Spanish poem
Horridum Somnium
¡Cuántas noches de insomnio pasadas En la fría blancura del lecho, Ya abrevado de angustia infinita, Ya sumido en amargos recuerdos, Perturbando la lóbrega calma Difundida en mi espíritu enfermo, Como errantes luciérnagas verdes Del jardín en los lirios abiertos, Ha venido a posarse en mi alma Áureo enjambre de sacros ensueños! Cual penetran los rayos de la luna, Por la escala sonora del viento, En el hosco negror del sepulcro Donde yace amarillo esqueleto, Tal desciende la dicha celeste, En las alas de fúlgidos sueños, Hasta el fondo glacial de mi alma Cripta negra en que duerme el deseo. Así he visto llegar a mis ojos En la fría tiniebla etreabiertos, Desde lóbregos mares de sombra Alumbrados por rojos destellos, A las castas bellezas marmóleas Que, ceñidos de joyas los cuerpos Y una flor elevada en las manos, Colorea entre eriales roqueños El divino Moreau; a las frías Hermosuras de estériles senos Que, cual flores del mal, han caído De la vida al oscuro sendero; A Anactoria, la amada doliente, Emperlados de sangre los pechos Y encendidos los ojos diabólicos Por la fiebre de extraños deseos; A María, la virgen hebrea, Con sus tocas brillantes de duelo Y su manto de estrellas de oro Centelleando en sus largos cabellos; A la mística Eloa, cruzadas Ambas manos encima del pecho Y tornados los húmedos ojos Hacia el cálido horror del Infierno; Y a Eleonora, la pálida novia, Que, ahuyentando la sombra del cuervo, Cicatriza mis rojas heridas Con el frío mortal de sus besos. Mas un día —¡oh, Rembrandt!, no ha trazado Tu pincel otro cuadro más negro— Agrupados en ronda dantesca De la fiebre los rojos espectros, Al rumo de canciones malditas Arrojaron mi lánguido cuerpo En el fondo de fétido foso Donde ariados croajaban los cuervos. Como eleva la púdica virgen Al dejar los umbrales del templo, La mantilla de negros encajes Que cubría su rostro risueño, Así entonces el astro nocturno, Los celajes opacos rompiendo, Ostentaba su disco de plata En el negro azulado de cielo. Y, al fulgor que esparcía en el aire, Yo sentí deshacerse mis miembros, Entre chorros de sangre violácea, sobre capas humeantes de cieno, En viscoso licor amarillo Que goteaban mis lívidos huesos. Alrededor de mis fríos depojos, En el aire, zumbaban insectos Que, ensanchados los húmedos vientres Por la sangre absorbida de mi cuerpo, Ya ascendían en rápido impulso Ya embriagados caían al suelo. De mi cráneo, que un globo formaba Erizado de rojos cabellos, Descendían al rostro deforme, Saboreando el licor purulento, Largas sierpes de piel solferina Que llegaban al borde del pecho Donde un cuervo de pico acerado Implacable roíame el sexo. Junto al foso, espectrales mendigos Sumergidos los pies en el cieno Y rasgadas las ropas mugrientas, Contemplaban el largo tormento Mientras grupos de impuras mujeres, En unión de aterrados mancebos, Retorcían los cuerpos lascivos Exhalando alaridos siniestros. Muchos días, llenando mi alma De pavor y de frío y de miedo, He mirado este fúnebre cuadro Resurgir a mis ojos abiertos, Y al pensar que no pude en la vida Realizar mis felices anhelos, Con los ojos preñados de lágrimas Y el horror de la muerte en el pecho, Ante el Dios de mi infancia pregunto: —«Del enjambre incesante de ensueños Que persiguen mi alma sombría De la noche en el frío silencio, ¿Será sólo el ensueño pasado el que logre palpar mi deseo En la triste jornada terrestre? ¿Será el único ¡oh Dios! verdadero?»