Spanish poem
¡Valle De Selección En Que El Silencio
¡Valle de selección en que el silencio melancolía incuba, asilo de sosiego, crisol de la amargura, valle bendito, solitario retiro del Cristo de Cabrera, tu austera soledad bendita sea! La encina grave de hoja oscura y perenne que siente inmoble la caricia del aire, derrama austeridad por el ambiente, y como en mar, allá, del horizonte en el confín se pierde... ¡Ay, quién me diera libre del tiempo, en tu calma serena descansar renunciando a todo vuelo, y en el pecho del campo bajo la encina grave en lo eterno, alma mía, asentarte a la muerte esperando! Aquí el morir un derretirse dulce en reposo infinito debe ser, en el río que fluye del mar eterno, un henchirse en su seno de vida soberana, en que se anega el alma, un retorno a la fuente del ser... ¡Oración mística del ámbito allí se alza silenciosa, resignación predica e inconciente esperanza la campiña; allí callan las horas suspensas del silencio bajo el misterio, voz de la eternidad! Mana cordial tristeza de la difusa luz que de la encina el ramaje tamiza y es la tristeza calma serena. Del Cristo la capilla, humilde y recogida, las oraciones del contorno acoje; es como el nido donde van los dolores a dormir en los brazos del Cristo. Del sosegado valle el espíritu suave cual celestial rocío en el santuario cuaja invisible; es el alma del campo que a su vez culto rinde del Hombre al Hijo, diciendo a su manera con misterioso rito que es cristiana también Naturaleza. La noche de la cena con el alma del hombre henchida hasta la muerte de tristeza, se retiró Jesús como a oratorio del olivar al monte, y allí puesto de hinojos y en él el Hombre y Dios en recia lucha pidió a su Padre le apartara el vaso de la amargura, hasta que al fin sumiso vencedor del combate soberano, manso cordero, dijo: «¡Mi voluntad no se haga, mas la tuya!» Bajó entonces del cielo a confortarle un ángel y en las angustias del dolor supremo sudó gotas de sangre, gotas que descendían a la tierra, a la tierra, su madre, las entrañas bañándola en tristeza y en zumo de pesares. Por eso cuando el sol en el ocaso se acuesta lento, como perfume espiritual del campo sube místico rezo, que es como el eco que de los siglos al través repite el resignado ruego ¡de la pobre alma hasta la muerte triste, de aquel sudor de sangre es el incienso! Allí en Cabrera, al caer de la tarde al corazón acude aquella escena del más fecundo duelo, mientras desciende al valle santo sosiego! Rústica imagen de foco sirve a los anhelos de la pobre gente que al conjuro sutil de aquel paraje concurre triste a cerner sus pesares del encinar en la quietud solemne, o rebosando gozo, de la promesa en alas, para rendir de gratitud el voto acude consolada. No es tal imagen ni aún trasunto vago del olímpico cuerpo que forjaron los que con arte y fuego poema hicieron de la humana forma, sino torpe bosquejo de carne tosca con sudor amasada del trabajo en el molde de piedra sobre la dura tierra. Aquella fealdad y grosería de pobre monstruo humano que en sí el fruto recoge que los vicios sembraron de los hombres, honda piedad inspiran al pobre Cristo amasado con penas, al Cristo campesino del valle de Cabrera. Del leño a que sus brazos están clavados, penden de ex-votos cintas y pinturas sencillas que en tosquedad al Cristo se aparejan en la cámara ostentan sencilla fe. ¡Cuántos del corazón el cáliz vivo, de congojas henchido, llevaron a sus pies cual pía ofrenda, la más preciada y tierna, y rebasó la pena, y en llanto se vertió! ¡Cuántos bajo el mirar de aquella imagen, mirar hiératico, dulce efluvio sedante sintieron que sus penas adormía y que el divino bálsamo tornábales al sueño de la vida, a la resignación! Y al salir de la ermita al esplendor del campo, llevando en la retina del tosco Cristo los tendidos brazos, soñar debieron en borroso ensueño que desde el alto cielo lleno de paz, el Amor que en su seno recogiera del mundo las flaquezas, del trabajo las penas, ¡a posarse piadoso bajó al suelo y abrazó al campo con abrazo tierno el infinito Amor!