Spanish poem
Te Metiste, Alma Mía, En Las Corrientes
Te metiste, alma mía, en las corrientes revueltas de la vida, perdido el tino, y así te fue; con furia los torrentes en recia acometida de torbellino te arrancaron la tierra mollar y grasa y rica en que la savia del vivir se encierra, y tus pobres raíces descubiertas perdieron el sustento, y quedaron al aire libre abiertas y al duro hostigo, sin apoyo ni fuerza ni alimento, faltas de todo abrigo ¡recio castigo! Con sus rayos el Sol. ciego verdugo, las raíces te seca de sus hebrillas rechupando el jugo y así te vas quedando mustia, enteca, poquito a poco; huye, mi corazón, no seas loco. Huye la luz y busca en el secreto del tenebroso asilo que con agudas púas alto seto guarda de asaltos, para tus ansias un hogar 1 tranquilo, donde en íntima paz, sin sobresaltos te abreves en la fuente de la vida siempre florida, y bebas la verdad que a oscuras fluye de la eternidad. Porque la luz, mi alma, es enemiga de la entrañada entraña en que vuelve el espíritu a sí mismo; cuando la toca sin piedad la hostiga dentro el abismo en que en el seno de su Dios se baña, creyéndose a seguro, con agua soterraña que se remansa en el regazo oscuro. Quieren las raíces en lo oscuro riego sin luz alguna; quieren sorber en íntimo sosiego dentro en su cuna, las aguas que a favor de las tinieblas se aduermen bajo el suelo, dejándole a la copa que entre nieblas busque la luz del cielo. El que es hijo de luz es tu follaje que al sol se mece y al sol viste de gala su ropaje de ancha verdura, y en la noche y la sombra languidece de honda tristura vencido a pesadumbre, sin tener cura, mas tu raigambre siente sed de agua y tierra, siente hambre mas no de lumbre. Mejor que junto al río que de pronto se sale de su cauce lleno de brío, y como a pobre sauce de su ribera te desnuda las raíces de manera que te es la luz del Sol ofensa y muerte, mucho mejor, mi alma, te es tenderte del lago del misterio a las orillas fuera del remolino de las formas esclavas del Destino, y allí hundir tus raicillas, y se miren tus frondas de sus aguas dormidas al espejo, de sus aguas sencillas de sus aguas sin ondas en que nacen de noche las estrellas, meditando al reflejo que del cielo y de ti se junta en ellas. No busques luz, mi corazón, sino agua de los abismos, y allí hallarás la fragua de las visiones del amor eterno; allí donde no llegan del invierno los temporales, ni llegan cataclismos, allí están las visiones cardinales. Y esta misma agua mansa que de roer los duros peñascales jamás se cansa, sustancia es de los cielos de que llueve, y el cielo mismo, el cielo en que se mueve el coro de las luces siderales, verás, sí miras bien, cómo se asienta, y como en el vacío la Tierra sobre el cielo se sustenta: el cielo está a tus pies, corazón mío.