Spanish poem
Allí Está Caro Con Su Firme Ceño
by Rafael Pombo
Allí está Caro con su firme ceño, De un gran carácter al dolor templado, Que fuera del deber no admitió dueño Y el crisol lo halló siempre inmaculado. Dios no dejó que la vulgar natura Lo hiciese bello, quiso hacerlo Él mismo Y al alumbrar el alma su escultura Fue amado como un dios, con fanatismo. Su alta cabeza, olimpo tempestuoso, Pesa en el que la ve: reconcentrada Toda la faz, parece en su reposo Del espejo de Arquímedes armada. Su boca es elocuente; de allí truena La convicción. Sobre su frente late Su fiera dignidad, y en su serena Curva elegante y luminosa, el vate. Tras de ese ojo hay un águila que busca Al Dios que la conciencia le revela; Desprecia el polvo, el éter no la ofusca, E independiente y solitaria vuela. Todo en Caro era propio, todo suyo; Él, como el sol, se iluminaba él mismo. Era virtud en él su noble orgullo; Su órbita excepcional, su excentricismo. Poeta fue, y altísimo poeta, No por poeta empero, mas por grande; Y él la poesía interpretó completa: Soplo creador que el universo expande. Newton, David, Beethoven, Buonarrota, Culto en su altar a un tiempo recibieran; Para él, trueno, cincel, número y nota Oráculos de Dios a un tiempo eran. El del Albano desdeñó indolente Las tintas exquisitas y graciosas; No era el raudal do muelle y blandamente Van resbalando lágrimas y rosas. Suya no era esa insípida armonía Que la plebe poética corteja, Ave falaz cual la que un dios mentía De Mahoma posándose a la oreja. Al arrullo del céfiro que vuelve Goza y se inspira el gemidor sinsonte; Caro, al golpe del trueno que revuelve Del ancho abismo al contrastado monte. Sus palabras, del numen al tormento, Se entrechocan tal vez y se atropellan; Como al rapto del Niágara violento, Rocas, troncos y témpanos se estrellan. En su odio a lo vulgar, tanto lo evita Que vaga extraño. Siente que no cabe El drama borrascoso que lo agita En el metro y decir que el vulgo sabe. Y busca, cual la Euterpe del germano, Más vastas y profundas armonías Que el pensar emancipen soberano De monótonas, nimias simetrías. Y así entrevé los tiempos aún distantes De la epopeya hispanocolombiana, Cuando la augusta lengua de Cervantes, Bello, Herrera, Espronceda, Oyón, Quintana, Uniendo a sus dulcísimas cadencias Los grandes ritmos de la antigua trompa; Plástica fiel del alma, rica en ciencias, Natura escrita, en variedad y pompa; Digna de un nuevo mundo, cante al hombre, Cante la nueva vida, el mundo nuevo, La ley de Cristo en práctica y en nombre Sobre otro edén, feliz como el primevo... Un universo entero el genio lleva Reconcentrado en su cerebro ardiente: No ante Colón América fue nueva, Que iba ya gravitando entre su frente. Así arrullaba a Caro el oceano Desde el centro de un mundo, y yo lo he oído Respondiendo a su acento soberano Cual la leona a su león perdido. El tiempo a su mirar se recogía Como asido en las garras del profeta; La selva entera en solo un árbol vía, Y en un mortal la humanidad completa. Canta el amor, y hasta el umbral del cielo Con Delina en los brazos se adelanta, Y aplaudieron los ángeles el vuelo De pasión inmortal con que la canta. Estar contigo y no contar las horas, Pídela, y describió lo indescriptible. ¿Por qué cual lloro yo también no lloras? Y ella con llanto respondió sensible. Y fue la esposa del cantor; la estrella Que él consagró al amor del universo; La inmortal, siempre joven, siempre bella. Que alumbra y embalsama cada verso. Cantó la libertad, y Jesús mismo Pudiera contestarle: «Esa es la mía»; No ese envidioso, inmundo despotismo Que hizo aquel nombre bárbara ironía. Su patria, la de Caldas, la de Pola, Era su gran Delina idolatrada; Por ella te dejó doliente y sola, ¡Oh, imagen de su patria infortunada...! A Caro, como a tantos pensadores, Al verlo aislado y mísero en la tierra, Llegó Satán con ósculos traidores A convidarlo a su insensata guerra. Mas en el lecho, en medio a su martirio, Abrumado de espíritu, cayendo, Bajó una sombra a hablarle en su delirio, Con lenguaje a la vez dulce y tremendo: ¡La de su Padre! Místico entusiasmo Lo unge al volver del sueño que lo oprime, Y ve más noble el himno que el sarcasmo, Y al mártir, más que al Satanás, sublime. Halla en su mano el arpa, y lanza un grito Con que a la muerte efímera destrona: ¡Morir no es perecer! lema bendito, Que triunfador inscribe en su corona. Fe, patria, hogar, virtud, amor eterno, Son los únicos númenes que canta: Bien pudo entrar al coro sempiterno Con esa lira, ardiente, pero santa. Y si el hombre lámpara oprimida Y ha de dar toda su luz la muerte, ¿Cuál será la del genio que en la vida Lumbre de serafín ya en torno vierte? Poco cantó: breve equipaje lleva, Cual Rioja y Bello, en su inmortal camino; No hay nota impura; cada aliento es prueba De su temple viril y alto destino. El, como Esquilo, tierno a par que austero, Verdad y numen desposó en su lira. Serio, elevado, independiente, fiero, No supo hacer reír, ni hablar mentira. Por ser gran corazón, es gran poeta, Que hace creer, sentir cuanto nos dice; Su lector está en él, él lo interpreta: ¿Quién habrá que con él no simpatice? Su estudio, el corazón, única fuente Del verbo que arde, y late, y saca llanto; Que acera el verso, dardo de la frente, Y da la eterna resonancia al canto. Su estilo, la verdad. Si un alma hermosa Vibra, y se escucha, y repetirse sabe, No necesita más: en verso o prosa Tiene el garande arte, la infalible llave. Así la idea cae cristalizada En estrofa armoniosa: clara y pura Agua del cielo, en verso imaginada, Y escrita como el alma la murmura. La fuerza, la verdad, el mismo Caro Es la magia de Caro y su belleza; No el ritmo, el tinte, el artificio raro, Hueca abundancia o cómica agudeza. No es su canto «alharacas de un idiota», Aire sonoro, palabrera nada, Que a la crítica misma escapa ignota Por no haber qué detenga su mirada. El siempre piensa y dice: tosco o bello Cada verso de Caro es una idea: No cree deba cantarse sólo aquello Que no merece que se diga o lea. Más bien rebosa atropellado acaso Al raudo hervir de sangre y pensamiento; Circunda la figura un aire escaso, Y lo suple el lector tomando aliento. Do otro pinta, él transporta lo que siente De su seno al papel; escoger nombre No lo detiene, pone a nuestro frente, No al hacedor de versos sino al hombre. Abre al celeste Homero, y apartándolo Al rapto de dolor que lo enajena, Nos conmueve por Héctor, señalándolo Solo, olvidado en la sangrienta arena.
Y en un mortal la humanidad completa
Estar contigo y no contar las horas
¿Por qué cual lloro yo también no lloras?
¡Morir no es perecer!
esa
Y si el hombre lámpara oprimida
Y ha de dar toda su luz la muerte
breve equipaje
piensa
Caro
pinta
Solo, olvidado en la sangrienta arena Contempla el mar, mas no lo ve, lo tiene. Y es más grande el cantor que el océano Cuando lo abarca, lo alza, lo sostiene, Y como gota de agua que va y viene Lo hace rodar por la creadora mano. Con solemne, profético, alto acento, Él citó al mar para su muerte un día; Y el mar obedeció su emplazamiento, Y hoy gime al pie del triste monumento Fiel a la malhadada profecía. Así, cabe la fosa del soldado, Leal terranova a su señor lamenta, Así muge el abismo atormentado Bajo el cedro del Líbano, cortado Por el hacha de Dios en la tormenta. El mar, digno escabel de donde había De encumbrarse a su Olimpo el genio raro Que nunca con el polvo en paz vivía... El paga: un noble canto le debía Y hoy es el bardo fúnebre de Caro. ¿Hasta cuándo, oh discordia, nos condena Dios a deberte lástimas y llanto? ¡Tú lo arrojaste como al Dante, oh hiena, A devorarse de tartárea pena Lejos de todo lo que amaba tanto! ¡Patria, sólo una playa en que besarte, Sólo una tumba demandar le oíste! Y cual Virgilio, al verte, al abrazarte, Su tumba halló; feliz por alcanzarte, ¡Patria, el único premio que le diste! ¡Oh, no! también, también tienes tu hora De dar su galardón al noble, al fuerte. Caro también te mereció, señora, Como el sublime amante de Eleonora Su triunfo... ¡al otro día de su muerte! lo tiene
Patria, sólo una playa
Sólo una tumba
Niño te amé. Mi padre que detesta El rimar fútil, él que se afligía Notando en mí la inclinación funesta, Diome El bautismo en dádiva de fiesta, Diciéndome: «Hijo, lee: eso es poesía». ¡Sí, poesía, germen misterioso De Homero y Caldas, de Colón y Talma...! ¡Nuestra porción del serafín glorioso...! ¡Lente de lo infinito... de lo hermoso! ¡Voluptad pura... música del alma! Esa es la tuya, y es solaz tan raro Ver brillar, como en ti, sublime Caro, Juntos genio y virtud, que al recordarte ¿Quién no habrá de quererte y de llorarte Y atesorar tus sílabas avaro? ¡Vate infeliz! mis ojos no han vertido Lágrima más ardiente, honda, sincera. Que aquella cuando al fin hube creído Que no era un sueño ver así extinguido Tan pronto el sol de tu mortal carrera. ¡Siete lustros! la edad de los precoces Que el mundo llora, cuando en él callaron De Evald, Byron, Heredia y Burns las voces; Cuando, nuncios del cielo, iris veloces, Mozart y Rafael se disiparon. Diez años... ¡no!... mi porvenir daría Por un soplo no más de omnipotencia, Hacer saltar aquella losa impía, Volverte al cielo de la patria mía Y hundir allí mi inútil existencia... Mas tú no lloras. Tromba que sedienta De verdad y de amor ibas rasando El negro mar que a todos amedrenta, Al fin te asiste del, y tu violenta Ansia de Dios estás en Dios saciando.
El bautismo