Versos Spanish Juan Meléndez Valdés Segadores, A Las Mieses

Spanish poem

Segadores, A Las Mieses

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«Segadores, a las mieses, que ya la rubia mañana abre sus rosadas puertas al sol que de oriente se alza. »Un vientecillo agradable sigue su brillante marcha meciendo en volubles ondas del pan las débiles cañas. »¡Ved cómo se pierde entre ellas!, ¡ved cuán susurrante vaga, ora carga y las inclina, ora raudo las levanta! »Los desfallecidos pechos su vital soplo repara, y al trabajo interrumpido con nuevo vigor nos llama, »a par que las avecillas, no bien despiertas el alba saludan con mil gorjeos, trinándole la alborada, »y huyen las lóbregas sombras y el horizonte se inflama, y el luminar de los cielos en su inmenso ardor nos baña. »A las hoces pues, amigos, que el tiempo fugaz se pasa; y miles de espigas de oro nos provocan sazonadas. »De ellas la frente ceñida nos sonríe la abundancia, para henchir nuestros graneros y colmar nuestra esperanza. »Vedlas en qué remolinos de aquí y de allá se esparraman, moviéndose turbulentas como la mar por las playas, »mientras las áridas hojas con su sonido retratan el que forma la mar misma si se aduerme en suave calma, »y en su plácido murmullo haciendo en pos una pausa, tornan rápidas a alzarse y a ondear muy más livianas. »No, pues, tan rico tesoro la pereza desmayada o la ingratitud lo pierdan: seguid alegres mis plantas. »Seguidlas; de un pobre anciano ved cómo las manos flacas os dan del trabajo ejemplo y a las vuestras se adelantan. »Cuando fui mozo, ninguno logró sacarme ventaja, ni en el afán de una siega, ni con el bieldo en la parva; »mas hoy los años me encorvan, y así las fuerzas desmayan cual la pajilla voluble, que el viento a su antojo arrastra. »Sus pues; empezad festivos de la siega la tonada que vago nos vuelva el eco desde la opuesta montaña; »o en acento más sublime y con voces alternadas de la honrosa agricultura resonad las alabanzas, »santificada en Isidro, gloriosa en el godo Wamba, y allá en Edén por Dios mismo al hombre aún sin culpa dada. »El vicio es callado y triste; la inocencia ríe y canta, y el trabajo es pasatiempo cuando el placer lo acompaña. »¡Oh! ¡cómo aquél nos alegra si la bendición alcanza del cielo, que sus larguezas ora por doquier derrama!, »¡Cómo el corazón se goza recordando las escarchas y aguaceros con que enero el ancho suelo inundaba! »Aquellos hielos y lluvias son las selvas erizadas que hoy veis de doradas mieses, y un Dios bueno nos regala. »Éste es el orden que puso con su omnipotencia sabia al tiempo, que raudo vuela con igualdad siempre varia. »Así el sustento atesora de esa infinidad que vaga de vivientes por la tierra, o tiende al viento las alas. »Todos a su providencia cual menesterosos claman, y en sus manos paternales piedad y alimento hallan. »Hállelo el pobre en las vuestras: si de ellas tal vez se escapa quebrada la rica espiga, guardaros bien de apañarla. »Con negligencia oficiosa dejadla, amigos, dejadla a arbitrio de la indigencia, que sigue vuestras pisadas. »En ella su pan del día de vuestra bondad aguarda la inocencia desvalida o la ancianidad cansada. »Este pan es una deuda: así la tierra nos paga cuanto un día le fiamos con usuras duplicadas. »Así nos dan liberales grato refrigerio el agua, el aire vital aliento, el sol su creadora llama. »No, pues, cuando más profusa de sus dones hace gala y a sus hijos su ancha mesa Naturaleza prepara; »cuando la veis, que riente de gavillas circundada y de riquísimas frutas en común a todos llama, »o por árida codicia o por vil desconfianza, en nos solos vinculemos los tesoros de sus gracias. »De ellos vive el ave, y parte la hormiga en sus trojes guarda; téngala también el pobre que humilde nos la demanda, »y lleve con su hacecillo, cual si un tesoro llevara, el consuelo y la alegría a su mísera morada, »donde postrados acaso sobre otras míseras pajas, ya sus pequeñuelos hijos de hambre transidos le aguardan. »Así al buen Dios imitamos que nos da con mano franca; agradarle abrir las nuestras, y enojarle es el cerrarlas. »Abridlas, pues; y sus dones entre todos se repartan, que él los da a todos, y a todos su inefable amor abraza». Esto Plácido decía a la puerta de su granja en medio sus segadores, que como a padre le acatan; Plácido, en cuyo semblante la inocencia de su alma y el respeto impresos brillan en sus venerables canas. Alzando las corvas hoces con bulliciosa algazara todos al anciano siguen, y él alegre les gritaba: «Segadores, a las mieses, que ya la rubia mañana abre sus rosadas puertas al sol que de oriente se alza».