Spanish poem
En Memoria De Mi Perro "Baudelaire"
Del raído jergón en que yacía mi perro moribundo, alzó la testa, la gran testa escultórica, orgulloso y altivo, como un dios agonizante. En sus ojos, profundos y febriles, súbitamente se encendió un relámpago de amor inmenso. Mi tristeza entonces quiso asomarse a mis pupilas para dar un adiós a aquel amor sublime. La bestia, estremecida con temblores de ternura, miró caer mi llanto, y con un rudo y soberano gesto de angustia y de dolor —¡Gracias!— me dijo. Después, con lentitud doliente y grave, tras la fatiga del supremo empuje, como en un cabezal, reclinó el perro la gran testa escultórica en el muro. Pero sus ojos tristes, triste, tristes, me siguieron hablando: «Es la primera vez que no te obedezco, no me llames, ya te voy a dejar, amado mío. »Viví por ti, por ti, para atraerme todas las emociones de tu alma, tus goces, tus pesares y tus sueños; para buscarte en todo, porque eras mi única aspiración. A una caricia de tu mano, a un acento, a una apacible mirada, se dormían mis instintos, y un ser inteligente, amable, dócil, generoso, leal, siempre dispuesto al sacrificio, fui, bajo el encanto de tu voz, tu caricia o tu mirada. ¿Quién te amó más que yo, sin un instante de duda, de desdén o de abandono; sin una gratitud, sin un olvido, sin dejar de ser tuyo, siempre tuyo? Fui el compañero insomne de tus penas, un guardián en el peligro. Fui tu siervo en el placer, tu amigo en el quebranto, tu jovial camarada en la alegría. Acuérdate: se fueron los efímeros amores, la ilusión y la esperanza; cantando se alejó la nave de oro y nos dejó en la orilla obscura y sola. ¿Qué te quedó del Universo, oh pobre soñador de remotos ideales? Arriba, mucho cielo, el impasible; abajo, mucha tierra, la infecunda. Y yo que era la piedad; un átomo de vida unido a ti por misteriosos enlaces. Y marchamos. ¿Hacia dónde? ¿al Bien? ¿al Mal? No importa; íbamos juntos. Yo fui el festejador de tus sonrisas, el cantor de tus negras soledades, yo vigilé tus tristes pensamientos, yo comí el pan mojado con tus lágrimas. En el silencio del hogar sin lumbre yo consolé tus noches de delirio, y clavando mis ojos con los tuyos te pregunté ¿qué tienes? ¿por qué lloras? Ya ves, me voy, te dejo; me entristece pensar en que no habrá quien te acompañe por el camino, como yo, besando tus huellas en el polvo del sendero. Te quedas con los hombres, los que olvidan, los que traicionan, los que engañan, solo, mirando hacia los cielos impasibles, en pie sobre la tierra despiadada. Mi muerte no es la tuya; tú sucumbes, y, transformado, asciendes a otros mundos; yo fui materia que te amó, no tengo alma con que esperarte en otra vida. Tú eres inmortal; sueñas que, errante, por ese mar azul y luminoso, buscarás, de astro en astro, la imposible quimera de tu espíritu. Yo vuelvo a pudrirme en el fango del que salen el monstruo y el reptil, flores y estrellas. Mas... cree en el amor, existe; mira, soy una prueba de que existe: toma aliento y fe de mi postrer mirada...» Y un último relámpago en sus ojos el amor encendió. Gracias, le dije, y me incliné a besar la moribunda cabeza de aquel dios agonizante. Los tardíos luceros de la noche se desleían; un helado viento como un soplo de muerte, recorría la llanura en tinieblas; y en el fondo, tras un alcor, un árbol se agitaba como dedo que niega. Lentamente, sobre el negro ataúd del horizonte, un crespón blanco apareció en la sombra y se extendió como triunfal bandera por el contorno azul de la montaña. Yo, arrodillado en el jergón raído en que mi perro agonizaba, estuve por instantes sin fin, absorto en una honda meditación. Un gran misterio rodeábame... Y uno de mis niños se asomó a la ventana de la alcoba y me gritó: Papá, ¡muy buenos días!