Spanish poem
El Hombre
by Manuel Acuña
Allá va... como un átomo perdido Que se alza, que se mece, Que luce y que después desvanecido Se pierde entre lo negro y desaparece. Allá va... en su mirada Quién sabe qué fulgura de profundo, De grande y de terrible... Allá va, sin destino vagabundo, Tocando con su frente lo invisible, Con sus plantas el mundo... ¿De dónde vino...? Preguntadlo al caos Que dio forma a los seres De su potente voz al «levantaos»; Decídselo a la nada, Que ella, tal vez, sabrá cual fue la cuna De ese arcángel vestido con harapos A que llamamos hombre; Que ella, tal vez, sabrá de donde vino Ese titán pigmeo Tan grande y tan mezquino, ¿Del lodo? puede ser; pero su frente Está demasiado alta para el lodo; ¿Del cielo? puede ser; pero la tumba, Donde concluye todo, No dista de sus plantas más que un paso, Y si fuera del cielo, debería Ya que tiene un ocaso, Tener también su oriente como el día. Aborto incomprensible de la nada Que lo lanzó, destello de su abismo, Esperad esperad a que las sombras Entre sus negros pliegues os cobijen, Que allí tal vez, escrito entre esos pliegues Encontraréis su origen... Esperad el momento en que se os abra Negro y aterrador ante los ojos, Ese libro de sangre donde labra La triste muerte en caracteres rojos De sus calladas víctimas el nombre, Y allí veréis, acaso, la palabra Que os ayude a saber quién es el hombre.
Y entretanto... allá va... Solo... en el mundo Que tiembla con su peso de gusanos Y que al mirarle se estremece y duda; Sobre la tierra inmensa Que le siente su rey y le saluda, Que le siente su dios v que le inciensa. Allá va... soberano cuya frente Circunda por diadema el infinito, Monarca cuyo trono omnipotente Es el trono de mármol y granito Tallado por los buitres en la roca; Y que marcha, y que marcha dominando Lo mismo en lo que ve y en lo que toca, Desnudo y mendigando Un pedazo de pan para su boca.
Polluelo de ese cóndor de lo obscuro Que se llama el misterio, Y que sin alas y sin luz se lanza Por el supremo espacio de la idea En pos de una esperanza... Polluelo que dormido entre la noche Sueña ver una estrella, Y enamorado de ella, y atrevido, Se escapa de su nido Creyéndose capaz de ir hasta ella; Quién sabe anoche en su delirio blando Qué luz o qué ilusión distinguiría En medio de esas nubes caprichosas Que pueblan, al soñar, la fantasía; Quién sabe lo que en su alma Durante la embriaguez germinaría; Pero capullo que despierta rosa Con los halagos de la brisa amante, Él, creciendo de formas en el sueño, Durmió pequeño y despertó gigante. Y «El Universo es mío» Clamó al sentirse poderoso y fuerte, Y agitando su cráneo en el vacío, Sin escuchar la ruda carcajada Que como eco a su voz daba la muerte, «¡Adelante!» —se dijo— «¡El mundo es poco Para encerrar mi espíritu... hasta el cielo!» Y sin mirar siquiera por donde iba, Se lanzó despeñado como un loco, Con la mirada arriba... siempre arriba.
Sonámbulo que duerme y deja el lecho Al supremo mandato De yo no sé qué voz grande y divina Que alzándose en su pecho Le sorprende y le grita poderosa: «¡Levántate y camina...!» Pisando aquí una espina y una rosa, Y más allá una rosa y una espina, El hombre con un cielo de esperanzas Germinando en montón en su cerebro, Sigue a tientas y a obscuras por la senda Desde antes a sus pasos señalada, Soñando... y en los ojos una venda Que con sus pliegues lóbregos y espesos Le impide que comprenda Su marcha entre sepulcros y entre huesos.
Y allá va ...¡pobre niño que aún suspira Como en los dulces tiempos de la infancia! Mas dejadle seguir, y será el hombre Que haga nacer la vida del osario. El apóstol sin nombre, Que Dios admire y que mortal asombre Lo mismo en el Tabor que en el Calvario. Dejadle caminar, dejad que siga El vuelo de su genio por los mares, Y mañana ese niño Será el anciano pálido y fecundo, Que, moderno criador, haga que brote Del seno de las olas otro mundo.
Allá va... con un tronco por apoyo Y un girón miserable por abrigo, Valiente y ambicioso y soberano. Bajo su mismo harapo de gitano Y su corteza sucia de mendigo. ¿Qué busca? ni aun él sabe Lo que busca en su loco devaneo... Ni aun él acierta a definir ese algo Que le hace encontrar siempre su deseo; Pero titán del sueño que en la sombra Forja un espacio y a escalarlo sube, Él, mientras pisa en el inmundo cieno, Se duerme con el pie sobre una nube.
Soñar... esa es la vida, ese es el puente Que entre la cuna y el sepulcro media, El papel miserable de Iviviente, De la existencia vil de la comedia: Soñar un cielo en que revueltos vagan Hermosos y magníficos vapores, La esperanza, la dicha, La gloria y el placer y los amores; ¡Ondinas que se tienden por el aire Al despuntar la vida, allá a lo lejos Y que con ella crecen y con ella Mueren entre los últimos reflejos!
Y, hermoso cisne que en el limpio lago Agitando las olas con su pluma, Ve brotar de su juego al dulce halago Mil copos blancos de rizada espuma, Y arroja un canto dolorido y vago Al mirarlos perderse entre la bruma El hombre en su tristeza, Al ver rodar sus blancas ilusiones, Sin colores, sin luz y sin belleza, De la noche que empieza Por yo no sé qué lóbregas regiones; Suspirando y en lágrimas deshecho Ante la triste realidad que asoma, Arranca un ¡ay! terrible de su pecho, Y luego, al dar un paso, se desploma.
Atleta del dolor, de nuevo emprende La lucha formidable Con ese gladiador de las tinieblas Que se llama el destino; Y cantando y sonriendo Para insultar la palpitante pena Que le destroza el corazón mezquino, Lanza un grito feroz y entra a la lucha... Pero, vencido al fin, rueda en la arena Que su alma es poca y su amargura es mucha.
Y entonces... cuando hambriento de placeres Soñándolos su presa, Se mira débil y abatido y solo Sobre el obscuro borde de la huesa, Recuerda el Dios a quien por darle culto Él se fingiera omnipotente y bueno; Pero al sentir dentro del alma oculto Del pesar y el dolor todo el veneno, En su miseria misma Lo ve pequeño, pobre, Y cogiendo del cieno en que se arrastra Miserable reptil con su congoja, Burlándose de su ídolo, a la frente Como un supremo insulto se lo arroja.
Después... el aire de la muerte zumba Con su bramar inquieto, El átomo vacila, y... se derrumba... La tierra es una tumba... El hombre un esqueleto.
Todo acabó... la noche de la nada Confundiendo en sus pliegues Todo eso grande que la mente forma Y que en el cráneo encierra, Sólo dejó al pasar, como en recuerdo Un pedazo de tierra... Y allí... ¿qué hay más allá...? ¿Qué encuentra el hombre Tras ese velo negro que separa La luz de las tinieblas...? ¿Es en la tumba, acaso, donde toca, Viéndola cara a cara, Esa ilusión que en su carrera loca Convertida en vapor se le escapara? ¿Es allí donde encuentra los perfumes Y las notas dulcísimas y suaves Que no pudieron darle en sus encantos Las flores ni las aves...? O luminoso punto que camina Partiendo de la nada, Por un círculo estrecho, y que termina Su existencia mezquina Allí donde ha empezado la jornada ¿Concluye en el sepulcro Que sus despojos últimos recibe? ¿Es allí donde muere para siempre? ¿Es allí para siempre donde vive? ¡Quién sabe...! Nuestra mente No alcanza a descifrar esos arcanos Escritos entre huesos y mortajas Por yo no sé qué fétidos gusanos... Remueve y busca en el inmundo hueco Donde ha visto rodar un ser inerme, Y sin hallar a sus preguntas eco, Sólo ve un cráneo seco Que entre sus antros asquerosos duerme Y entretanto... allá va... Luz tenebrosa Cuyo destino y cuyo ser esconde La impenetrable niebla del abismo... Allá va... tropezando y caminando ¡Sin comprender adónde, Sin comprenderse él mismo...!