Versos Spanish Juana Ines de La Cruz Que Expresan El Sentimiento Que Padece Una Mujer Amante, De Su Marido Muerto

Spanish poem

Que Expresan El Sentimiento Que Padece Una Mujer Amante, De Su Marido Muerto

by

Listen in the reader

A estos peñascos rudos, mudos testigos del dolor que siento —que sólo siendo mudos pudiera yo fiarles mi tormento, si acaso de mis penas lo terrible no infunde lengua y voz en lo insensible—, quiero contar mis males, si es que yo sé los males de que muero; pues son mis penas tales, que si contarlas por alivio quiero, le son, una con otra atropellada, dogal a la garganta, al pecho espada. No envidio dicha ajena: que el mal eterno que en mi pecho lidia, hace incapaz mi pena de que pueda tener tan alta envidia; es tan mísero estado en el que peno, que como dicha envidio el mal ajeno. No pienso yo si hay glorias; porque estoy de pensarlo tan distante, que aun las dulces memorias de mi pasado bien, tan ignorante las mira de mi mal el desengaño, que ignoro si fue bien, y sé que es daño. Esténse allá en su esfera los dichosos: que es cosa en mi sentido tan remota, tan fuera de mi imaginación, que sólo mido, entre lo que padecen los mortales, lo que distan sus males de mis males. ¡Quién tan dichosa fuera, que de un agravio indigno se quejara! ¡Quién de un desdén llorara! ¡Quién un alto imposible pretendiera! ¡Quién negara, de ausencia o de mudanza, casi a perder de vista la esperanza! ¡Quién en ajenos brazos viera a su dueño, y con dolor rabioso se arrancara a pedazos del pecho ardiente el corazón celoso! Pues fuera menor mal que mis desvelos, el infierno insufrible de los celos. Pues todos estos males tienen consuelo o tienen esperanza, y los más sin iguales solicitan o animan la venganza; y sólo de mi fiero mal se aleja la esperanza, venganza, alivio y queja. Porque ¿a quién sino al cielo, que me robó mi dulce prenda amada, podrá mi desconsuelo dar sacrílega queja destemplada? Y él, con sordas, rectísimas orejas, a cuenta de blasfemias pondrá quejas. Ni Fabio fue grosero ni ingrato, ni traidor; antes, amante con pecho verdadero, nadie fue más leal ni más constante: nadie más fino supo, en sus acciones, finezas añadir a obligaciones. Sólo el cielo, envidioso, mi esposo me quitó; la Parca dura, con ceño riguroso, fue sólo autor de tanta desventura. ¡Oh Cielo riguroso, oh triste suerte, que tantas muertes das con una muerte! ¡Ay dulce esposo amado! ¿Para qué te vi yo? ¿Por qué te quise, y por qué tu cuidado me hizo, con las venturas, infelice? ¡Oh dicha, fementida y lisonjera, quién tus amargos fines conociera! ¿Qué vida es esta mía, que rebelde resiste a dolor tanto? ¿Por qué, necia, porfía, y en las amargas fuentes de mi llanto atenuada, no acaba de extinguirse, si no puede en mi fuego consumirse?