Spanish poem
El Abanico
¡Con qué indecible gracia, tan varia como fácil, el voluble abanico, Dorila, llevar sabes! ¡Con qué movimientos has logrado apropiarle a los juegos que enseña de embelesar el arte! Esta invención sencilla para agitar el aire da, abriéndose, a tu mano bellísima el realce de que sus largos dedos, plegándose süaves, con el mórbido brazo felizmente contrasten. Este brazo enarcando, su contorno tornátil ostentas cuando al viento sobre tu rostro atraes. Si rápido lo mueves, con los golpes que bates parece que tu seno relevas palpitante; si plácida lo llevas, en las pausas que haces, que de amor te embebece dulcemente la imagen. De tus pechos entonces, en la calma en que yacen medir los ojos pueden el ámbito agradable. Cuando con él intentas la risita ocultarme que en ti alegre concita algún chiste picante, y en tu boca de rosa, desplegándola afable, de las perlas que guarda revela los quilates, me incitas, cuidadoso, a ver por tu semblante la impresión que te causan felices libertades. Si el rostro, ruborosa, te cubres por mostrarme que en tu pecho, aun sencillo, pudor y amor combaten, al ardor que me agita nuevo pábulo añades con la débil defensa que me opones galante. Al hombro golpecitos, con gracioso donaire, con él dándome, dices: «¿De qué tiemblas, cobarde? »No es mi pecho tan crudo, que no pueda apiadarse, ni me hicieron los cielos de inflexible diamante. »Insta, ruega, demanda, sin temor de enojarme; que la roca más dura con tesón se deshace». Al suelo, distraída, jugando se te cae, y es porque cien rendidos se inquieten por alzarle. Tú, festiva, lo ríes, y una mirada amable es el premio dichoso de tan dulces debates. Mientras llamas de nuevo con medidos compases al fugaz cefirillo a tu seno anhelante, en mis ansias y quejas, fingiendo no escucharme, con raudo movimiento lo cierras y lo abres; mas súbito rendida, batiéndolo incesante, me indicas, sin decirlo, las llamas que en ti arden. Una vez que en tu seno maliciosa lo entraste, yo, suspirando, dije: «¡Allí quisiera hallarme!» Y otra vez ¡ay Dorila! que a mi rival hablaste no sé qué, misteriosa, poniéndolo delante, lloreme ya perdido, creyéndote mudable, y ardiéndoseme el pecho con celos infernales. Si quieres con alguno hacer la inexorable, le dice tu abanico: «No más, necio, me canses». Él a un tiempo te sirve de que alejes y llames, favorable acaricies, y enojada amenaces. Cerrado en tu alba mano, cetro es de amor brillante, ante el cual todos rinden gustoso vasallaje; o bien pliega en tu seno con gracia inimitable la mantilla, que tanto lucir hace tu talle. A la frente lo subes, a que artero señale los rizos que a su nieve dan un grato realce. Lo bajas a los ojos, y en su denso celaje se eclipsan un momento sus llamas centelleantes porque logren lumbrosos, de súbito al mostrarse, su triunfo más seguro y como el rayo abrasen. ¡Ah, quién su ardor entonces resista, y qué de amantes burlándose, embebecen sus niñas celestiales! En todo eres, Dorila, donosa; a todo sabes llevar, sin advertirlo tus gracias y tus sales. ¡Feliz mil y mil veces quien en unión durable, en ti correspondido, cual yo merece amarte!