Spanish poem
Lástima Que Mi Estrofa A Ti Descienda
by Julio Flórez
Lástima que mi estrofa a ti descienda y tenga que azotar tus desnudeces; porque, di: ¿no es verdad que no mereces tanto, en esta fatídica contienda? Carcelero sin Dios y sin enmienda: Por ti mi santa madre alza sus preces, y tú la haces llorar... y hasta las heces apurar el dolor la copa horrenda. Escucha: tu banquete está servido; tu mesa es del más duro calicanto, tu manjar, un cadáver desleído; tu convidado fúnebre: ¡el espanto! Tu música, un sollozo, ¡un alarido! Sangre, tu vino rojo, y tu agua... ¡llanto! Nadie quiere tu muerte; vive, vive y vive eternamente. El mal que has hecho renace cada día en todo pecho, y es tan grande... ¡que apenas se concibe! Nadie quiere tu muerte; el que recibe tu inmundo ultraje, como yo, y maltrecho siente su corazón, tiene derecho para verte vivir... ¿quién lo prohíbe? Nadie quiere tu muerte; ojalá ahora Jesús resucitara, que de fijo al conocer tu garra destructora, al ver que siempre tu maldad se agranda, como a Ahsverus diría el gran Dios-Hijo: ¡Anda, monstruo, no mueras, anda, anda! Una noche rondaste mi aposento... ¿Qué buscabas allí, mísero espión? ¿Allí, donde ha oficiado el pensamiento, allí, donde ha gemido un corazón? ¡Qué! ¿Buscabas la flor de un sentimiento? ¿Una «Gota de Ajenjo», una canción? ¡No!... ¡Todo lo husmeaste y con tu aliento impuro inficionaste mi mansión! Y después, ordenaste a tus manadas de sabuesos inmundos, perro infiel, arrojar a la calle destrozadas y mustias mis coronas de laurel... Coronas que no estaban empapadas cual las tuyas, en ¡sangre, llanto y hiel! Lamiéndote las garras espantosas y ávido de matanza todavía, te desplomaste al fin, en pleno día, émulo de los Francias y los Rosas. Ya las cadenas fuertes y ruidosas no se oirán más en la mazmorra fría; ni a tu señal, despótica y sombría, llenarán tus cadalsos nuevas fosas. Si hoy nadie acusa tu felino anhelo y abundan los cipreses y los sauces porque tú lo quisiste —lodo y hielo—, de tu hecatombe al ver los rojos cauces, yo, un vencido, incorpórome en el suelo ¡para escupirte las sangrientas fauces! Todo te he perdonado, todo, menos ¡las gotas de dolor que tú le hiciste derramar a mi madre!...¡Hoy ya no existe la que me dio la savia de sus senos! Vi sus ojos sin brillo, antes serenos, y vi su rostro demacrado y triste cuando salí de la prisión. ¡Tú fuiste su matador, verdugo de los buenos! Jesús no vio llorar a la que un día le diera el ser: ¡oh no! Con santo encono deshecho hubiera la feroz jauría. Mas, si la vio llorar y ansiando el trono del cielo, perdonó... yo, madre mía, al que te hizo llorar, ¡no lo perdono!