Spanish poem
Sí, La Pura Amistad, Que En Dulce Nudo
by Leandro Fernández de Moratín (1760–1828)
Sí, la pura amistad, que en dulce nudo nuestras almas unió, durable existe, Jovino ilustre; y ni la ausencia larga, ni la distancia, ni interpuestos montes y proceloso mar que suena ronco, de mi memoria apartarán tu idea. Duro silencio a mi cariño impuso el son de Marte, que suspende ahora la paz, la dulce paz. Sé que en obscura, deliciosa quietud, contento vives, siempre animado de incansable celo por el público bien, de las virtudes y del talento protector y amigo. Estos que formo de primor desnudos, no castigados de tu docta lima, fáciles versos, la verdad te anuncien de mi constante fe; y el cielo en tanto vuélvame presto la ocasión de verte y renovar en familiar discurso cuanto a mi vista presentó del orbe la varia escena. De mi patria orilla a las que el Sena turbulento baña, teñido en sangre, del audaz britano, dueño del mar, al aterido belga; del Rhin profundo a las nevadas cumbres del Apenino, y la que en humo ardiente cubre y ceniza a Nápoles canora, pueblos, naciones visité distintas. Útil ciencia adquirí, que nunca enseña docta lección en retirada estancia; que allí no ves la diferencia suma que el clima, el culto, la opinión, las artes, las leyes causan. Hallarasla sólo, si al hombre estudias en el hombre mismo. Ya el crudo invierno que aumentó las ondas del Tibre, en sus orillas me detiene, de Roma habitador. ¡Fuéseme dado vagar por ella, y de su gloria antigua contigo examinar los admirables restos que el tiempo, a cuya fuerza nada resiste, quiso perdonar! Alumno tú de las Musas y las artes bellas, oráculo veraz de la alma historia, ¡cuánta doctrina al afluente labio dieras, y cuántas, inflamado el numen, imágenes sublimes hallarías en los destrozos del mayor imperio! Cayó la gran ciudad que las naciones más belicosas dominó, y con ella acabó el nombre y el valor latino; y la que, osada, desde el Nilo al Betis sus águilas llevó, prole de Marte, adornando de bárbaros trofeos el Capitolio, conduciendo atados al carro de marfil reyes adustos, entre el sonido de torcidas trompas y el ronco aplauso de los anchos foros; la que dio leyes a la tierra; horrible noche la cubre, pereció. Ni esperes en la que existe descendencia obscura, torpe, abatida, del honor primero, de la antigua virtud hallar señales. Estos desmoronados edificios, informes masas que el arado rompe, circos un tiempo, alcázares, teatros, termas, soberbios arcos y sepulcros, donde (fama es común) tal vez se escucha, en el silencio de la sombra triste, lamento funeral, la gloria acuerdan del pueblo ilustre de Quirino, y sólo esto conserva a las futuras gentes la señora del mundo, ínclita Roma. ¿Esto y no más, de su poder temido, de sus artes quedó? ¡Que no pudieron ni su virtud, ni su saber, ni unida tanta opulencia, mitigar del hado la ley tremenda o dilatar el golpe? ¡Ay! si todo es mortal, si al tiempo ceden, como la débil flor, los fuertes muros; si los bronces y pórfidos quebranta, y los destruye, y los sepulta en polvo, ¿para quién guarda su tesoro intacto el avaro infeliz? ¿a quién promete nombre inmortal la adulación traidora, que la violencia ensalza y los delitos? ¿por qué a la tumba presurosa corre la humana estirpe vengativa, airada, envidiosa...? ¿de qué?, si cuanto existe, y cuanto el hombre ve, todo es rüinas. Todo, que a no volver huyen las horas precipitadas, y a su fin conducen de los altos imperios de la tierra el caduco esplendor. Solo el oculto numen que anima el universo, eterno vive, y él sólo es poderoso y grande.