Versos Spanish Manuel del Palacio Blanca

Spanish poem

Blanca

by (1831–1906)

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Hay nombres que retratan; parecía cuando envuelta en su túnica de nieve luz á la estancia daba y alegría la que hoy mi musa á recordar se atreve, cisne de pluma leve arrojado á la tierra por acaso en el risueño y apacible día en que nació el amor; hasta su paso era como el del cisne vacilante . . . . por causas que diré más adelante.

¿Dónde la conocí? Lo tengo escrito en el sagrado libro en que se escribe lo ideal, ló sublime, lo infinito, lo que nunca se olvida, lo que vive. En ese panteon de la memoria donde en horas de calma, gozamos releyendo nuestra historia con los ojos del alma.

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y de Orcagna en la Logia primorosa miré, con honda pena, de Perseo la hazaña valerosa y la angustia cruel de Polixena. Por calles y callejas extraviado, solitario y sin guía, más de la mente que del pié cansado, mi romántico viaje proseguía, cuando un rumor de música liviana, fabricada en Paris por consiguiente, me condujo, venciendo mi galvana, á una casa ni nueva ni decente, del Corso dei Tintori no lejana. Rebosaba el portal lleno de gente, inquirí, me advirtieron, hallé el modo de divertirme y descansar un rato, y poniendo á pupilo el sobretodo di en un baile de máscaras barato.

de miseria y de lujo tal contraste, que al dolor y á la risa provocaba. Sobre la muelle alfombra cien parejas danzaban confundidas, y cien en la penumbra ó en la sombra cantaban á compás enronquecidas. Mujeres agradables y discretas iban pidiendo amor, dicha ó fortuna; todas eran alegres y coquetas, todas quizá felices ... ménos una.

tan rubios y tan bellos cual si fueran de un ángel la guirnalda. Hízome sitio, y me senté á su lado; traté de hablar con ella, y un sollozo brotando de su pecho acongojado, convirtió en amargura mi alborozo. – Sufres, máscara? – Sí, dijo tranquila, en mí fija un instante de sus azules ojos la pupila, y con el ritmo grato que se estila en la patria del Dante. – Sufrir contigo quiero si me dices tu pena ... – Desvarío; debes ser por las señas extranjero: ¿qué te puede importar el dolor mío? – Más de lo que presumes ... – Pues ¿quién eres? – Un viajero cansado hasta hace poco, que no ha visto entre todas las mujeres ninguna como tú ... – Pareces loco.

— ¿Nada tienes que hacer? — Nadie me obliga. — ¿Serás franca conmigo? — Seré franca. — ¿Con quién viniste aquí? — Con una amiga. — ¿Cómo te he de llamar? — Llámame Blanca.

DULCE y pausado penetró en mi oido de la beldad incógnita el acento, que vibraba confuso entre el ruido semejante al bramido de turbias olas ó de ronco viento. Alguna que otra vez tiernas parejas delante de nosotros desfilaban; citas, requiebros, quejas, el espacio de música llenaban, mientras cediendo á mi rogar ansioso y con su mano trémula en la mía, de su existencia el velo tenebroso la máscara á mis ojos descorría.

Cerca de un año hacía que abandonó su pueblo del Piamonte y allí padre y hermanos más pequeños, buscando en el artístico horizonte la realidad de sus alegres sueños. El baile su afan era, y pronto la Academia en que estudiaba, elevándola al rango de primera un bello porvenir le presagiaba. Pero antes de llegar, ¡cuántos reproches nublaron su ventura, cuántos dias sin pan, y cuántas noches de fatiga, de insomnio y de amargura! Escollo la hermosura fué para la infeliz en su camino: se propuso vencer, y de ardor llena mártir de la virtud y del destino, victoriosa por fin. .. subió á la escena. No era crecido el sueldo que tenía, mas no sólo bastaba para vivir humilde cual vivía, sino que haciendo cálculos, hallaba que muy pronto una parte

iba el llanto á enjugar de los que amaba. ¡Qué gloria para el alma y para el arte! Calló Blanca, y su frente doblóse como herida por el rayo, brilló una perla en la pupila ardiente, y volviendo despues de su desmayo, — llévame á respirar, - dijo doliente. Su brazo enlacé al mio, y como tiembla en el rosal la hoja cargada de rocío, : comenzamos á andar... yo sentí frío... todo lo adiviné... Blanca era coja. — ¿Comprendes mi dolor? murmuró triste; yo la atraje con fuerza á mi costado, y entre una risa aquí, y acullá' un chiste, cruzamos el salon iluminado. Poco despues, serena, me refirió su dolorosa cuita; ¡cuánto conmueve al corazon la pena de una mujer bonita! - Se ensayaba la escena encantadora de un baile muy reciente,

que se titula El Carro de la Aurora... — ¿y eras la aurora tú? — Naturalmente. — Entre nubes el carro aparecía tirado por querubes, y yo en el carro atravesar debía la trasparente gasa de las nubes. Hícelo así, pero en mi raudo vuelo, mal seguro sin duda el andamiaje, con querubes y carro vine al suelo enredada en los pliegues de mi traje. No era grande la altura, pero al ponerme en pié lancé un gemido; aquella torcedura muerte más que dolor para mí ha sido. — ¿Qué dicen los doctores? — Casi nada: que el tiempo y muchos baños darán fuerza á la parte lastimada si vivo sin bailar dos ó tres años. y hace ya casi un mes, y yo no duermo, y oigo á mi alrededor dulces mentiras, y me llama mi padre, que está enfermo,

y debo cerca de trescientas liras. — Mas, ¿no tienes amigos? — Tuve algunos que de su amor me hicieron mil alardes; en la ventura les juzgué importunos, frente á frente del bien fueron cobardes. — Y ¿qué resolverás? — No lo concibo; me empuja al precipicio la primera la misma anciana en cuya casa vivo, y antes que dar en él morir quisiera. — Te afliges sin motivo; ¿no tienes madre? — ¡Ay Dios ! ¡si la tuviera! — Blanca, jura que es cierto cuanto me acabas de decir. — Lo juro por las ocultas lágrimas que vierto; no tiene la verdad sello más puro. — Pues bien, el baile acaba y vienen á buscarte tus amigas ; es preciso que hablemos. — Lo anhelaba:

haré sin vacilar cuanto me digas. Buscando una esperanza aquí he venido y ella la angustia de mi pecho arroja, Plaza del Arno, diez, allí su nido tiene la pobre coja. — Mañana te veré, y hasta mañana ningun pesar te apene. — Me tendrás esperando en la ventana simpático español. — Bella italiana, no he de olvidarte: ¿y tú? — Ti voglio bene.

Guarda la vida en su rodar constante horas de anhelo grato, de dulce paz, de angustia delirante, de calma ó de arrebato. Horas que son un siglo y un instante, conforme nos redimen ó condenan, y en cuyo fondo lúgubre germinan las flores que fascinan, los frutos que envenenan. ¿Quién de ellas no ha bebido el calmante ó la hiel? Yo las evoco sacándolas del polvo del olvido en que yacen ha tiempo sepultadas,

y las del porvenir estimo en poco, gozando en recordar las ya pasadas. Una entre todas bella y seductora mi atencion solicita, la recuerdo muy bien; era la hora que de mi Blanca precedió á la cita.

Sus manos que el postigo me entreabrieron á mis manos despues se entrelazaron, y aunque nada los labios se dijeron algo los ojos en secreto hablaron. Ya en su cuarto sencillo y elegante del color de su falda, blanco y rosa, al reflejo de lámpara brillante pude mirarla á mi placer. ¡Qué hermosa! De virgen parecióme su semblante, su andar de ninfa, su esbeltez de diosa, y, marco á tan espléndida belleza, brillaba y atraía, la aureola de encanto y de pureza que en torno de su faz se difundía. — Siéntate junto á mí, Blanca, la dije, y aleja de tu alma ese pesar que sin razon te aflije : preludio es la tormenta de la calma. — Tú fuistes el primero, me replicó, que el limite sagrado traspuso de ese umbral; noble y sincero en acciones y frases te he juzgado, y qué piensas de mi, saber espero.

— Pienso que eres un ángel ... — Y deseas que lo deje de ser ... — Si tu destino obstáculos no pone á tus ideas, no seré yo quien tuerza tu camino. Dos son los que á la vista te muestra el porvenir, y escoger debes; has muerto para- el arte como artista, tienes que ser mujer; vé si te atreves. De un camino á la entrada te sonríe el amor; senda de flores, donde acechan el fin de la jornada placeres y dolores. Como tesoro oculto á la mirada brillarán escondidos tus fulgores, y en la vigilia inquieta de noches deliciosas y sombrías, un hombre, y si tú quieres un poeta, te arrullará con dulces melodías.

— y ese hombre? ... — Está á tus piés. — Si me decido

¿qué durará tu amor? — A nadie engaño: puede vencer al tiempo y al olvido, pero puede morir antes de un año. — ¿Nunca la eternidad? — Nunca la esperes; uno de tantos nombres conque engaña el demonio á las mujeres y á su vez las mujeres á los hombres. — De modo que si incauta yo te amara no sabiendo olvidar . . . — Fuera mal hecho, y acaso yo tambien lo lamentara . . . — ¿Me queda otro camino? — Sí ; el derecho. Torna al valle feliz en que naciste y te esperan tu padre y tus hermanos, cuéntales que al caer solo caiste desde la altura de tus sueños vanos. Allí tu vida correrá dichosa y, cuando el caso llegue, . gozarás del amor y de la prosa con un gañan que te ame, ó que te pegue.

— Prefiero, aunque te espante, morirme en mi rincon de hambre ó de hastío á ir de uno en otro amante dichosa al fango, desdeñada al río. En el primer sendero me ofrece proteccion tu mano franca, mas yo busco el segundo, y no el primero. ¿quién hácia él me guiará? — Yo tambien, Blanca. — ¿Tú? —¿Lo dudas? — No sé; siento una pena y un placer á la par, que estoy temblando ... ¡me cuesta tantas lágrimas ser buena! ... — ¿Cuándo piensas partir, responde, cuándo? — ¿Pero es verdad? — Ni sueñas ni deliras, tu gusto á hacer me inclino; toma: — ¿Qué es esto? — Las trescientas liras que al punto pagarás. — ¡Cielo divino!

— Me lo dijiste anoche y sé que tus apuros eran grandes; ¿quieres irte mañana.? Vendré en coche para llevarte al tren. — Lo que tú mandes. — Pues basta de llorar; déjalo todo y dispon el tocado y la maleta; ¿recelas ya de mí? — De ningun modo: pero ¿quién eres tú? — Soy el poeta.