en los rostros bellos el gozo y las pasiones inocentes, y la salud en sus mejillas rubias. Lejos, del segador el canto suena entre el blando balido del rebaño que el pastor guía a la apacible sombra, y el sol sublime en el cénit señala el tiempo del reposo; a casa vuelve, bañado en sudor útil, el marido de la era polvorosa; la familia se asienta en torno de la humilde mesa. ¡Oh, si tan pobre no la hiciese el yugo de un mayordomo bárbaro, insensible! Mas expilada de su mano avara, de Tántalo el suplicio verdadero aquí, Fabio, verías: los montones de mies dorada enfrente están mirando, premio que el cielo a su afanar dispensa, y hasta de pan los míseros carecen. Pero, ¡oh buen Dios!, del rico con oprobio, su corazón con reverentes himnos gracias te da por tan escasos dones, y en tu entrañable amor constante fía. Y mientras charlan corrompidos sabios de ti, Señor, para ultrajarte, o necios tu inescrutable ser definir osan en aulas vocingleras, él contempla la hoguera inmensa de ese sol, tu imagen, del vago cielo en la extensión se pierde, siente el aura bullir, que de sus miembros el fuego templa y el sudor copioso, goza del agua el refrigerio grato, del árbol que plantó la sombra amiga, ve de sus padres las nevadas canas, su casta esposa, sus queridos hijos, y en todo, en todo con silencio humilde te conoce, te adora religioso. ¿Y éstos miramos con desdén? ¿La clase primera del estado, la más útil, la más honrada, el santüario augusto de la virtud y la inocencia hollamos? Y ¿para qué? Para exponer tranquilos de una carta al azar ¡oh noble empleo del tiempo y la riqueza! lo que haría próvido heredamiento a cien hogares; para premiar la audacia temeraria del rudo gladiador que a sus pies deja el útil animal que el corvo arado para sí nos demanda; los mentidos halagos con que artera al duro lecho, desde sus brazos del dolor nos lanza una impudente cortesana; el raro saber de un peluquero, que elevando de gasas y plumaje una alta torre sobre muestras cabezas, las rizadas hebras de oro en que ornó naturaleza a la beldad, afea y desfigura con su indecente y asquerosa mano. ¡Oh oprobio! ¡Oh vilipendio! La matrona, la casta virgen, la vïuda honrada, ¿ponerse pueden al lascivo ultraje, a los toques de un hombre? ¿Esto toleran maridos castellanos? ¿El ministro de tan fea indecencia por las calles, en brillante carroza y como en triunfo, atropellando al venerable anciano, al sacerdote, al militar valiente, que el pecho ornado con la cruz gloriosa del Patrón de la patria, a pie camina? Huye, Fabio, esa peste. ¿En tus oídos de la indigencia mísera no suena el suspirar profundo, que hasta el trono sube del sumo Dios? ¿Su justo azote amenazar no ves? ¿No ves la trampa, el fraude, la bajeza, la insaciable disipación, el deshonor lanzarlos en el abismo del oprobio, donde mendigarán sus nietos infelices, con los mismos que hoy huellan confundidos? Húyelos, Fabio, ven, y estudia dócil conmigo las virtudes de estos hombres no conocidos en la corte. Admira, admira su bondad; ve cuál su boca, llana y veraz como su honrado pecho, sin velo, sin disfraz celebra, increpa lo que aplaudirse o condenarse debe. Mira su humanidad apresurada al que sufre acorrer; de boca en boca oirás volar ¡oh Fabio! por la corte esta voz celestial; mas no imprudente en las almas la busques, ni entre el rico brocado blando abrigo al infelice. Sólo los que lo son, sólo en los campos los miserables condolerse saben, y dar su pan al huérfano indigente. Goza de sus sencillas afecciones el plácido dulzor, el tierno encanto; ve su inocente amor con qué energía, con qué verdad en rústicos conceptos pinta sus ansias a la amable virgen, que en mutua llama honesta le responde, el bello rostro en púrpura teñido; y bien presto ante el ara el yugo santo el nudo estrechará que allá forjaran vanidad o ambición, y aquí la dulce naturaleza, el trato y la secreta simpática virtud que unió sus almas. Sus amistades ve; desatendida en las altas ciudades do enmudece su lengua el interés, sólo en el rudo labio del labrador oirás las voces de esta santa virtud, gozarás pura sólo en su seno su celeste llama. Admira su paciente sufrimiento, o más bien llora, viéndolos desnudos, escuálidos, hambrientos, encorvados, lanzando ya el suspiro postrimero bajo la inmensa carga que en sus hombros puso la suerte. El infeliz navega, deja su hogar, y afronta las borrascas del inmenso Oceano, porque el lujo sirva a tu gula, y su soberbio hastío, el café que da Moca perfumado o la canela de Ceilán. La guerra sopla en las almas su infernal veneno, y en insano furor las cortes arden; desde su esteva el labrador paciente, llorando en torno la infeliz familia, corre a la muerte, y en sus duros brazos se libra de la patria la defensa. Su mano apoya el anhelante fisco; la aciaga mole de tributos carga sobre su cerviz ruda, y el tesoro del Estado hinche de oro la miseria. Ese sudor amargo con que inunda los largos surcos que su arado forma, es la dorada espiga que alimenta, Fabio, del cortesano el ocio muelle. Sin ella el hambre pálida... ¿Y osamos desestimarlos? Al robusto seno de la fresca aldeana confiamos nuestros débiles hijos, porque el dulce néctar y la salud felices hallen de que los privan nuestros feos vicios. ¿Y por vil la tenemos? ¿Al membrudo que nos defiende injustos desdeñamos? sus útiles fatigas nos sustentan; ¿y en digna gratitud con pie orgulloso hollamos su miseria, porque al pecho la roja cinta o la brillante placa y el ducal manto para el ciego vulgo con la clara Excelencia nos señalen? ¿Qué valen tantas raras invenciones de nuestro insano orgullo, comparadas con el montón de sazonadas mieses que crio el labrador? Débiles niños, fináramos bien presto en hambre y lloro sin el auxilio de sus fuertes brazos.