Spanish poem
Un recuerdo
by Rafael Carvajal (1900–1915)
Mi rostro juvenil sombreando apenas, el bozo aparecía, ¡ay! entonces sentía ¡sí! cuando sonreía correr mis horas de contento llenas.
Jamás la pena ni el dolor mi pecho habían lacerado; tranquilo, sosegado de mí mismo vivía satisfecho.
Con risa placentera la inocencia, cual diosa de mi aurora velaba protectora con su manto mi plácida existencia.
Encanto y seducción siempre ofrecían mis ocios regalados y, libres de cuidados, con dulcísimos goces me adormían.
Las caricias y tiernas emociones de mi madre querida me daban nueva vida de hermosas y variadas ilusiones.
Grato era el resplandor del claro día: al asomar la aurora alegre y seductora la tarde cada vez me parecía.
Grato era el murmurar, del arroyuelo, y musical y suave el canto con que el ave la luz miraba que le enviaba el cielo.
Magnífico era ver del sol dorado el majestuoso paso allá en su lindo ocaso de nubes juguetonas circundado.
Radiante de fulgor aparecías ¡tú siempre clara luna! Jamás me fue importuna la inspiradora luz que me ofrecías.
Tranquilo era mi sueño ¡qué contento al despertar mostraba feliz, cuando escuchaba del eco maternal el dulce acento!
¡Cuan plácida del alba relucía y la luz encantadora! Y música sonora el ruido matinal me parecía.
Mi faz siempre risueña; complacida mi mente se extasiaba y al mundo contemplaba cual Edén lleno de placer y vida.
Mas, dime madre querida ¿por qué esos tiempos volaron, por qué tan pronto llegaron las horas de padecer?
¡Ay! para mí desdichado todo cambió en un instante: ráfaga de aire inconstante fue para mi alma el placer.
Como esa luz engañosa que cruza en la noche oscura, dejando en pos la pavura de más densa oscuridad, pasaron esos instantes y vino en pos del tormento: ilusión fue mi contento y el dolor fue realidad.
Dime, madre idolatrada, ¿cuando meciste mi cuna no vertió lágrima alguna tu maternal compasión? ¡Ah! sí, lloraste al mirarme profundamente dormido, cuando un présago gemido exhaló mi corazón.
Lloraste, sí, madre mía, y una lágrima piadosa, surcando tu faz hermosa, pudo a mi seno venir: guárdola yo desde entonces, como reliquia del cielo, como lágrima de duelo que mostró mi porvenir.
Dulce consuelo buscaste, al despertarme propicia, con esa tierna caricia que tu cariño me dio; y al mirar que te pagaba con mi sonrisa inocente, a tus faldas ledamente tu ternura me llevó.
Pero curar no pudiste tu sentimiento profundo al verme ya de este mundo en el terrible huracán; y, apresándome en tu seno, una vez y otra exclamaste: «¡Hijo mío!» y me besaste con afectuoso ademán.
¡Ah! cuanta razón tuviste desde entonces, madre mía; tu cariño predecía de mi vida el amargor; y quien sabe si allá dentro de tu pecho condolido, encontraste en mi gemido un presagio de dolor.
Si entonces adivinado hubieras con tu ternura cuan aciaga desventura me ofrecía el porvenir, con razón, madre querida, conjurando al hado impío dijeras: «¡Ay hijo mío, más te valiera morir».
Ya mi noche lastimera la mitad de su carrera terminando, en este enojoso mundo todo en silencio profundo va dejando:
y en melancólica calma, acá en el fondo del alma congojosa, entre el ¡ay! del infelice oigo una voz que me dice misteriosa:
tanto crimen inhumano tanta sacrílega mano no te asombre; que en verdad, del hombre, os digo, el más pérfido enemigo es el hombre.
¿Ves el sueño deleitoso con que el señor poderoso se regala? Es la imagen de otro sueño que al esclavo con el dueño pronto iguala.
No hay entonces desventura y termina la amargura de esta vida: sólo allá vive la calma, esa dulce paz del alma, tan querida.
Los placeres halagüeños son quiméricos ensueños, son mentira, con que el alma fascinada, cuanto más vive engañada, más suspira.
Este mismo sueño breve que el hombre a gozar se atreve es delirio, es tregua de las pasiones a esta vida de ilusiones y martirio.
Todo duerme, hasta el malvado, de sus crímenes pagado, ¡quién creyera! duerme sin ver preparada pendiente sobre él la espada justiciera.
Sólo la madre amorosa, de sus hijos cuidadosa, yace en vela; y a su afecto reverente es, de la vida inocente, centinela.
¿Qué del hombre sucediera, si a su lado no tuviera en la infancia, de una madre el dulce anhelo, sus caricias, su consuelo, su constancia?
Mas no, que también velando en su triste soledad, con el alma dolorida un hijo infeliz está;
y en medio de la amargura de su mísera aflicción al suspirar por su madre calma un tanto su dolor.
¡Ay! suspiro, que en mi pecho el amor hizo nacer, parte veloz, ahora mismo, adonde mi alma se fue;
y dile a mi dulce madre, ocultando tu aflicción, que eres consuelo en su ausencia, que eres prenda de su amor.
Y dile, si acaso llora, proscrito al verme infeliz, por Dios, que enjugue su llanto, que no lo vierta por mí.
Tal vez sus lágrimas pías, agravando su pesar haranme víctima triste de inconsolable orfandad.
Que ella es la luz de mis ojos, el remedio en mi dolor, el sostén de mi esperanza, la vida del corazón.
Que guarde su tierno llanto para otro cercano mal... ¡Quizá las puertas se me abren de la inmensa eternidad!
Que una lágrima en mi tumba debo a sus ojos pedir; pero esa lágrima sólo por el tiempo que viví.
Entre tanto, madre mía, calme el cielo tu aflicción, recordando que padezco por mi patria y por mi honor.
Todo harán mis enemigos con la fuerza y su maldad; pero no impedir que te ame, eso no, jamás podrán:
Y a que conozcas te envío desde extranjera mansión «Un recuerdo», a tu memoria y a tus caricias, mi amor.