Versos Spanish Leandro Fernández de Moratín El Filosofastro

Spanish poem

El Filosofastro

by (1760–1828)

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Ayer Don Ermeguncio, aquel pedante locuaz, declamador, a verme vino en punto de las diez. Si de él te acuerdas, sabrás que no tan solo es importuno, presumido, embrollón, sino que a tantas gracias añade la de ser goloso más que el perro de Filis. No te puedo decir con cuántas indirectas frases y tropos elegantes y floridos me pidió de almorzar. Cedí al encanto de su elocuencia, y vieras conducida del rústico gallego que me sirve ancha bandeja con tazón chinesco rebosando de hirviente chocolate (ración cumplida para tres prelados benedictinos), y en cristal luciente, agua que serenó barro de Andújar; tierno y sabroso pan, mucha abundancia de leves tortas y bizcochos duros, que toda absorben la poción süave de Soconusco, y su dureza pierden. No con tanto placer el lobo hambriento mira la enferma res, que en solitario bosque perdió el pastor; como el ayuno huésped el don que le presento opimo. Antes de comenzar el gran destrozo, altos elogios hizo del fragante aroma que la taza despedía, del esponjoso pan, de los dorados bollos, del plato, del mantel, del agua; y empieza a devorar. Mas no presumas que por eso calló: diserta y come, engulle y grita, fatigando a un tiempo estómago y pulmón. ¡Qué cosas dijo! ¡Cuánta doctrina acumuló, citando vengan al caso o no, godos y etruscos! Al fin, en ronca voz: "¡Oh edad nefanda, vicios abominables! ¡Oh costumbres! ¡Oh corrupción!" exclama, y de camino dos tortas se tragó. "¡Qué a tanto llegue nuestra depravación, y un placer solo tantos afanes y dolor produzca a la oprimida humanidad! Por este sorbo llenamos de miseria y luto la América infeliz, por él Europa, la culta Europa en el Oriente usurpa vastas regiones, porque puso en ellas naturaleza el cinamomo ardiente; y para que más grato el gusto adule este licor, en duros eslabones hace gemir al atezado pueblo que en África compró, simple y desnudo. ¡Oh! ¡qué abominación!" Dijo, y llorando lágrimas de dolor, se echó de un golpe cuanto en el hondo cangilón quedaba. Claudio, si tú no lloras, pues la risa llanto causa también, de mármol eres, que es mucha erudición, celo muy puro, mucho prurito de censura estoica el de mi huésped; y este celo, y esta comezón docta, es general locura del filosofador siglo presente. Más difíciles somos y atrevidos que nuestros padres, más innovadores, pero mejores no. Mucha doctrina, poca virtud. No hay picarón tramposo, venal, entremetido, disoluto, infame delator, amigo falso, que ya no ejerza autoridad censoria en la Puerta del Sol, y allí gobierne los estados del mundo, las costumbres, los ritos y las leyes mude y quite. Próculo, que se viste y calza y come de calumniar y de mentir, publica centones de moral. Nevio, que puso pleito a su madre y la encerró por loca, dice que ya la autoridad paterna ni apoyos tiene ni vigor, y nace la corrupción de aquí. Zenón, que trata de no pagar a su pupila el dote, habiéndola comido el patrimonio que en su mano rapaz la ley le entrega, dice que no hay justicia, y se conduele de que la probidad es nombre vano. Rufino, que vendió por precio infame las gracias de su esposa, solicita una insignia de honor. Camilo apunta cien onzas, mil, a la mayor de espadas, en ilustres garitos disipando la sangre de sus pueblos infelices, y habla de patriotismo... Claudio, todos predican ya virtud, como el hambriento don Ermeguncio cuando sorbe y llora... Dichoso aquél que la practica y calla.