Versos Spanish Martín del Barco Centenera 08 (Sentencia es celebrada, llana y clara)

Spanish poem

08 (Sentencia es celebrada, llana y clara)

by (1535–1602)

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Sentencia es celebrada, llana y clara, que todo hombre que anda en malos pasos al fin de la jornada siempre para en mal con desastrado fin y casos. Con el mando, poder y con la vara, el Cáceres echaba contrapaso al santo del Obispo, mas tenía un provisor que mal los recibía.

Aunque el Obispo era mal sufrido, no era codicioso de venganza. Segovia, el provisor, no ha consentido a Cáceres crecer en su pujanza; mas antes con un odio encrudecido le mete, como dicen, bien la lanza, tomando informaciones y testigos; a Cáceres lo dicen sus amigos.

Un hombre, que Daroca se llamaba, que del Perú sacó en su compañía el Obispo, en el pueblo publicaba contra el Obispo mal en demasía; mil cosas en escrito denunciaba al Cáceres, que bien las recibía, con que publican todos por extenso que el bueno del Obispo está suspenso.

Al provisor metió en un aposento el General, con grillos remachados, el comer al Obispo y el sustento le quita, que no son hombres osados a darle un jarro de agua, que al momento el servicio y los indios son quitados; y por mayor baldón y más afrenta, al Obispo le priva de su renta.

A Pedro de Esquivel, un caballero de bella compostura y bella traza, amigo del Obispo y compañero, (por sola su pasión) le prende y caza. Con el Obispo ser particionero en su prisión afirma, y en la plaza le corta la cabeza, y en picota la fija, y de traidor le reta y nota.

La traición de Esquivel está fundada en una información que ha fulminado, en que el Obispo y él de mano armada conciertan de prenderle; ha concertado que el triste del Obispo en su posada esté sobre fianzas encerrado. En la iglesia el Obispo está rezando, y oíd lo que está el malo publicando.

En pregón dice: «Pena de la vida, a la iglesia mayor nadie se atreva por hoy ir porque es cosa conocida que el Obispo intención muy mala lleva. Y pues que la tenemos ya sabida, no habemos menester», dice, «más prueba». Ayala su alguacil va prestamente al templo para echar fuera la gente.

¡Oh, Marqués!, destos casos escribano, en do toda maldad pura se encierra, sacaríase primero aquesta mano que escribiera escriptura mala y perra. Mas ¡ay! como el juicio soberano para castigo tuyo envía a Guerra Obispo, que poniéndote en cadena a ti y tu hacienda lleva pena.

Al fin, pues, ya del templo consagrado, diciendo mil oprobios y baldones, y falsos testimonios del Prelado, por solos sus rencores y pasiones expelen al cristiano arrodillado, haciéndole que salga a rempujones. Forzándola a salir la puerta afuera, una dama habló de esta manera.

¡Pues no son poderosos los maridos! Pidámosles las armas, y volvamos por la honra de Dios. Y con gemidos decía: No conviene consintamos aquestos maleficios conocidos, y todas al prelado defendamos. Que más vale morir honrosa muerte, que un mal disimular de aquesta suerte.

Poblado está de mártires el cielo que por honra de Dios han padecido; de su sangre está lleno todo el suelo, que infieles y tiranos han vertido. Tomemos pues con esto gran consuelo, que Dios da gloria a aquel que ha merecido. Y pues sabemos que éste es un tirano, volvamos por el nombre de cristiano.

Con sobrado valor y pecho osado, otra dama habló de esta manera: De aqueste lugar santo consagrado nadie me hará salir de aquí afuera, ni consentir yo tengo que al Prelado agravien sin que yo primero muera; que a mí, que soy su oveja, su fatiga, a condolerme de ello bien me obliga.

A mis padres, hablando de Castilla y de santas historias, tengo oído de la sabia Judith, si sé decilla, que bien veis que en la tierra soy nacida. Aquella grande hazaña y maravilla que hizo, por do nombre ha merecido tan alto, que la Iglesia la pregona por dechado de fuertes y corona.

Holofernes soberbio, crudo, altivo, tenía la ciudad désta cercada; al nombre hebraico era muy nocivo con su fuerza, poder y cruda espada. Estaba al punto ya de ser cautivo el pueblo, y la ciudad desconsolada; Judith de remediarla deseosa salió por el ejército animosa.

La gente de Holofernes que la vido, al punto se la hubo presentado diciendo, a buena parte hemos venido, ¿quién hay que no pelee muy de grado? Al Holofernes bien le ha parecido, y cenando y bebiendo se ha embriagado; la noche sobreviene, y se dormía con el vino abundante que bebía.

Judith, que esta ocasión consideraba, la cabeza le corta, y con secreto salió con la criada que llevaba, librando de esta suerte del aprieto a su pueblo, en que vio ella que estaba. El premio ha recibido más perfecto, y pues vemos que el premio ya nos llama, dejemos de nosotras grande fama.

El triste doloroso del Prelado a su casa se vuelve, no cesando de gemir y llorar muy congojado por ver su oveja irse condenando. Allí le hace estar emparedado, con barro las ventanas le tapando; fianzas da el Obispo que estaría en su casa, y que de ella no saldría.

Mas teniendo noticia que querían echarle de la tierra, se ha salido huyendo a media noche, y acudían algunos en su busca, do escondido estaba, y los mosquitos le comían, que en toda aquella noche no ha dormido. A su casa le vuelven, do se queda, en tanto que fortuna vuelve y rueda.

El Cáceres estaba tan furioso, tan altivo, soberbio y endiablado, que no tiene en sí mismo algún reposo, ni puede estar momento reposado. Del Provisor estando receloso, por ver que era sagaz y redoblado, acuerda de embarcarle en un navío, y él bajase así mismo por el río.

Bajó con intención de despacharle al Perú, por sacarle de la tierra; mas no halla manera de enviarle, por do su voluntad en esto cierra que dos o tres procuren de fiarle. Con esta condición no lo destierra, mas suelto el Provisor del crudo lazo, sacude, como dicen, zapatazo.

Teniendo, pues, la causa fulminada, juntaron de mancebos gran canalla, que es gente para todo aparejada, de españoles también parte se halla, a quien noticia fue del caso dada. No hace fray Francisco Ocampo falla, que aunque al principio fue de la otra parte, aquí lleva el guión y el estandarte.

En casa de Segovia se juntaron de noche, con secreto sin ruido; entre todos allí se concertaron, y el caso fue de breve concluido. Que Cáceres se prenda concertaron, y esperan a que sea amanecido. Una visión al punto que amanece encima de la iglesia se aparece.

A mirar la visión los que salieron a un patio do el Segovia reparaba, un Ángel relumbrando todos vieron, que parece una espada desnudaba. Muchos aquesto mismo me dijeron, y el Ángel parecía que amagaba con la espada desnuda que tenía, y golpes hacia abajo sacudía.

El Cáceres venido pues a misa, entró la turbamulta muy derecha, echó a Cáceres mano muy a prisa, y algunos de los suyos no aprovecha, que el negocio seguía ya de guisa que cada cual a puja mano le echa; y al fin preso le llevan muy de vuelo, sin dejarle llegar los pies al suelo.

Con voz del Santo Oficio y apellido le prenden, y eso suena su proceso; en un punto se ve el pobre afligido con miserable fin del mal exceso. ¡Quién duda que estaba arrepentido en contemplar el triste aquel suceso! Que el solo conocer su grave culpa es lo que al pecador más le disculpa.

Su pompa, presunción y bizarría fenece con muy vil abatimiento, que cosa cierta es que no podía para siempre durar su ensalzamiento. Un negro que este Cáceres tenía, habiendo visto aqueste acaecimiento, tened, dijo, señor, la barba queda, que el mundo de esta suerte corre y rueda.

Teniéndole pues preso y arrecado, nombrado otro Teniente, entra en consejo y tratan quien lo lleve aprisionado a España con presteza y aparejo; que vaya luego fue determinado el capitán Rui Díaz Melgarejo, que no se huelga poco de este hecho y piensa sacar de ello algún provecho.

El Obispo también se determina con ánimo de ver a nuestra España, y aunque dicen algunos desatina, y que su ida a la tierra mucho daña, empero dicen otros que lo atina, porque el preso no use alguna maña con que se suelte y libre de cadena, y cause al santo Obispo cruda pena.

El Teniente que nombran se decía Martín Suárez, noble caballero; al Cáceres muy mucho aborrecía, y así en le desechar es el primero. De presto un navichuelo componía, y puesto brevemente en astillero despacha al preso en éste, procurando quedarse por señor y gobernando.

También en compañía fue ordenado que saliese Garay, que lo desea. Aquí tuvo principio, y ha probado en la guerra muy bien y en la pelea, mas nunca supo ser considerado. Su tiempo le vendrá cuando se lea el fin en que paró su desventura por quererse seguir por su locura.

Salió de la Asumpción la carabela con otro bergantín acompañada, izan antenas, dan al viento vela, la nave por el sur es gobernada. Con el viento y corriente tanto vuela que en breve a San Gabriel fuera llegada, a do se declara para Castilla, con Cáceres, Obispo y su cuadrilla.

Garay el río arriba se ha tornado, y puebla a Santa Fe, ciudad famosa. La gente que está en torno ha conquistado, que es de ánimo constante y belicosa. Los argentinos mozos han probado allí su fuerza brava y rigurosa poblando con soberbia y fuerte mano la propia tierra y sitio del pagano.

Estando Santa Fe ya bien poblada, Garay bajó a Gaboto por el río; Gerónimo y su gente en la llanada estaban, que venían con gran pío de hacer en el río su morada. Garay no osa salir de su navío, aunque es de los de Córdoba rogado, del agua y de la tierra se han hablado.

Del una parte y de otra ha habido dones, los ánimos mostrando halagüeños, empero por quitarse de pasiones no salen del batel los paragüeños. Partieron sin mostrar los escuadrones, a nuestro parecer, torcidos ceños, mas dejan los de Córdoba fijada por señal una cruz de su llegada.

A Córdoba llegando el de Cabrera, la nueva le ha llegado que ha venido Abrego a gobernar, que no debiera, pues tan mal a los dos ha sucedido. El Abreu como llega le prendiera, y preso su negocio ha fenecido, de suerte que quitándole la vida le deja su memoria obscurecida.

Garay quitó la cruz de aquel asiento do quedó por Cabrera levantada, que sabe que es su intento y fundamento dejar la posesión allí tomada. Con esto, él y su gente con contento se vuelven a su asiento y su morada, que es dicho Santa Fe, tierra muy llana, y a Tucumán y Córdoba cercana.

El Obispo al Brasil en breve llega con su preso, y la gente, aunque temieron en golfo y alta mar la gran refriega, en San Vicente alegres pues surgieron, a do al preso el Obispo da y entrega a gentes que encerrado le tuvieron, el cual de la prisión se ha escabullido y anduvo algunos días escondido.

De a poco precediendo excomuniones, el Cáceres ha sido descubierto, y puesto en un navío con prisiones para Castilla sale de aquel puerto. De enfermedad, congojas y pasiones fray Pedro de la Torre ha sido muerto, dejando grande fama en San Vicente de grande religioso y continente.

Muy público en la costa se decía que al tiempo que murió aqueste prelado la pieza y aposento mucho olía, y el sepulcro do fuera sepultado. Aquel que en la mortaja le envolvía con juramento lo ha testificado, y así lo dicen hoy los lusitanos, que muerto bien le olían pies y manos.

Ya Juan Ortiz de Zárate está dando gran priesa, y que me acuerde que ha partido me dice, y que ya viene navegando, que cumpla lo que tengo prometido. De sólo me acordar ya está temblando la mano, que en pensar que he padecido calamidad tan grande y tal miseria, temor tengo de verme en otra feria.

Y así por no acordarme de tal llanto, de tan crudo dolor y triste suerte, quisiera fenecer con este canto, que dudo que mi pluma bota acierte. Que puesta la memoria en el quebranto, cuando me vi tan cerca de la muerte, temo se ofuscará; pero digamos las tristes desventuras que pasamos.