Spanish poem
Al Ocaso Del Día En Que Moriste
Al ocaso del día en que moriste se acostó el sol en nubes de sangria, en nubes agoreras que anunciaban el tormentoso anhelo de los hombres. La pobre codorniz presa en la jaula, a la que vino desde el mar traída, Números XI, 31. salta buscando libertad y vuelo sobre los trigos, y en sus vanos saltos de su prisión el techo con la sangre de su cabeza sella, y a las veces sucumbe así de sus anhelos mártir. ¿No es acaso esa sangre del poniente señal del pensamiento dolorido de la pobre alma humana, que con saltos de loco escudriñar quiso la bóveda del cielo azul romper y ver los ojos de Aquel que a dar tu sangre así Te enviara como remedio de esa sangre trágica? Ciegan, crueles, al condor de los Andes, los sueltan, y el ceñudo soberano de las crestas, creyéndose en el fondo de la barranca sin luz, levanta el vuelo, derecho, a plomo, así como guardando sus alas de los tormos de las rocas; va buscando la luz sin ojos, sube, no la encuentra, ¡cuidado!, y va subiendo, y llega a las alturas en que el aire para el vuelo y el huelgo se adelgaza; no logra respirar, sigue buscando la luz de vida con sus cuencas ciegas; pliega sobre su pecho que revienta su corvo pico y se desploma muerto. Así del hombre el insaciable espíritu tras de la luz se alzó hasta las alturas donde no hay aire para el huelgo y vuelo saber buscando a trueque del ahogo; pero bajaste Tú, luz de la Gloria, la vida que era luz para los hombres, luz que en oscuro brilla iluminando a todo hermano tuyo que a este mundo a respirar el graso aire del valle mejido con la boira de las lágrimas y del sudor penitencial se viene. Con tu muerte trajiste Dios al suelo. Y la luz verdadera has enterrado; con ella nos bañaste las entrañas; de tu sangre, que es la luz, has hecho sangre de nuestras almas, dando vista al ciego. Dios antes nos cegó para traernos como a Saulo, camino de Damasco, Hechos IX, 8. a morir a tus pies, y con tu muerte darnos la luz a cuya busca errábamos por las alturas del mortal saber.