Spanish poem
Sor Juana Inés de la Cruz
Miras furtivamente, las cejas juntas, y cual niñas traviesas a la ventana asoman a tus ojos las preguntas. ¿Quieres saber cuál es mi vida, hermana?
Parece que me dices:—«¡Pobre viajero! Se ve que estás cansado. ¿Por qué sendero arrastraste la vida? ¿Por qué viniste a surcar estos mares como un aventurero? ¿Por qué estás siempre solo, callado y triste?»
Soy uno de la errante caravana de Caín. El desierto me vió pasar, hermana; pasé fácil al sueño, dócil a la alegría; bien dispuesto al pecado y a la melancolía. El mal filtró en mi vida su fragante veneno. Fuí malo, y—¡Dios lo sabe!—siempre quise ser bueno. De todos los placeres ninguno me da encanto tan hondo y tan sincero como el placer del llanto. De todas las virtudes, para mí, la más alta, es la piedad. ¡El mundo la necesita tanto! Toda vida es estéril si la piedad le falta. Tu Dios, ¿no es una inmensa piedad? Pues es el mío: a Él la piedad humana va como al mar el río.
Hermana: yo he gozado todas las impurezas, y he sufrido la angustia de todas las tristezas. Un día hallé un oasis en el camino; una fuente en la arena bajo una palma. El cielo era una joya, y el divino crepúsculo tenía piedad y calma.
Me senté rodeado de todos mis cariños: una canción, un sueño, una anciana y tres niños. Y esperé. Lentamente, la tarde iba abriendo en la penumbra su estrella pensativa. Y la noche llegaba, luminosa y risueña, diciéndome: Reposa; ama; medita; sueña. Por el rosado ambiente, brillante de reflejos de sol la caravana de Caín, a lo lejos, se perdía, abrumada con todas sus miserias, con todos sus pecados, con todas sus histerias. Y yo desfallecía, pleno de confianza, solo con mis amores; solo con mi esperanza...
No vino la piadosa muerte, no vino; la vida, deshaciéndose en torbellino, desató sus furores contra mi suerte. Me castigó la vida, no la muerte. (Y aun se debate el alma, sumergida en el inmenso asombro de la vida.) Me empujaron las fuerzas de mi destino incierto a la sombra, a la noche y al desierto. Y aquí estoy. Hace tiempo que el mundo he recorrido en busca de una paz y de un olvido. Arrastré sufrimientos por tierras y por mares; y he secado mis ropas en ajenos hogares.
Así, en un tono lírico, te cuento el cuento; y siento que tú me compadeces mientras yo te lo cuento. A tus ojos, que brillan bajo las cejas juntas, ya no salen curiosas las preguntas. Ya lo dije: soy uno de la gran caravana de Caín; el desierto me vio pasar, hermana.
No sé ni lo que busco, ni lo que espero: caí, y al levantarme, perdí el sendero. Besé mi cruz. Y sigo: y amo mi pena. Compadéceme, hermana, tú que eres buena: soy más desventurado que aventurero.