Spanish poem
Yo No Sé Si El Señor Horacio Flaco
by Manuel Acuña
Yo no sé si el señor Horacio Flaco Fue quien se alzó el primero, Echando a noramala la cultura y hablando de la dicha y la ventura Que se goza viviendo a lo ranchero; Yo no sé si el buen vate poseería Quinta o hacienda, o lo que allá se estile, Ni si viviendo en ella se hallaría Cuando dio en escribir su Beatus ille; Pero el hecho y el caso Es que desde él a Rosas, Sin contar a Fray Luis y a Garcilaso, No hay poeta que no hable a cada paso De la vida del campo y de sus cosas; Y tanto de magnífico y de bueno Nos dicen de esa vida, Y tanto nos repiten la escondida Senda y la fruta del cercado ajeno. Que ganas dan de veras De comprar unas buenas chaparreras, De abandonar el fieltro por el ancho, El bastón por la reata, Y adiós diciendo a la ciudad ingrata, A caballo o a pie lanzarse a un rancho. Y como esos señores Saben decirlo y presentarlo todo Con ese memodeodo Exclusivo a los buenos escritores, De aquí resulta en consecuencia clara, Que ante cuadros tan bellos y felices, Más de cuatro lectores Se quedan con un palmo de narices Y soñando en rediles y pastores. De estos cuatro entusiastas, el que menos Es seguro que exclama: «¡Oh! ¡la vida del campo! ¡Cuan hermoso Debe de ser en la abrasada siesta Gozar de la frescura y del reposo, Cabe la margen del riachuelo undoso Que corre serpenteando en la floresta!» O bien si se halla cerca la señora Con la que piensa dar en el busilis, Y que tiene por fuerza que ser Filis Desde el momento en que entre a labradora, Le dirá: «Por la tarde, Filis mía, Nos iremos al monte, y desdo el monte Verás cuan grato es al morir el día El cuadro que presenta el horizonte». Y esto, que ciertamente Es de una grande y poética belleza, Le parece al señor tan convincente, Que sin andarse en chicas Ni pensarlo primero, Se mete de ranchero en la confianza De que el dolor no puede ser ranchero. ¡Ahí ¡si yo refiriera una por una Las víctimas que debe Este error, en el siglo diez y nueve Va haciéndose tan raro por fortuna! Sin caminar más lejos, Yo que conmigo aun no me reconcilio Por haberme buscado esa desgracia; Yo soy el más completo verbi gracia De un mártir de su amor por el idilio. Diome hace tiempo ya por la manía De leer y releer cuanto a mis manos Sobre la vida pastoril caía, Y tanto di en pensar noche y día Sobre los bienes rústicos y urbanos, Que convencido al fin de que la corte Solo es del mal y del dolor la senda, Exclamé: ¡Que el demonio te soporte...! Y después de pedir mi pasaporte Me puse en dirección para una hacienda. Aún no asomaba el rubicundo Febo Poniendo al universo como nuevo, Y el saltador y alegre jilguerillo Aun no alzaba su canto entre las breñas, Cuando yo y mi tordillo, Un animal muy bruto por más señas, Atravesando cerros y asustando Aquí a un conejo y más allá a una liebre; Íbamos ya en vereda y caminando Yo en busca de un hogar y él de un pesebre. Después de una hora larga De correr y correr a la ventura, A despecho y pesar de mi andadura Que protestaba ya contra la carga, Más que pesada, dura, Y más que dura y que pesada, amarga, Pues era nada menos mi amargura; Después de una hora impía De correr y de andar inútilmente, Sin poder distinguir ni aun vagamente Las señales de alguna ranchería, Dimos por fin con una Donde cansados ya de correr tanto, Mi animal se alzó y dijo: ¡qué fortuna! Y yo me bajé y dije: ¡aquí me planto! Hacerlo, y que tres perros Se me echaran encima, fue todo uno; Pero a la voz de alarma, Salieron de la choza unos pastores, Y cogiendo unas piedras, que son la arma De que se valen siempre esos señores, A su sola presencia fué acabando Del camino furor hasta el residuo, Y yo pude por fin en eco blando Cantar la instalación de mi individuo. —¡Oh habitantes felices De esa comarca rústica y tranquila...!— Les dije yo tan luego Que vi los canes en lugar seguro. —Yo vengo aquí tras del feliz sosiego Que en la alma del labriego Derrama este aire embalsamado y puro, Cansado de la vida Que se lleva en la corte aborrecida; Yo vengo con el mal que me destroza Y que gimiendo mi zampona exhala, A que me deis un sitio en vuestra choza, Media torta de pan... y una zagala.— Así fue, sobre poco más o menos, El pequeño y tristísimo discurso Que improvisé al mirarme entre el concurso De aquellos hombres rústicos y buenos; Y media hora después, una pastora, No Flérida ni Arminda, Pero, eso sí, tan linda Que casi era una chica encantadora, Se presentó a mi vista completando Con un trozo de pan que me traía Las tres cosas aquellas, Y haciéndome gozar con todas ellas, De modo que yo dije: ¡aquí es la mía! Nunca lo hubiera dicho, O por mejor decir, no lo hubiera hecho, Pues apenas sintió ella sobre su hombro Un beso que le di en mi desvarío, Cuando con triste asombro, Cayó de mi ilusión sobre el escombro Un bofetón de Dios y Señor mío... Después de que comí aquel pan amargo Al que hizo más amargo este detalle, De mi fe y de mis creencias en descargo Pronuncié suspirando un sin embargo, Y me puse en camino para el valle... Allí, pensaba yo, mientras seguía El mejor y más cómodo sendero, Allí bajo de un olmo Encontraré un consuelo en mi tristeza, Ya que la pérfida esa A mi pena y dolor ha puesto colmo; Bajo sus verdes y brillantes hojas Iré a llorar la pena que me mata; Y si la muy ingrata Va a reírse aún allí de mis congojas, Pues que en mi tierno y ardoroso ahínco Ni una sonrisa de su amor merezco, O le hago comprender lo que padezco, O le hago comprender ¡cuántas son cinco! Pero, señor, en el bendito valle, Como en la alma de un poeta de veinte años. Todo estaba tan seco y tan marchito Como ella a los primeros desengaños; Los árboles sin ramas y sin hojas, La hierba macilenta y amarilla, Y en medio de este cuadro y a lo lejos, Un arroyo estancado, a cuya orilla Rumiaban con afán dos toros viejos. Ante tal panorama, Yo que soñaba coronar mi frente Con las flores cogidas a una rama De las verdes y muchas de la fuente; Yo que soñaba en recrear mi oído Con la canción dulcísima y sabrosa Del tordo filarmónico escondido Cabe las ramas de la selva umbrosa, Me senté sobre el tronco de un encino Y me puse á llorar con tantas ganas, Que los cielos al verme y al oírme Llorar con un dolor tan verdadero, Empezaron también recio y de firme A gemir y a llorar un aguacero. ¡Ay! cómo y cómo entonces Extrañe los simones de la plaza Y cómo fue aquel líquido elemento Que entraba hasta mis huesos poco a poco, El mejor y más sólido argumento Para obligarme a ver que estaba loco, Cuando llegué a la choza, las estrellas Brillaban ya en el éter indeciso, Y en derredor del fuego Que alumbraba muy poco ciertamente, Me hallé con que a la ley de un uso añejo, Vero para ellos bueno y necesario, Bajo la voz de un viejo, un poco viejo, Rezaban todos juntos el rosario. Esto sí no es conmigo, Me dije yo al primer Santa María, Viendo que no era aquella la más propia Ocasión de salvarme del infierno; Y encontrando en la fe que mí alma acopia, Que aquella copia era muy mala copia Para darle el valor de un Padre Eterno; Y como el sueño, gente que no reza, Me estaba ya doblando la cabeza Y yo empezaba ya a sentir en mi alma Sus primeras y dulces vaguedades, Me decidí a dormir en santa calma Para acabar con tantas necedades... —El sueño por lo menos Me hará gozar de la ilusión que ansío— Pensaba yo temblando ¡Y estremecido todo por el frío! —Y como ellos me han puesto en este brete Que peor no puede ser según barrunto, Evocaré a Fray Luís y a Navarrete ¡Y les diré lo que hay sobre el asunto...!— Y me dormí... pero una santa gota Que cayendo del techo Con una precisión constante y rara, Bajaba desde el techo hasta la cara Para seguir después por todo el pecho, Me obligó a despertar en el instante En que soñaba yo, lleno de galas, Bailar bajo la luz de un sol brillante Entre un grupo magnifico y radiante De blancas y bellísimas zagalas. ¡Ah! y lo que roncan esas buenas gentes Que a los más fuertes árboles destroncan, Y que hacen tanto ruido con los dientes Que parece mentira lo que roncan: Nunca me hubiera yo ni sospechado Ver por aquellos mundos, Reunidos y durmiendo lado a lado Tantos bajos profundos... Así es que hallando aquello peor que el rezo, Pues era una calumnia contra el arte, Le di gracias a Dios, y después de eso, Me largué con la música a otra parte. Metido entre un trigal y decidido A terminar con él, lo que era fácil No estando muy crecido, Me encontré al animal de mi caballo Tan dado y atareado en su faena, Que a no ser por un medio Muy usado y común entre animales, Probablemente no hallo otro remedio De sacarlo de aquellos andurriales. Y aún no asomaba iluminando al mundo La dulce claridad del rubicundo, Y la pastora aquella Aun se alzaba a ver la última estrella, Cuando cansado ya de ser tan loco Y de soñar en lo que ya no pasa, Rompí de mi ilusión las dulces redes Y me volví a la corte y a mi casa, Donde estoy a las órdenes de ustedes.
Beatus ille;
escondida
Senda y la fruta del cercado ajeno
memodeodo
busilis
en chicas
¡qué fortuna!
¡aquí me planto!
¡aquí es la mía!
sin embargo,
¡cuántas son cinco!
simones
Santa María,
bajos profundos...
Me largué con la música a otra parte.