Versos Spanish Olegario Víctor Andrade En la muerte de mi condiscípulo y amigo don Benito Marichal

Spanish poem

En la muerte de mi condiscípulo y amigo don Benito Marichal

by (1839–1882)

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También sobre la tumba que cubre tus cenizas resuenen, pobre amigo, los ecos de mi voz, y lejos del bullicio de mundanales risas llorando te dirijo mi postrimer adiós.

También, querido amigo, mis trémulos acentos agiten temblorosos las flores de tu sien, y unidos al sublime gemido de los vientos se lleven a los cielos mi súplica también.

Si ayer en el columpio de plácida esperanza dormía delirando tu joven corazón, hoy miras del destino la imagen de venganza que ciñe tu existencia deí fúnebre crespón.

Hoy miras, pobre amigo, rodando en el espacio cual hoja desprendida tu rauda juventud; y acaso en las moradas del célico palacio desprecies esos restos que encierra el ataúd.

Las lágrimas que vierto, doblando la rodilla, son gotas de mi sangre que arroja el corazón, son lágrimas de fuego que queman mi mejilla, son besos de la muerte rodando a tu mansión.

¡Adiós, querido amigo! del piélago del mundo las ondas altaneras batieron tu existir, y al choque de su saña con golpe furibundo cortaron de tus días el bello porvenir.

Feliz que de los hombres la mano temeraria, quemando do se posa, tu frente no tocó ; y el ángel que se lleva mi candida plegaria con vuelo bullicioso tus sueños arrulló.

¡Feliz! En el silencio del féretro sombrío del mundo las pasiones se vienen a estrellar; y el hombre que se agita con loco desvarío no puede de los muertos el sueño perturbar.

Adiós, amigo; de dolor profundo recibe el canto que te da el poeta, mientras perdido en el desierto mundo se agita su alma en convulsión inquieta.

Adiós, amigo; que también yo siento helado el pecho, el corazón inerte, y en el delirio de fatal tormento despierto con los cánticos de muerte.

¡Silencio! el eco de mundano ruido se pierde aquí sobre la yerta losa ; resuene sólo el funeral gemido, desprendido del arpa misteriosa.

¡Dios justiciero! Impenetrable arcano que el hombre nunca a comprender alcanza, ven, y en mi pecho tu potente mano ponga junto al dolor una esperanza.

Dadme fuerza y valor para que mire de un amigo los restos terrenales, y el hálito del ábrego respire que apaga de la vida los fanales.

Y tú, querido amigo, que en la tumba descansas para siempre, oye mi voz: cuando el viento los árboles derrumba siempre oirás resonar mi último "adiós".

Mi adiós, que cual gemido de agonía la brisa perfumada llevará, y en las alas de mística armonía, se remonta hacia el trono de Jehová.

Descansa en esa tumba solitaria, descansa en ese negro panteón, que el eco de mi lira funeraria perturba con el ¡ay! del corazón.

Descansa, pobre amigo: ya la muerte con su manto de lava te cubrió, y al golpe insano de su brazo fuerte, tu débil existencia se quebró.

Yo, poeta, en el mundo peregrino sigo siempre mis sueños de ambición; ya estoy cerca del fin de mi camino, ya se agita convulso el corazón. ¡Adiós, mi amigo, mi adorado amigo! Descansa en paz en esa tumba fría, que yo en el mundo tu amistad bendigo, llena el alma de cruel melancolía.

Uruguay, Agosto 31 de 1856.