Versos Spanish María de Zayas y Sotomayor Estragos que causa el vicio

Spanish poem

Estragos que causa el vicio

by (1590–1653)

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Ya llego, Cupido, al ara; ponme en los ojos el lienzo; pues sólo por mis desdichas ofrezco al cuchillo el cuello.

Ya no tengo más que darte, que pues la vida te ofrezco; niño cruel, ya conoces el poco caudal que tengo.

Un cuerpo sin alma doy; que es engaño, ya lo veo; mas tiéneme Fabio el alma, y quitársela no puedo.

Que si guardaba la vida, era por gozarle en premio de mi amor; mas ya la doy con gusto, pues hoy le pierdo.

No te obliguen las corrientes que por estos ojos vierto; que no son por obligarte, sino por mi sentimiento.

Antes, si me has de hacer bien, acaba, acábame presto, para que el perder a Fabio y el morir lleguen a un tiempo.

Mas es tanta tu crueldad, que porque morir deseo, el golpe suspenderás más que piadoso, severo.

Ejecuta el golpe, acaba, o no me quites mi dueño; déjame vivir con él, aunque viva padeciendo.

Bien sabes que sola una hora vivir sin Fabio no puedo; pues si he de morir despacio, más alivio es morir presto.

Un año, y algo más, ha que sin decirlo padezco, amando sin esperanzas, que es la pena del infierno.

Ya su sol se va a otro oriente, y a mí, como a ocaso negro, quedándome sin su luz, ¿para qué la vida quiero?

Mas si tengo de morir, amor, ¿para qué me quejo? Que pensarás que descanso, y no descanso, que muero.

Ya me venda amor los ojos, ya desenvaina el acero; ya muero, Fabio, por ti, ya por ti la vida dejo.

Ya digo el último adiós. ¡Oh, permita, Fabio, el cielo, que a ti te dé tantas dichas como yo tengo tormentos!

En esto decir quiero que muero, Fabio, pues que ya te pierdo, y que por ti, con gusto, Fabio, muero.

«Al prado, en que espinas rústicas crían mis humores Sálicos, que de ausencias melancólicas es fruto que da mi ánimo,

salgo a llorar de un cruelísimo olvido de un amor trágico, que si fuera dichosísimo, catara en estilo jácaro.

Que como visión fantástica, ni aun de mis ojos los párpados vieron, pues con voz armónica ganó en el alma habitáculo.

Con sólo acentos científicos goza de mi amor el tálamo, si bien con olvido fúnebre le quita a mi vida el ámbito.

Acentos congojadísimos escuchan aquestos álamos; que pena, sin culpa acérrima le dan al alma estos tártagos.

No canto como oropéndola, ni cual jilguerillo orgánico; más lamento como tórtola cuando está sola en el páramo.

Como fue mi amor platónico, y en él no fue el fuego tácito, no quiso, con fino anhélito, ser trueno, sino relámpago.

Amo sólo por teórica, pagándome con preámbulos, y así ha olvidado, cruelísimo, un amor puro y magnánimo.

¡Ay, prados y secos céspedes, montes y fríos carámbanos! Oíd en bascas armónicas aquestos suspiros lánguidos.

Con mis lágrimas ternísimas, vuestros arroyos cristálicos serán ríos caudalísimos con que crezca el mar hispánico.

Y si de mi muerte acérrima viereis los temblores pálidos, y mi vida cansadísima dejare su vital tráfago,

decilde al pájaro armónico que con mal sentidos cánticos las aves descuidadísimas cautiva al modo mecánico.

Como siendo ilustre héroe, y de valor tan diáfano, engaña siendo ilustrísimo, fingiendo fuegos seráficos.

Qué hay que esperar de los cómunes sino desdichas y escándalos, que mire a Teseo infélice atado en el monte Cáucaso.

Que si razones históricas, con estilo dulce y práctico, pone por cebo a las tórtolas que viven con libre ánimo,

¿qué milagro que, en oyéndole, se descuelguen de los pámpanos? ¿Ni qué milagro que, ardiéndose, quede aturdida, cual tábano?

Que si la mira benévola, es estilo fiero y áspero, que volando ligerísimo la deje en amargo tártago.

Que aunque a su bella oropéndola amase, es estilo bárbaro, siendo este amor tan castísimo darle pago tan tiránico.

Que en tiempo dilatadísimo no se ha visto en mi habitáculo de su memoria mortífica ni en su voluntad un átomo.

Que si amara lo intelético, no le pesara ser Tántalo, ni olvidara facilísimo tiernos y dulces diálogos».

Esto cantaba una tórtola con ronco y fúnebre cántico, sentada en un ciprés fúnebre, que estaba en un seco páramo.