Spanish poem
A la soledad del campo
by Julio Zaldumbide Gangotena (1833–1887)
A ti me acojo, soledad querida, en busca de la paz que mi alma anhela en su ya inquieta y procelosa vida; mi nave combatida por la borrasca de la mar del mundo, esquiva ya su viento furibundo, y en busca de otro viento sosegado dirige a ti su desgarrada vela, ¡oh!, puerto deseado en que la brisa de bonanza vuela.
Tú levantas el ánimo caído, bálsamo das al pecho lacerado, das nueva vida al corazón helado, y aliento nuevo a su vigor perdido. El alma que perdió su lozanía y fuerza soberana, junto con su ilusión y su alegría, allá en la estéril sociedad humana, en tu repuesto asilo, en tu seno tranquilo feliz respira al fin; sus ya enervadas alas despliega, y remontando el vuelo, halla para espaciarse un vasto cielo, y recobrada la calor perdida, con vida nueva torna a amar la vida; así el ave, encerrada dentro la estrecha jaula, se entristece, pierde luego el vigor desalentada, y en su prisión doliente desfallece; pero si encuentra acaso la salida que en su afán vigilante vio cerrada, dejando libre paso a la partida, rauda se lanza a la región del viento, y el orgulloso vuelo desplegando se espacia por el ancho firmamento.
Heme ya libre del tropel humano, y contigo, ¡oh Natura, a solas heme, y con tus montes y extendido llano! Heme lejos, en fin, del aire impuro que respiran las míseras ciudades, sin oír el de dolor vago lamento que en su recinto oscuro se escucha sin cesar: ¡Héme aspirando bajo tu abierto cielo inmensurable, con placer inefable, el aire libre, embalsamado y puro; y en vez de humanas voces, escuchando el apacible acento, la melodiosa voz del vago viento!
En tu augusto retiro, ¡oh soledad!, los hombres olvidemos, la vista separemos del teatro infeliz de los mortales. Caos de confusiones, angustioso espectáculo de males, furioso mar que ruge alborotado, do silba el huracán de las pasiones, do se oye el alarido desgarrado, y el eternal suspiro que elevan a la par los corazones.
Demos todo al olvido: los hombres y su mundo corrompido. Deja a mi corazón, antes opreso por insufribles penas, respirar libre de su enorme peso; deja que mi alma rompa las cadenas con que la ató el dolor, y alzando el vuelo se espacie alegre por tu inmenso cielo; y deja, en fin, que tienda la mirada, tanto tiempo a un mezquino y nebuloso espacio reducida, por la verde campiña dilatada, por tus claros y abiertos horizontes y el rudo aspecto de sus grandes montes.
Bajo tu amparo, en tu sereno asilo, ¡oh soledad!, yo viviré tranquilo; yo olvidaré la angustia de la vida, no sentiré su peso, vagando en tu pradera florecida, y por el fresco laberinto errando de tu amena floresta y bosque espeso, yo desoiré la voz de mis dolores por la canción del aura entre tus flores, y el murmurar de la apacible fuente, que baña tus jardines, resbalando entre lirios y rosas mansamente. Y en tu retiro y deleitable calma iranse poco a poco disipando algunas sombras de mi triste frente, y el padecer del alma.
¡Oh! vosotros que dais, árboles bellos, sombra a la tierra, al aire galanura; aves alegres que moráis en ellos y con canciones adormís las horas; volubles vientos que mecéis festivos las copas cimbradores; diáfanas fuentes que esparcís frescura al prado, al aire, a la arboleda oscura; arroyos fugitivos que corréis por hallar muelle reposo dentro del huerto umbroso, y entre las flores plácido remanso... ¡Árboles, aves, vientos, aguas puras, llegó por fin el día, que tanto ansié, de haceros compañía! Vengo en vosotras a buscar descanso, vengo a olvidar mis crueles amarguras; de hoy más, junto a vosotros, vuestra vida será también la mía.
Cuando el alba las puertas del Oriente, coronada de aureolas de oro, abra al rey del espacio refulgente, uniré la voz mía al de las aves armonioso coro, por saludar al sol del nuevo día; y cuando éste, inclinado al Occidente, recoja su llameante vestidura en los tendidos cielos esparcida, yo y la bella natura, que queda lamentando su partida, nuestro adiós le daremos de amargura.
Y así en este continuo y dulce giro de días y de noches, con la naturaleza en grata comunión, huirá la vida entre contento y paz; ya no el suspiro se oirá en mis labios, ni en mi frente erguida las sombras se verán de la tristeza... ¡Oh! ¡Diérame la suerte aquí vivir, ajeno de pesares, y aquí esperar la muerte, arrullando con plácidos cantares el sueño arrebatado de las horas, pues que son, como un sueño, voladoras!