Spanish poem
Heme Ya Al Fin Desconsolado Y Solo
by Julio Flórez
Heme ya al fin desconsolado y solo, de pie sobre el abismo de la muerte rendido al peso del injusto dolo. Ayer gigante y atrevido y fuerte, hoy sin aliento en mi postrer asilo me doblego al impulso de la suerte. La fiera saña con su helado filo me rompe el corazón y despedaza de mi existencia abrumadora el hilo. ¿Quién mi camino hacia la muerte traza? ¿Quién ríe en mi tenaz desasosiego? Mi espíritu a las sombras ¿quién enlaza? El pueblo colombiano, audaz y ciego, sin pensar que rompí las ligaduras que lo ataron ayer, atiza el fuego que esconde mi dolor, y en las oscuras y tristes nieblas de una playa arroja al que calmó sus hondas desventuras. Y al arrojarme así, no se sonroja porque me ve sin fuerzas, impelido por mi dolor... como una débil hoja... ¡Y ah! Si responde a mi postrer gemido, responde cual responde la cascada a los gritos del mar enfurecido: ¡con el son de una eterna carcajada! Oh pueblo que en tu cólera me hieres y ahora cubres de baldón mi espada; si con mi muerte en la aflicción creyeres que la Patria se salva del abismo adonde rueda, no me vituperes y llámala al instante... que yo mismo bajaré entre tus brazos a la tumba... ¿Cuándo cupo en mi ser el egoísmo? ¿Qué importa, Patria, que por ti sucumba si has de vivir en paz? ¡La civil guerra con un soplo fatal postra y derrumba el honor y la fe sobre la tierra, como el bronco aquilón de las montañas las altísimas cumbres de la tierra! Esta profunda soledad me irrita, este impío y sacrílego abandono que a la sorda inacción me precipita... El silencio acibara más mi encono, aunque al fin... —¡Oh enemigos de mi gloria, siempre viles e ingratos: ¡Yo os perdono! A veces sacudiendo este marasmo que me agobia y me mata, el pensamiento vuelvo hacia atrás con altivez y pasmo, y miro y miro el inmortal portento de mi incansable ardor, y brego y lucho y rápido y violento como el viento me lanzo al fin y del cañón escucho retumbar el horrísono estampido en Junín, Carabobo y Ayacucho. Y torno a Boyacá, y allí, severo me complazco en mirar el solitario campo fatal para el león ibero. Boyacá, sí... resurge la batalla, el terrible combate vuelve a empezar; —¡estalla la metralla! Cruzan como centellas los aceros; óyese el rechinar del acicate y el fustazo tenaz de los llaneros. Atruena la comarca el vocerío; rostros lívidos se alzan y gestean mientras las olas del cercano río con las blancas espumas juguetean ante el choque frenético y sombrío. De súbito un estruendo retumba...; otro después, trémulo, largo. Es el bronco cañón que está rugiendo y sembrando la muerte; sin embargo nadie tiembla. La lucha se exaspera; ya la fusilería el desastre derrama por doquiera, y entre humo y sangre y rabia y gritería, como una errante y voladora hoguera, como arrebol de ensangrentado día, para nuestro pendón... nuestra bandera. Anzoátegui, de pronto a la cabeza de un batallón asoma; hermoso en su fiereza como que vivas tempestades doma. ¡Y con empuje irresistible ataca, hiere, rompe, destroza y aniquila cuanto descubre entre la nube opaca de polvo que le ciega la pupila! ¿Todo en vano? Otro estruendo se deja oír, y en medio del combate aparece Rendón, que presintiendo el final fatal, remueve el acicate en el ijar de su corcel de guerra, y de un largo escuadrón heroico guía, el paso firme al enemigo cierra, y lleno de furor todo lo abate, temblar haciendo en derredor la tierra. Me parece que aún oigo el estruendo del galope diabólico y tremendo. En ese instante, en el confín remoto, resuena bronca y larga una sola descarga como la inmensa voz de un terremoto. Un nubarrón de arena envuelve densamente a los patriotas. ¡Allí Rondón entre las filas rotas, hosco sacude la feral melena! Todos avanzan, todos temerarios, como un ciclón a las contrarias filas, como una tempestad de sagitarios llenas de incendio y odio las pupilas. ¿Imposible vencer? ¿Ilusión loca? ¿Nunca la ola romperá la roca? La confusión se expande y es cada vez más grande. Mil fauces se abren trágicas y gritan. Los brutos se encabritan y parten desbocados como por Aquilón arrebatados. Rondón se hace legión: busca al ibero, lo persigue, lo acosa sudoroso terrible y altanero como una espiral vertiginosa. Allí Rondón no es hombre ni es guerrero: ¡es una humana tempestad gloriosa entre una viva tempestad de acero! En tanto los ibéricos infantes, con la rodilla en la tierra, hunden las bayonetas deslumbrantes con estrago que aterra en los húmedos pechos palpitantes de los raudos corceles que muestran a la tarde, agonizantes, tintas en sangre las lustrosas pieles. Como un mar polvoriento que en un instante se volcase a un mismo tiempo, como un tumulto del abismo, rápidos como el viento los compañeros de Rondón revuelven sus corceles indómitos, flexibles, que a modo de visiones intangibles parece que en el polvo se disuelven. El español se pasma ante tan alta heroicidad, y mudo como un enorme y lívido fantasma, ante choque tan rudo, huye despavorido por entre la asfixiante polvareda que sobre el llano ensangrentado queda flotando como un velo estremecido mientras la noche por el campo rueda. En la loca desbandada el español ejército se aleja, y al refugiarse en los vecinos montes el campo libre a los patriotas deja, en tanto que en la bóveda enlutada, alumbrando los nuevos horizontes blande la roja Libertad su espada. Después... todo se esfuma en la luenga campaña cual si viese, allá tras de la bruma, un desmoronamiento de montaña. Así contemplo ahora al adversario, así vuelvo a luchar... todo lo arrostro, más ¡ay de mí!, soberbio visionario. —¡Sueño! —me digo— y con afán me postro de rodillas, y al fin moja mi llanto las profundas arrugas de mi rostro. ¡Qué implacable martirio es la memoria! Si recordar mis luchas no pudiera, hoy que se intenta emborronar mi historia, en esa soledad, cuán feliz fuera, cuán feliz a la sombra de mis males ¡sin el recuerdo bárbaro, muriera! ¡Mas, ay! No sé por qué tan desiguales son las sentencias que dictó el destino: ¿El Dolor y el Placer no son rivales? ¿Por qué, a un tiempo, al pasar, falto de tino, recuerdo nos hiere y nos acosa y nos riega de flores el camino? No sé; pero en la vida tormentosa a la vez que nos punza nos halaga aún en el borde de la misma fosa. Si un punto el fuego del dolor apaga, pronto se ve que su caricia extrema deja en el pecho palpitante llaga. Sin embargo, le llamo en mi suprema y horrible angustia, aunque al sentir su influjo, sé que su roce mi cerebro quema. En rapidez al rayo sobrepujo entonces, y me lanzo en el pasado cual de la costa el mar en su reflujo, y recorro el camino ayer hollado por mis pies; mas, con hondo desconsuelo, vuelvo a mí más herido y fatigado... Tiende por fin su tembloroso velo el sueño bienhechor sobre mis ojos cansados ya de levantarse al cielo y en tanto que mi espíritu de hinojos se eleva a Dios, mi cuerpo desvalido descansa entre miserias y entre abrojos, y vuelvo a despertar más compungido con mi dolor sin término, quemante como el hierro en llama enrojecido, y contemplo las nubes de levante, y al mirarlas paréceme que auguran mi ocaso entre la noche horripilante. ¡Ellas que el éter en su vuelo apuran al fin se desvanecen: ellas tanto como mis goces y entusiasmos duran! Quiero morir; el duelo me quebranta; las fuerzas me abandonan; morir quiero; Tanta es mi postración, mi pena tanta que aniquila mi ser. Ya sólo espero que Dios apague en mi garganta fría el fragor de mi grito lastimero. ¡Me acusas de ambicioso en tu osadía! ¡OH pueblo ingrato, sin pensar acaso que es una formidable cobardía! Tú me lanzaste en pavoroso ocaso y yo sin fuerzas, de rencor desnudo, ya casi voy a detener el paso. ¿Quién me llama? ¿La muerte? Y bien, acudo. Vértigo horrible agobia mi cabeza, se va el dolor desesperadamente, agudo... Mis párpados se cierran ¡Oh tristeza! vas a morir también... Pero, ¿qué miro? Las sombras huyen y la aurora empieza. ¿Qué pasa en mi redor? ¿Sueño? ¿Deliro? A lo lejos un pueblo entusiasmado me aclama sin cesar, y un vago giro presenta ante mi vista modelado mi cuerpo en bronce... En tanto, sin abrigo muero; pero mi gloria ha principado: ¡Pueblo sin corazón, yo te bendigo!