Versos Spanish Miguel de Unamuno Por Dentro

Spanish poem

Por Dentro

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¿Es que acaso conoces tú la angustia de sentir tu regazo sacudido de un ser que desconoces y sin poder librarlo? ¿Ha sentido tu espíritu en congoja los apuros de un parto que no da a luz y queda entre dolores como un esfuerzo vano? ¿Sabes lo que es sentir tus pensamientos agitarse en la sombra, por debajo, y no verles los ojos ni de su voz sentir el dulce llanto? ¡Tener dentro del alma hijos que viven atormentados, que te piden la luz y tú no logras darles descanso! Algo grande se agita en mis entrañas, algo que es soberano, algo que vive con un vivir oscuro y abismático. Y ¿no será mejor que allí lo deje sin al mundo sacarlo, y que viva su vida de tinieblas en hermético arcano, sin cobrar voz ni forma, sin tener que encarnar en cuerpo extraño? Pues extraño a toda alma es todo cuerpo; todo pensar callado, así que toma voz y habla a los hombres del mundo en el teatro, pierde la oscuridad en que guardaba todo el celeste encanto de su virtud fluida, y es cual duro guijarro, en vez de ser esencia vaporosa que del Sol a los rayos se ha de bañar un dia cuando vuelva al seno del océano de que surgió, perdida nubecilla, que el viento de rechazo me trajo al alma, donde le doy amparo.

¡Oh, no poder dar luz a las tinieblas, voz al silencio, que mi dolor cantara el salmo del misterio! ¡Oh, no poder decir lo que se muere en sagrado secreto, antes de haber nacido, en el sepulcro-cuna de lo eterno! ¿Dónde está vuestro aroma de ambrosía, ¡oh, flores del invierno!, que antes de abrir al Sol vuestras corolas —¡dulce consuelo!— volvisteis a los campos a que la Muerte baña con su riego? ¡Cantar lo que no cabe ni en palabras ni en tonos es mi empeño, y decirte, mi amor, aquí, al oído, mi corazón entero, con su ritmo, sin música, ni letra, con todo su silencio! Terrible es la palabra y su poder, poder de mal agüero. Muere en ella la idea cuando nace, enterrada en su cuerpo, como muere al dar fruto, del todo nuestro anhelo. Que al tocarte mi fiebre en ti despierte la fiebre de tu seno, y se fundan así nuestros ardores en un mismo deseo. Calla, mi amor, cierra tu boca fresca, que así tí quiero; donde dejó su huella la palabra no anida bien el beso. Calla, que hay otro mundo por dentro del que vemos, un mundo en el que tejen las tinieblas y es todo cielo.

¡Pobre mortal que crees en tu locura buscar la dicha, mira cómo te lleva de su mano la vida...! Sueñas la libertad, perdido el seso, y te imaginas que ella ha de hacerte hombre, mas ¡ay de ti aquel día en que en sus brazos caigas y en tu pecho reviente, así que caigas, el enigma! Tú corres tras de un hito, mas hay un Dios que dentro tuyo habita, que es quien te lleva, quien tu suerte encamina, y ese tu Dios en otro blanco tiene puesta la mira, y mientras crees alzarte a tus estrellas a las suyas te guía. ¿Ves esa muchedumbre que con furor se agita? Dan todos una voz, todos un grito, la bandera es la misma, mas si es una la queja son muchas las heridas; cada cual con la suya que cela en sí, y del mundo desconfía. Lanzáronse a la plaza buscando de sus penas medicina, huyendo sus pesares, por no verse en la sima de la miseria, la soledad huyendo de sí mismos, buscando olvido en la revuelta liza. Y todos braman a una y a todos ciega les sacude la ira, y cada cual ignora lo que a su hermano el corazón le mina. No hagas caso a los hombres que se juntan y gritan; si una endecha da el coro de cantares distintos va tejida, y cada cual encubre dentro el alma intranquila bajo el grito común su propia queja, para no oírla. Buscan, pobres, olvido, buscan bregando en la común porfía, adormecer sus penas, echar fuera la vida y acallar las domésticas cuestiones con el huero fragor de las políticas. No hagas caso a los hombres que se juntan y gritan; hojas sus gritos son que el viento lleva mientra en silencio su dolor radica. Baja, pues, al silencio y espera a que el dolor allí te rinda.

Es el dolor la fuente de que la vida brota, es el dolor la flor de lo divino es la corona del infinito anhelo, es el dolor el beso de la boca de nuestra eterna Madre la que en el cielo llora. Cuando calla el Dolor se oye a la Muerte las alas tenebrosas batir en los profundos cual si fuesen las olas del mar de la ilusión en que los seres sin rumbo bogan; donde se mecen, frágiles barquillas, las fugitivas formas, donde esas que llamamos leyes se alzan cual escarpadas rocas en que buscando aquéllas su refugio pronto perecen rotas. Es el dolor del árbol de la vida la savia vigorosa; cuando el mundo va a hundirse en la inconciencia, ¡Dios surge y sopla! Y es su propio dolor, dolor intenso que a las almas azota, y las almas buscando algún alivio se revuelven ansiosas y hacen el mundo, que así resulta ser del dolor obra. ¡El dolor o la nada! ¡Quien tenga corazón venga y escoja! Dice un refrán antiguo y triste: «Un clavo saca a otro clavo», y toda la ciencia del dolor en él se encierra; es la corona del saber que en su pecho dolorido quien padeció atesora. Matarás una pena sólo con otra, si ésta es más pura y grande, más divina, si ésta es más honda, y cuanto más lo sea más lleva en sí sustancia de congoja, puerta divina por donde se entra en la anhelada gloria. Y allí en los brazos de tu Madre eterna, ¡oh, mi a!ma sufridora!, juntándote a las almas que sufrieron como tú, en una sola consolación, las lágrimas recibirás que de sus ojos lloran. Será vuestro consuelo bañaros en las ondas de las eternas lágrimas que curan por fin toda congoja, pues en lo eterno del dolor divino la amargura se borra, y la miseria deja al miserable dulzura muy sabrosa. Métete en tu dolor y en él trabaja por escardar la broza.

¿No te acuerdas, mi amor, que te decía cómo en mi seno luchan por darse a luz oscuros pensamientos sin voz y sin figura? Son mis dolores, hijos desdichados que mueren en la cuna, cuando no logran que de fuera a ellos otros acudan, y los llamen, los saquen, los abracen, con ellos se confundan, y en dolorosa comunión besándose frutos de amor produzcan. Muere dentro del alma toda pena, estéril e infecunda, si tocándole otra alma dolorosa no le mete la suya. Por eso te decía que callaras, y así, en silencio, muda, dejases que tu pena poco a poco, desde la hondura de ese tu corazón que cual el mío bate la eterna angustia, te subiese a la boca y en invisible y silenciosa espuma se vertiera en la mía y en un canto probásemos su fruta. No hago caso del mundo que en la plaza se agita y mete bulla, creyendo que sus penas adormece con esas luchas; sufre y brega sin tino, no sabe lo que busca, y tú para él, mi alma, sólo tienes esta palabra: ¡nunca! A dar voces vacías, ¡pobrecillos!, se juntan, y gritan y más gritan, y sus penas ocultan, y piden no sé qué que ni ellos saben aunque crean saberlo en su locura. Lejos de esos afanes que al mundo abruman casemos nuestras penas en silencio, y de este fuerte enlace acaso surja fruto consolador que les devuelva cuando yazgan en murria, sepultados del tedio en lo profundo, cuando la vida sufran, cuando toquen lo vano de su empeño y deseen haber muerto en la cuna, les devuelva la savia de este fruto la entrañable dulzura que lleva en sí la pena que al casarse consiguió hacerse en el amor fecunda.

¡Y basta, adiós, es hora de callarnos, van ya muchas palabras; adiós, mi amor, volvamos al silencio; voy a callarme... calla! Un día más que fue, ¿lo sabes? pero vendrá mañana, y no será otro día, te aseguro, pues en nuestra alma todos los días son un solo día, como todas las penas, aunque tantas, son una sola pena, una sola, infinita, soberana, la pena de vivir llevando al Todo, temblando ante la Nada. El tiempo muere ante el dolor supremo, en él se anega el ansia; es el dolor eternizado el único que cura del que mata. Cuando el pueblo judío en el Desierto contra Dios murmuraba, fastidiado del pan que era liviano, fastidiado del agua, serpientes ardorosas sobre ellos va el Señor y desata; y morían mordidos por la boca de la cruel alimaña. Se fueron a Moisés llenos de angustia, confesaron su falta, Moisés oró al Señor y a su mandado una serpiente de metal les labra y ante el pueblo rendido sereno la levanta. Y a la serpiente de metal erguida quien quiera la mirara, de las otras de carne y morideras libre quedaba. Al dolor de metal que siempre dura, dolor que nunca pasa, mira cuando te muerdan los dolores que comen y que matan; ¡abrázate al dolor eternizado, abrázate a la cruz que se levanta por cima de los mundos, abrázate a ella y calla! Callemos ya, mi amor; en el silencio la dulcedumbre de la pena guarda; callemos ya, mi amor, harto te dije, voy a callarme... ¡calla!