Spanish poem
Segunda Divagación
Este es el romance vulgar del hombre sepultado en el mar.
Fué en la noche. Estaba el mar alterado y taciturno cual si protestase de que le volvieran sepulcro. Tenia brillos siniestros de plata vieja; y obscuros manchones; y parecía terciopelo azul y sucio.
Un cordón de extrañas testas, como goyesco dibujo, se inclinó en la barandilla de estribor—hilo de frutos fantásticos—: los curiosos miraban serios y mudos.
En el alba de aquel día, abajo, entre fuego y humo de máquinas, dos vulcanos riñeron, y cayó uno. El homicida, a la barra; y el muerto, al mar. Era justo. —Los de arriba, los felices, ¡qué saben de fuego y humo! Mas la noticia era trágica y original, y entretuvo.—
En la negrura del casco se abrió una escotilla; un brusco resplandor amarillento hirió las aguas, y, al punto, una cárdena linterna apareció y echó un fúlgido torrente de sangre, en el mar, que enrojeció de súbito.
Chirriaron cordeles, y salió el ataúd, de rudos tablones, balanceándose sobre el abismo, un minuto.
El capellán, invisible, rezó en alta voz algunos latines. Dos marineros —el cordel entre los puños— fueron dejando caer, en su líquido sepulcro, el ataúd. Se abrió el mar compasivo y taciturno; y argentado y azul, era como un palpitante túmulo.
Resplandecían los astros en el horizonte adusto, y entre las sombras, fingían ojos de mirar ceñudo. En aquel supremo instante me acordé de Víctor Hugo. «¡Un hombre al mar!» Sin embargo, el buque no se detuvo. Algunas gotas de llanto; algunas caras de susto; algún dicho filosófico; algún chiste audaz y estúpido...
El barco, lleno de luz, siguió tranquilo su rumbo. Sonó el piano en el salón; tocaron un vals los músicos; se cantó el Vorrei morir, se aplaudió algún cuento burdo.
Tres vaporosas cocottes y cuatro monoclos lúcidos mezclaban champagne y risas en la cámara de lujo. Hervía el piccolo mondo en un regocijo absurdo.
Sólo la hélice gemía, solo el mar llevaba luto.