Spanish poem
El Valle
by Rafael Pombo
Deja tu lira, poeta; Deja, pintor, tu paleta, Y tu cincel, escultor; Naturaleza es mejor Que el signo que la interpreta. Con lengua, pluma o pincel Que copiarla intente el hombre, La copia es siempre infiel, Pues no tiene de ella él Sino la sombra y el nombre. Ella mata nuestro acento Con su voz de tempestad, Música del firmamento, E impone así acatamiento A su pompa y majestad. Y a nuestros humos de mando Está siempre contestando Que ante ella somos, no más, Sombras que vamos pasando Para no volver jamás. Pero hay ojos y la vemos, Hay oídos y la oímos; Cinco sentidos tenemos Con que gozarla podemos El momento que vivimos. Y ella nos da corazón, Su obra más perfecta y bella, Por cuya fiel mediación Misteriosa comunión Alimentamos con ella, Y ella y nosotros guardamos Un secreto de los dos Que uno a otro nos confiamos: ¡Dios! tal vez la murmuramos, Y ella nos responde ¡Dios! Deja tu lira, poeta, Deja, pintor, tu paleta, Y tu cincel, escultor; Naturaleza es mejor Que el signo que la interpreta. La palabra es sólo el tema De una sensación sin nombre. Natura es el gran poema, Y su autor no es la blasfema Raquítica voz del hombre.
¡Dios!
¡Dios!
De ese caucho al curvo pie, Como en fresco canapé Donde tu espalda se apoye, Pues tienes oídos, oye, Y pues tienes ojos, ve. A tu izquierda se hunde el sol Allá en el fondo del valle, Y su radiado arrebol Baña en vivo tornasol De lomas la verde calle. Último rayo tardío, Como escapado a un desvío Del astro desfalleciente, Zigzag dorado esplendente Juega en las aguas del río. A tu diestra el horizonte Un monte tras otro monte Cerrando entre sombras van, Hasta que otra vez galán Por allí el sol se remonte; Y salvando ambos costados Del torrente bramador, Tus ojos ven reposados Campanario blanqueador, Patriarca de los poblados. Alza en torno el feligrés Los techos de los hogares, Que con lujo montañés Resplandecen al través De naranjos y palmares. A tanta distancia al vellos Rumor de felicidad, Parece escucharse en ellos, Y cantos de ángeles bellos, De amor y hospitalidad. Siguiendo aquel camellón De mirto y jazmín silvestre, Distínguese en un rincón La puerta sin inscripción Del cementerio campestre; Su vista el alma serena De los hijos del dolor: Allí la muerte es apena El sueño del labrador Que ha rendido su faena. Ni el estilo ni el cincel Su fosa humilde decoran; Pero en vez de luto infiel Hay labios que oran por él, Corazones que lo lloran. Mira el cielo ecuatorial, Magnífico, esplendoroso, Manto de pompa oriental Que cobija por igual Al pobre y al poderoso. Bajo ese cielo jamás El ateísmo ha existido; Aquí el mismo Satanás Bendeciría quizás A Dios que lo ha maldecido. En este edén no vedado Siempre es Adán el amado, Siempre es Eva la mujer; Aquí su trono han sentado La plenitud y el placer. ¡Mira esa vegetación Siempre nueva, exuberante, Donde aspira el corazón El soplo vivificante Que animó la creación! Viértela el sol cada día Sus rayos generadores, Y ella en retorno le envía Ofrenda constante y pía De perfumes y de flores. ¡Cuánto diera el gran señor Del más pomposo castillo Por un árbol, el peor, De esos que tumba un pastor Para probar su cuchillo! Y al hacer su parque un rey Qué diera por una calle De esas de mayo y copei Por donde baja la grey Al verde fondo del valle. El plátano y el anón Brindan aquí al peregrino Sombra para su camino, Pan para su inanición, Para su sed fresco vino. ¡Zona de Dios bendecida! Por sí sola en ti la vida Es un deleite sin fin; Naturaleza, un festín Al que todo nos convida. Aquí el hielo, el gran tirano, No hace más que abrillantar El horizonte lejano, Y desde esa cumbre enviar Fresco raudal, limpio y sano, Poeta, inunda tu seno, Impregna todo tu ser De este aire leve y sereno Que vaga empapado, lleno, De olor a vida y placer. Vilandas y venturosas Aroma en su aliento exhalan, Y allá en selvas misteriosas, Harem de silvestres rosas, Lo besan y lo regalan. Oye el zumbido del río, Del valle eterno cantor; Ya no lo turba el chirrío Que hace, cimbrando el bujío, El trapiche volteador. Mas desde el caracolí El rojo tiliribí Le une su amante trinado, Y su grito el aydemí Siempre triste y desolado. Y en cuanto se oye y se siente Y el ojo en torno espacía, Hay una voz reverente De un espíritu viviente De universal armonía. Como que todo nos llama Diciéndonos no se qué, Y así cual nosotros ama, Y suspira, y ríe, y clama, Y goza, y bendice, y cree. Que al fin, hombre, y ave, y flor, Todo cuanto el mundo encierra, Ha costado igual labor: Obras del mismo escultor, Frutos de la misma tierra. Y a Dios rinde como sabe Cada cual su adoración: La flor con su olor suave, Con su dulce canto el ave, El hombre con su oración...
mayo copei
Vilandas y venturosas
tiliribí
aydemí
¡La oración!... ¡La campana del poblado Esta hora solemne al mundo advierte; Hombre, bendice al Ser que te ha criado: Ese toque es anuncio de tu muerte.